EL DESCANSO EN LA HUIDA A EGIPTO (VI)
30/12/2025

Son escasos los ejemplos escultóricos que plasman el Descanso en la huida a Egipto. Este que nos ocupa forma parte de las colecciones del Museo del Romanticismo (Madrid). Labrado en terracota policromada, con preseas de metal y base de madera, es obra de autoría anónima, posiblemente valenciano, catalogada a finales del siglo XVIII (hacia 1776-1800), cuyas dimensiones son 29 x 38 x 22 cm. La escultura de pequeño formato alcanzó gran importancia en el siglo XVIII, manteniéndose a lo largo del XIX, especialmente en Andalucía y la región del Levante español. Estos pequeños barros reproducen tipos populares, pero también imágenes religiosas que responden a una demanda fundamentada en una arraigada religiosidad popular, convirtiéndose así en producto de consumo esperanzador que satisface a los devotos, pero también a un público laico que gusta de tenerlas en sus hogares. Volviendo al grupo, María se dispone en el medio con el Niño apoyado sobre una roca en el lado izquierdo del espectador y José, con la vara florida, su principal símbolo parlante, cerrando el lado derecho. Un muro detrás de las figuras les sirve de apoyo. Aparece también el pollino que los trasladaba, pastando y situado detrás del santo, con lo que apenas es visible de frente, aunque en realidad la vista desde la parte trasera nos revela que el animal solo ha sido modelado desde sus cuartos delanteros hasta la cabeza, faltando la parte inferior del cuerpo. El carácter cotidiano del asunto elegido ofrece la posibilidad de hacer un guiño a la relación paterno-filial, de manera que José ofrece algo con su mano derecha al Hijo, quien levanta los brazos para cogerlo, mientras que María tiene, a su derecha, un anecdótico sombrero de paja y las alforjas de la montura. Aun siendo una obra de carácter popular, el modelado presenta calidad y realismo, como puede verse, por ejemplo, en las manos de José y su esposa María -cuya diestra se apoya en un gesto protector y al mismo tiempo elegante sobre el cuerpo del pequeño Jesús-, o en los pliegues que, sin ser excesivamente complejos, dejan adivinar unas anatomías bien encajadas, así como en la cabeza del jumento. La policromía, de colores lisos y tonalidades pastel, ayuda a crear una atmósfera de dulzura y delicadeza. Los tres personajes, de rostros amables, aparecen nimbados, si bien podemos pensar que el sencillo nimbo circular de José no debe de ser el original, pues no tiene relación alguna con el trabajo de las potencias que coronan al Niño -falta una de ellas-, que simbolizan las tres facultades del alma (entendimiento, voluntad y memoria), o el halo de rayos de longitud desigual que lleva la Madre, ambos característicos del siglo XVIII. Por último, el naturalismo de la composición se ve acentuado por la inclusión de unas hierbas secas en la zona donde se encuentra el animal pastando, unas flores de tela rematando la vara de José, símbolo de su pureza, y unas tiras, también de tela, conformando las sandalias del santo. |
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