EL MARTIRIO DE SANTIAGO APÓSTOL VISTO POR ZURBARÁN

Manuel Martín Burgueño y Arsenio Moreno Mendoza (24/07/2010)


 

 

Durante el siglo XVII, en los territorios santiaguistas de la Baja Extremadura se produce un movimiento de renovación artística de los retablos de una buena parte de sus iglesias. Dada la importancia de la prosapia santiaguista de Llerena, lógico era que en la ciudad se realzase la piedad hacia el apóstol, que ya era titular de la parroquia de su nombre, autentico monumento funerario al último Gran Maestre de la Orden. Pero en Llerena la Orden de Santiago también regentaba la Parroquia de Santa María Mayor de la Granada, cuyas paredes y columnas aún conservan muchos testigos mudos de su pasada pertenencia santiaguista.

En agosto del año 1636, Francisco de Zurbarán, vecino de la ciudad de Sevilla, y Jerónimo Velázquez, se comprometen con el Regidor Perpetuo de la ciudad de Llerena y mayordomo de la fábrica de Nuestra Señora de la Granada a realizar "un retablo con sus pinturas y dorado quan bueno y suntuoso pueda ser".

A esta nueva obra se quiso quedara prendida la idea, muy en la línea de los secretos de Zurbarán, de que Santiago no solo había sido el invicto matamoros de las crónicas y leyendas medievales de la Reconquista, sino que, además de peregrino de la esperanza, también había sido mártir de la fe. Idea esta que fue muy común entre los pintores de la España de los Austrias, desde Navarrete el Mudo (1540-1579) hasta Zurbarán, pasando por Orrente (1639). Ellos hicieron tres visiones distintas y barrocas del martirio del santo.

El retablo, concertado en la suma de 3.150 ducados, debería ser entregado en un plazo de dos años y medio, aunque éste debe ser labrado en la capital hispalense "por la comodidad de la madera y oficiales y las demas cossas que para hacerlas son necessarias". También en las condiciones para su ejecución, descubiertas por la historiadora María Luisa Caturla, se especifica con claridad que todos los cuadros han de ser llevados a cabo y firmados por el maestro, sin intervención alguna de sus colaboradores.

Siguiendo los pasos de Zurbarán, y ayudada desde Llerena por algunos inestimables, y casi siempre olvidados, colaboradores -José María Lepe, Arturo Gazul o Emilio Hurtado, por solo citar a los más destacados-, María Luisa Caturla se plantó en Llerena, donde por aquellos años no había ningún archivo catalogado, ni en condiciones propicias para un trabajo de investigación. Además, ya faltaba el todavía poco conocido, pero muy importante, Archivo del Provisorato de la Provincia de San Marcos de León, que a finales del siglo XIX fue trasladado a la capital pacense por decisión, muy discutible, del entonces Obispo de Badajoz al ser suprimidas las Ordenes Militares y quedar anexionadas los territorios santiaguistas de la Baja Extremadura a la diócesis pacense. Su importante fondo pasó desde entonces a formar parte del Archivo Diocesano de Badajoz.

 

 

 

El retablo encargado en 1636, fue sustituido en el siglo XVIII por otro de estilo barroco y escaso interés. El actual retablo, de 1949, fue costeado íntegramente por Mariana Jaraquemada tras la Guerra Civil. Se construyó para sustituir al anterior, calcinado el 5 de agosto de 1936. Este a su vez vino a sustituir al que, por causas aún no esclarecidas, se retiró a finales del siglo XVII y en el que, como decimos, intervino Zurbarán.

Dado que la ciudad de Llerena pertenecía a un priorato de la Orden de Santiago, parece incuestionable que la tela que representa la "Decapitación de Santiago", propiedad desde 1988 del Museo del Prado, formaba parte de dicho retablo, al igual que la tabla del "Cristo de Llerena" que lo coronaba, hoy en la parroquia de la Granada tras ser restaurado en Madrid por Tekne, y otros lienzos menores, como el "Cristo bendiciendo", la "Virgen de las Nubes" o un "Crucificado", estos tres últimos expuestos actualmente en el Museo de Badajoz.

El lienzo que representa el martirio de Santiago comparte todas las características de la pintura zurbaranesca de este momento, sus años de plenitud. Es un cuadro de composición estática, donde las figuras de Herodes Antipas y su séquito aparecen como meros espectadores ajenos al patético pasaje. La escena refleja toda la quietud de un grupo escultórico. Sólo la expresión del apóstol inspira una devota condolencia ante la enigmática mirada del mastín que, con ilimitada mansedumbre, contempla el suceso.

El martirio del apóstol contrastaba por su piedad y sencillez con la visión tradicional del "hijo del trueno", propiciada por las necesidades de las campañas medievales contra los agarenos. La Orden de Santiago había dejado de ser adalid en las descampadas guerreras. Los tiempos habían cambiado. Se exigía la oferta de una nueva imagen acorde con las tendencias más modernas de las prendidas a la España tridentina.

Escenificar para el conocimiento de los fieles la muerte del mártir apóstol como un dulce tránsito a las moradas celestiales constituía un mensaje muy propicio para las diestras manos de Zurbarán, que, aparte de su oficio, también conocía Llerena, sus costumbres y tradiciones. A pesar de que ya estaba solicitado por doquier y metido de lleno en su particular aventura americana, Zurbarán aceptó el encargo con la condición de que también tomara parte en el mismo, como ensamblador, su amigo, el sevillano Jerónimo Velázquez.

El lienzo de la "Decapitación de Santiago" (hacia 1639, 250 x 186 cm), el más famoso de los cuadros del retablo, hubo de ser requisado por las tropas del mariscal Soult a su paso por Llerena. Después de un singular periplo, la obra aparecería en la colección de Luis Felipe de Orleans y, pasados los años, regresó a España.

 

 

 


 

FUENTES

MARTÍN BURGUEÑO, Manuel. "Zurbarán y el Retablo Mayor de la Granada", en Revista de Estudios Extremeños, vol. 60, nº 1, 2004, pp. 53-60.

MORENO MENDOZA, Arsenio. Zurbarán, Madrid, 1999. pp. 30-32.

 

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