ZURBARÁN. 10 OBRAS IMPRESCINDIBLES EN EL LOUVRE

05/10/2026


 

La exposición Zurbarán se presenta del 7 de octubre de 2026 al 25 de enero de 2027 en el Hall Napoléon del Museo del Louvre (París) junto con la exposición Esculpir el color. Obras maestras del Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Aunque se trata de dos proyectos distintos, cada uno con un discurso y un recorrido autónomos, existen ecos evidentes entre ambos, en la medida en que los dos tratan obras y artistas procedentes de un mismo contexto histórico y cultural.

 

 
 

Adoración de los pastores (Museo de Grenoble)


La Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión fue fundada en el siglo XV cerca de Jerez de la Frontera, a unos 90 km al sur de Sevilla. Se alza en el lugar de una aparición milagrosa de la Virgen María que permitió a los ejércitos cristianos escapar de una emboscada de los musulmanes en el siglo XIII o XIV. En 1636, el prior que dirigía el monasterio decidió sustituir la decoración medieval del altar mayor de la iglesia y confió su diseño al arquitecto Alejandro de Saavedra. Las esculturas se encargaron a José de Arce y las pinturas a Zurbarán. Este monumental conjunto fue, por desgracia, desmembrado en el siglo XIX, durante las invasiones napoleónicas. Las pinturas, vendidas y dispersadas después, se conservan hoy en distintos museos del mundo.

 
 
 
 

Hércules y el cancerbero (Museo Nacional del Prado de Madrid)


Concebida por voluntad del rey Felipe IV (1621-1665) y de su valido, el conde-duque de Olivares, la residencia del Buen Retiro está pensada para el descanso y el esparcimiento. Pero este nuevo palacio, diseñado por el arquitecto Alonso Carbonel, es también un lugar de representación. En el gran salón, en el que participan numerosos artistas entre 1630 y 1635, las pinturas escenifican la dinastía española de los Habsburgo y el poder del rey. Su nombre, "Salón de Reinos", procede de los 24 escudos pintados en la bóveda, que representan los territorios bajo control del rey de España. Para este prestigioso encargo, Zurbarán pinta temas históricos y mitológicos hasta entonces inéditos en su obra, entre ellos dos grandes escenas de batalla y diez de los doce trabajos del héroe griego Hércules. Si el palacio del Buen Retiro está en gran parte destruido, el Salón de Reinos es uno de los pocos espacios que se han conservado.

 
 
 
 

Santa Apolonia (Museo del Louvre)


Sus figuras de santos y santas tienen la misma presencia y la misma individualidad que los retratos. El pintor utiliza, de hecho, a menudo las mismas convenciones de representación. El personaje aislado está iluminado por una luz lateral y se recorta sobre un fondo oscuro; la mayoría de las veces aparece de pie. Algunas figuras son de tamaño natural, y resultan por ello aún más impresionantes. Zurbarán se especializa en particular en la representación de santas magníficamente vestidas. El cromatismo cambiante de sus elegantes atuendos, el refinamiento de sus joyas y peinados, pero también sus rasgos individualizados y sus miradas intensas les confieren una presencia enigmática. Algunas llevan la palma de las mártires y pueden identificarse por un atributo que recuerda la crueldad de las circunstancias de su muerte, como los ojos arrancados de Santa Lucía.

 
 
 
 

Bodegón con limones, naranjas y una rosa (Fundación Norton Simon)


