ANECDOTARIO DE ARTISTAS
UN HOMBRE DE ACERO

Carlos Cid Priego


 

 

Parece como si el lugar de nacimiento de Ignacio Zuloaga hubiera influido en su carácter. Éibar, cerca de San Sebastián, es famosa por sus manufacturas de acero y por el arte con que se trabajan. Pasión artística y temperamento duro como el acero fueron sus rasgos distintivos.

Era hijo de un joyero. Trabajó en el taller paterno, pero no le gustó. Tampoco las carreras de comercio, ingeniería y arquitectura a que pretendieron dedicarle. Y no hubo más remedio que dejarle pintar. Fue a Madrid y se entusiasmó en el Museo del Prado con El Greco, Velázquez y Goya; o sea, la fantasía, la maestría pictórica y el gusto por lo trágico. Luego estuvo varios meses en Roma, pero como a tantos artistas españoles de su época, Italia no le dijo nada. No ocurrió lo mismo con Francia: a los 20 años y con grandes ilusiones se traslada a París, sin un céntimo y sin saber francés, y vive la bohemia parisina y traba una gran amistad con Santiago Rusiñol. Se consagró a revalorizar al Greco y descubrió los dos cuadros que hoy están en Sitges. Alquiló un estudio a la vista de un cementerio, donde se encerró a pintar sin más compañía que un criado loco que le servía modelo. Tras sostener una dura lucha vital, marcha a Londres, donde pinta algún retrato, y en 1899 vuelve a España.

Su colega Santiago Rusiñol escribió un retrato justo y certero de Zuloaga: "Para él no había términos medios. Los hombres juzgábalos bandidos o grandes héroes; demonios o santas, las mujeres; los cuadros eran para tirarlos al fuego o para llevarlos al Louvre; al dar la mano, o daba el alma con ella, o recibía a los hombres sin una palabra de cortesía. Para él no existía la sonrisa; reía a carcajadas o cruzaba el entrecejo; en pintura fueron y son las medias tintas su continuado tormento; gritaba o callaba enteramente, ya que nunca amó la media voz ni juzgó oportuno los secretos entre amigos, creyendo que el hombre que obra con rectitud puede lanzar su pensamiento en voz alta".

Su regreso a España fue un momento difícil: no había triunfado y duda de poder vivir de los pinceles. Durante dos o tres años, se gana la vida como torero bajo el nombre de Ignacio Zuloaga "El Pintor". Anduvo también por Sevilla, dedicado, sin éxito, a los oscuros negocios de antigüedades. Luego marchó a Segovia, donde su tío Daniel vivía en el abandonado monasterio de San Juan de los Caballeros. Tenía un taller de cerámica, hoy museo, que le hizo famoso. Ignacio pintó el retrato de su tío y sus dos primas, y lo envía al Salón de París, alcanzando un apoteósico triunfo. A partir de ahí, todo fueron éxitos, llenando Europa y América de cuadros.

Su pintura es recia y dura. Buscó los tipos secos y crueles de la Castilla sin ríos ni árboles, y pintó sus paisajes desolados. Con Regoyos y Solana, es el artista del aspecto negro de España, de la tragedia honda del pueblo meseteño. Su obra está cargada de literatura y profundo dramatismo. Fue el pintor que mejor representa en el arte la Generación del 98; de hecho, sus integrantes (Unamuno, Valle Inclán, Azorín) salieron en su defensa frente a la feroz reacción que los cuadros de Zuloaga despertaron entre los pintores de la Restauración.

Zuloaga pintaba como quería, con absoluta independencia. Tomaba apuntes escritos en lugar de bocetos, y luego los elaboraba con su fantasía. Como si quisiera dar la razón a Valle Inclán: "Nada es sino como se recuerda". En cierta ocasión, enseñó a un amigo un retrato de Hernán Cortés y le dijo: "Yo al conquistador me lo imagino así, como lo estoy pintando. Procuro que el tipo tenga nobleza y fuerza. Si Hernán Cortés no era así... pues peor para él". Y así fue hasta su muerte, sobrevenida en plena producción, el 31 de octubre de 1945.

 

Fotografía de Jorge Sobrado para http://imagenvasca.info

 

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Nota de La Hornacina: En la fotografía, busto de Zuloaga esculpido en 1947 por su amigo Julio Beobide (Plaza del Museo de Bellas Artes de Bilbao).

 

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