LA ESCUELA QUITEÑA SE DESVANECE

Jean Cano para El Comercio


 

Dios lo encaminó a mostrar el arte religioso. Al menos José Yépez está convencido de ello, porque cada vez que podía dar a conocer sus magistrales obras a los ricos, los que podían darle fortuna, aparecía una desavenencia.  Ahora, a sus 50 años, no quiere saber nada que se refiera a comercializar sus obras.

Está calvo y vive en San Antonio de Ibarra, a dos horas al norte de Quito. Los escasos cabellos, entre rubios y blancos, le llegan hasta los hombros y tiene ojos color cielo. Entendió el mensaje y  esculpe para el culto.

Las vírgenes, los cristos crucificados o los santos católicos que talla con sus manos van a  las urnas de los templos del país, donde la gente reza para conectarse con el Creador.

Los conocedores de los secretos de la Escuela Quiteña de los siglos XVII y XVIII lo reconocen como uno de los pocos que mantiene la  tradición de crear o imitar bellas figuras. La estudiosa de arte Ximena Escudero y el padre jesuita Julián Bravo respetan las obras del imaginero, graduado de la Escuela Bernardo de Legarda en los 80.

En cada pieza que realiza asegura que entiende mejor el Evangelio. Ahora mismo está dando los últimos toques a un retablo en la iglesia de El Quinche, la Virgen del pueblo. Escudero dice que lo ha visto encomendarse al Señor, antes de dar el primer golpe al formón.

Pero los talladores, encarnadores y retableros que siguen los prolijos detalles de la Escuela Quiteña, que se desarrolló en la Real Audiencia de Quito, se extinguen. Según la experta Gabriela Eljuri,  las características de la Escuela son la intensificación de los colores, sobrecargo de las formas y adornos, la exageración del realismo… por eso los cristos en llagas.

Pero la Escuela también posee algunos secretos para la elaboración de las obras; la fe está impregnada en las figuras y en los dorados retablos. “El arte figurativo debe ser hábil para llevar el mensaje de Jesucristo, por eso debe tender a la perfección”, explica Escudero. Yépez tiene albayalde, una blanca mezcla europea que sirve para dar el color de la piel a los santos. Ese es uno de los íntimos materiales que ahora son casi imposibles de conseguir. Él guarda poco más de cuatro libras, que emplea con mesura.

En el taller de la calle Sabanilla, al norte de Quito, quedan otras 22 libras de albayalde. Su propietario siente que cuando eso se acabe, también su vida terminará. El maestro Alfonso Rubio ya está anciano y la dolencia en su rodilla izquierda le dificulta ejecutar obras de gran magnitud, a sus 78 años.

Por eso, "El último Caspicara", como lo han denominado sin reparos los especialistas, quiere cerrar para siempre su taller. Aunque el bigotudo tallador del monumental retablo de El Quinche conserva su buen humor y un temperamento que muchos jóvenes quisieran. El devoto de la Virgen Dolorosa ríe cuando recuerda que rompió, frente a Benjamín Carrión, un diploma de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, otorgado por el afamado escritor. 

En su santuario, repleto de piezas sin terminar, aún aplica una técnica de hace 300 años: introduce en su boca una pálida vejiga de borrego para bruñir en un Cristo el encarnado, el color porcelanizado de la  piel.

Conservando la tradición quiteña, sus manos han intervenido en La Compañía, La Catedral, El Quinche... Al rememorar la falta de apoyo de los gobiernos locales y nacionales para mantener viva la tradición por la que Quito fue nombrada Patrimonio Cultural de la Humanidad visibiliza su enojo.

El padre Julián Bravo, quien ha pasado casi toda su vida en la biblioteca Aurelio Espinosa Pólit, confía ciegamente en las habilidades de Rubio. “Ha  restaurado muchas piezas de Caspicara y de Legarda. Los retoques son lo primero que hacen las personas que no conocen las técnicas coloniales. Pero el maestro Rubio llega a descubrir la pintura original de una obra sin estropearla”.

Escudero asegura que esa prolijidad técnica la posee Rómulo Garrido, de 44 años, de San Antonio de Ibarra. Su cabello aún es negruzco y él ya ha sufrido un par de accidentes por conducir su motocicleta en la parroquia. No se coloca el casco ni guantes…

Estos ya son otros tiempos y la devoción a las imágenes no es igual a la que había en los años de la Colonia. Por eso, Garrido prefiere que su arte se expanda. En su taller, al frente de su casa, tiene varias vírgenes de Quito, a las que les faltan las últimas pinceladas antes de irse a Estados Unidos. “Los maestros me dieron los secretos. Con el apoyo de la Cancillería y la Cooperación Española presenté  exposiciones en Colombia, Chile y España. Algunas de mis obras están en capillas españolas”, cuenta mientras observa un Cristo que reposa en su sala y que debe terminarlo para, juntos, ir a Santiago de Chile.

Escudero y el jesuita Bravo aseguran que en estas tierras hay más artistas que cumplen con la rigurosidad de la Colonia. Pero no llegan a contarlos con los dedos de las dos manos.

 

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