La prosperidad de Sevilla en la primera mitad del siglo XVII favorece el desarrollo del mercado artístico. Nutridos de influencias napolitanas y flamencas, los bodegones son especialmente apreciados por unos comitentes aficionados a las pinturas decorativas y agradables. Investigaciones recientes han puesto de relieve toda la diversidad de este género pictórico, que se propone mostrar la riqueza de las mesas y el refinamiento de las vajillas, pero también la belleza sencilla de los objetos cotidianos. Al recurrir a composiciones rigurosamente geométricas, Zurbarán se inscribe en la tradición iniciada en España por el pintor Juan Sánchez Cotán (1560-1627). A pesar de la austeridad de la representación, los alimentos y los utensilios descritos son los que decoraban los interiores de las casas acomodadas. Estos bodegones ofrecen al pintor la oportunidad de demostrar su capacidad para imitar lo real y restituir la materialidad de los objetos que se ofrecen a la contemplación. Zurbarán pintó unos pocos bodegones, pero impactantes. Los objetos están tratados con una impresionante economía de medios. Se recortan sobre un fondo oscuro, gracias a un elaborado trabajo de sombras y luces que construyen los volúmenes. La fuerza silenciosa e inmóvil de estas composiciones ha incitado a leer en ellas un alcance simbólico. Esta interpretación se ha visto favorecida por la manera en que durante mucho tiempo se presentó a Zurbarán como "el pintor de los monjes", un artista de producción exclusivamente religiosa. También se ve reforzada por el hecho de que Francisco integró con mucha frecuencia bodegones en pinturas de devoción que representan escenas de la infancia de Cristo o de la Virgen. Cestas de ropa blanca, platos de frutas y cerámicas, cuyas texturas están fielmente reproducidas, confieren también a estas escenas un toque de cotidianidad.

 
 
 
 

San Buenaventura y el ángel (Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos de Dresde)


El desafío de transcribir en pintura episodios de visiones experimentadas por personajes santos y apariciones milagrosas recorre toda la obra de Zurbarán. Con sus composiciones audaces e inventivas, logra hacer surgir las manifestaciones celestes en nuestro mundo terrenal. Su virtuoso trabajo de la luz otorga a la presencia de estas apariciones una concreción extraordinaria. El pintor juega con la frontera entre misterio y realidad, entre ilusión y representación. Los personajes en oración que asisten a estas escenas guían nuestra actitud ante estas manifestaciones sobrenaturales: mediante un procedimiento de "mise en abyme", nos invitan a mirar lo que ellos ven.

 
 
 
 

Inmaculada Concepción (Museo de Bellas Artes de Budapest)


A principios del siglo XVII, el culto a la Inmaculada Concepción conoce un gran éxito en España. En torno a la creencia de que la Virgen María habría sido concebida "inmaculada", es decir, "sin mancha", exenta del pecado original y preservada de las imperfecciones de la humanidad, se entabla un vivo debate teológico. La representación de este concepto abstracto se inspira en el Libro del Apocalipsis de la Biblia. San Juan relata allí la visión que tuvo en la isla de Patmos: la de una mujer gloriosa, de pie sobre la luna, envuelta en sol y coronada con doce estrellas. Siendo el culto a la Virgen María el núcleo de la piedad sevillana, Zurbarán pinta en repetidas ocasiones a la Inmaculada Concepción siguiendo el ejemplo de Francisco Pacheco (1564-1644), pintor, tratadista y defensor de esta doctrina. María aparece representada muy joven, vestida con una túnica blanca, símbolo de su pureza, y un largo manto azul.

 
 
 
 

Crucifixión (detalle, Instituto de Arte de Chicago)


Desde finales del siglo XVI, Sevilla vibra con la intensa actividad comercial que reina en su puerto, a orillas del río Guadalquivir. Su riqueza se basa principalmente en el tránsito del oro y la plata procedentes de los territorios controlados por la Corona de España en América. La ciudad acoge también numerosas comunidades religiosas. Pintores y escultores son requeridos para embellecer iglesias y conventos y para poner en imágenes el mensaje cristiano. En 1626, Zurbarán regresa a Sevilla. El encargo que le hace la comunidad de frailes dominicos para la iglesia de San Pablo el Real le ofrece la ocasión de demostrar su virtuosismo: la monumentalidad, la potencia escultórica y la emoción contenida del Cristo crucificado impresionan a quienes lo contemplan. Tras este golpe de efecto, importantes encargos para varios conventos permiten al artista adquirir gran reputación y ser nombrado maestro pintor por el Ayuntamiento.

