IGNACIO ZULOAGA


 

 

Nacido en Eibar (Gipuzkoa), en 1870. Fue sobrino del famoso ceramista y pintor Daniel Zuloaga, y nieto e hijo, respectivamente, de Eusebio y Plácido Zuloaga, ambos célebres damasquinadores en su localidad natal.

Ignacio rabajó en el taller familiar mientras se forjaba en el dibujo bajo las orientaciones de su padre. Un viaje a Madrid le hizo conocer a los pintores antiguos españoles, y ya en 1887 envío un cuadro a la Exposición Nacional de Bellas Artes. Al año siguiente viajó a Roma y en 1889 se encontraba en París por primera vez. En sus primeras obras parisinas se advierte la influencia de algunos de los temas que se encontraban en sintonía con algunas de las tendencias más en boga en la época, como era el caso del realismo social.

Al dedicarse a la pintura, contrarió la voluntad de su padre, quien pretendía que se dedicara a la arquitectura.  Zuloaga se formó en los ambientes de Madrid, Roma y París, tras trabajar en el obrador eibarrés, donde aprendió técnicas de dibujo y grabado. Pintor valiente y arriesgado, en plena edad de oro del colorismo utilizó, a la manera de viejos maestros como Francisco de Goya o José Ribera, los tonos oscuros en su paleta.

Así mismo, su personalidad recia e independiente rechazó el academicismo y el impresionismo imperantes en la época, y se entregó a un arte dramático, emocional y crudo, de profundas raíces españolas.

Por el relato de Santiago Rusiñol, con quien Zuloaga trabó amistad, así como con otros pintores catalanes y con el alavés Pablo Uranga, se conoce la pasión que en París desarrolló el pintor por El Greco. En 1891 expuso junto a Gauguin, Van Gogh, Toulouse-Lautrec y Bernard. Su entusiasmo por Monet y Puvis de Chavanne, incluso por el puntillismo, no impidieron que sus influencias más profundas de aquel momento fueran la de Degas, a quien consideraba el mayor artista de la época, la de Manet, y también la del propio maestro Gervex.

 

 

El reconocimiento internacional a su pintura no dejó de crecer en los siguientes años, participando en numerosas exposiciones españolas y europeas, y recibiendo importantes premios y reconocimientos.

Al igual que Gutiérrez Solana, se vio influido por los acontecimientos del año 1898, con la pérdida de las últimas colonias en Latinoamérica y las convulsiones sociales que a ello le siguieron, de ahí el realismo expresionista a la hora de acercarse a los personajes de sus cuadros; menos áspero y crítico en el caso de Ignacio Zuloaga, quien también llegaría a erigirse como portavoz pictórico de los preceptos de la Generación del 98, formada por literatos como Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Ramón María del Valle-Inclán o Pío Baroja.

Especialmente el barroco español fue dejando ver su huella en una pintura de dibujo preciso y fuerte, de paleta oscura y grueso empaste, que se aficionó a los personajes castizos y a los resecos panoramas castellanos. Si en la composición de los cuadros "franceses" puede encontrarse el influjo de la espontaneidad instantánea de la fotografía, en la pintura más avanzada se impuso un rigor compositivo teatral, de fuerte efectismo visual, y una descripción llena de énfasis literario con una clara inclinación tremendista, que sirvió para convertir a Zuloaga en el pintor por excelencia de la Generación del 98 y situarlo en el polo más comprometido con la mirada sobre lo español, desesperanzada, lóbrega y autocompasiva, de la citada Generación. 

El renombre social del que gozó Zuloaga, cuyo éxito le convirtió en uno de los pintores más cotizados y respetados en ambos lados del Atlántico, le hizo ser requerido para realizar innumerables retratos de la aristocracia y la alta burguesía internacionales, a los que también aplicó, a veces con fortuna, la escenografía cerrada y penumbrosa que fue característica principal de su estilo.

La crítica contemporánea afirma que las obras de Zuloaga, fallecido en el año 1945, rebosan hondura, verdad y vida, además de un gran ascetismo heredado de maestros como El Greco o Zurbarán. Entre sus piezas mas destacadas figuran El Cristo de la Sangre, Ídolos Futuros, La Víctima de la Fiesta y retratos como el de su padre en el taller, la enana Doña Mercedes o Mauricio Barrés, éste último con la ciudad de Toledo al fondo.

 

 

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