 
 
 
 

La batalla de Jerez (detalle, Metropolitan de Nueva York)


En 1634, Zurbarán es llamado a Madrid, capital del reino de España, que atraviesa un importante auge cultural y artístico bajo el reinado de Felipe IV, de 1621 a 1665. El encargo de participar en la decoración del nuevo palacio real del Buen Retiro se obtuvo sin duda gracias al apoyo de Diego Velázquez (1599-1660), amigo de juventud de Zurbarán, originario de Sevilla y nombrado pintor del rey en 1623. En Madrid, Zurbarán descubre las magníficas colecciones reales, particularmente ricas en pinturas italianas y flamencas. Aborda nuevos temas, históricos o mitológicos, y conoce a los mejores artistas de su tiempo, que como él pintan para el rey. Cuando regresa a Sevilla, la cultura visual de Zurbarán se ha enriquecido y su estilo ha evolucionado hacia composiciones más elaboradas, como demuestra el excepcional conjunto de la cartuja jerezana. Sus paisajes de fondo se pueblan ahora de numerosos personajes y se salpican de arquitecturas. En cuanto a su trabajo de la luz y del color, se vuelve aún más sutil.

 
 
 
 

San Gabriel Arcángel (detalle, Museo Fabre de Montpellier)


Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) es, junto con Zurbarán y Velázquez, uno de los representantes más brillantes de la pintura sevillana. Su carrera despega en Sevilla y luego en Madrid, en la década de 1650. Diecinueve años más joven que Zurbarán, seduce a una clientela privada, cuya relación con la religión se vuelve más sensible y más personal. Sus Inmaculadas Concepciones rodeadas de nubes de ángeles y sus Vírgenes con el Niño, delicadamente impregnadas de humanidad, le aseguran un gran éxito. Aunque las relaciones entre Murillo y Zurbarán están muy poco documentadas, los dos artistas se influyeron mutuamente: sus caminos se cruzaron con seguridad en Sevilla y Madrid. Durante mucho tiempo se supuso que la rivalidad con Murillo obligó a Zurbarán a abandonar Sevilla. Hoy se considera que el estilo tardío de Zurbarán se inscribe más bien en una evolución general de las prácticas de devoción y del gusto de sus comitentes.

 
 
 
 

La Virgen con el Niño y San Juanito (Museo de Arte de San Diego)


En 1649, la peste golpea la ciudad de Sevilla y se lleva a casi la mitad de su población. Provoca una grave crisis económica que ralentiza de manera duradera el comercio con las Américas y priva a los artistas de parte de su clientela. Zurbarán pierde a su hijo Juan, también pintor, víctima de la epidemia. Cuando retoma el pincel tras este duelo, debe orientarse hacia nuevos temas, destinados a una clientela privada que busca pinturas propicias a la devoción. El mercado sevillano empieza, en efecto, a nutrirse de la llegada de cuadros italianos de acentos barrocos y de las pinturas del joven Murillo, que se da a conocer con sus Vírgenes con el Niño de gran ternura. En 1658, Zurbarán se instala definitivamente en Madrid, donde sigue pintando hasta 1662. Allí reencuentra a su amigo de juventud Diego Velázquez y declara a su favor cuando este desea ser nombrado caballero de la orden de Santiago. En 1664, Zurbarán muere a la edad de 65 años. Los últimos años de su carrera están marcados por una profunda renovación de su estilo. A partir de 1650, el pintor se aparta de su estilo monumental y de los volúmenes simplificados en favor de composiciones más elaboradas, con notas teatrales en el espíritu del barroco italiano. Los personajes santos, menos escultóricos, ganan en elegancia y delicadeza. Zurbarán introduce en su pintura nuevas temáticas, con escenas de intimidad familiar que muestran al Niño Jesús y a la Virgen María acompañados de San José. Y, aunque sigue pintando temas habituales en su carrera, como las Inmaculadas o los Cristos en la cruz, trata la luz y el modelado de los rostros y los cuerpos de manera más matizada. Esta evolución en su manera de pintar demuestra la capacidad del artista, ya anciano, para renovarse.

 

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