LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO DE QUITO

Pilar Tutor


 

La iglesia del monasterio de San Francisco, de portada herreriana y hermosísimo ejemplo de arquitectura colonial, se construyó en 1534 sobre unos terrenos de recreo de los tiempos de Atahualpa, gobernador de Quito que fue condenado a muerte por Pizarro al creer el conquistador, erróneamente, que había organizado un poderoso ejército para vencer a los españoles.

El templo fue la primera obra de magnitud que se levantó en la ciudad, fundada el 6 de diciembre de ese mismo año como San Francisco de Quito por Sebastián de Benalcázar, gracias a los esfuerzos de un monje, Fray Jodoco Ricke, primo de Carlos V.

Por aquel entonces, casi todas las viviendas quiteñas estaban construidas según los cánones de la arquitecura española. Las casas más importantes eran cuadrangulares y estaban dotadas de un patio central con galerías a las que daban las diferentes habitaciones.

El monasterio, denominado San Francisco en honor al patrón de Quito, posee un atrio espléndido. Tanto la arquitectura como las otras manifestaciones artísticas de la capital ecuatoriana son una fiel copia de los modelos españoles. Durante más de dos siglos, el fervor religioso mandó en el arte. Las órdenes religiosas multiplicaron los templos y Quito se convirtió en un gigantesco convento, comparable a otras ciudades como México o Lima, aunque jamás fue la sede de un virreinato. La ciudad era cabeza de obispado y capital de la Real Audiencia, y tenía un centenar de iglesias y capillas, entre ellas la Iglesia de San Francisco.

En su interior destacan también los retablos de madera dorada y las obras de imaginería, de entre las que sobresale el Nazareno del Gran Poder, talla completa realizada en el siglo XVII por el Padre Carlos siguiendo el modelo homónimo sevillano. Como todos los templos de la ciudad, está lleno de obras de arte porque Quito fue el centro más célebre de escultura y pintura de la América española. Entre los escultores destaca Capiscara, un indio que exageraba los rasgos españoles en sus tallas. Los principales pintores fueron Bernardo Rodríguez, Samaniego y Miguel de Francisco. Los tres adoptaron el estilo barroco español.

Sobre la construcción del mencionado atrio de San Francisco corre la siguiente leyenda: En época colonial vivía un mestizo llamado Cantuña que había prometido construir el atrio de la iglesia en el breve plazo de un año, seguramente impulsado por el ansia de oro y riquezas. Como el tiempo corría y no tenía concluida su obra, Cantuña estaba desesperado. Acudió a rezar a San Francisco para pedirle ayuda, pero el santo parecía no escucharle: Cantuña no veía obreros divinos construyendo el atrio. Ya sólo faltaban veinticuatro horas para que expirara el plazo, así que el mestizo pidió ayuda al diablo. Este sí le escuchó. A cambio de su alma, le prometió acabar la obra en la fecha prevista. Cantuña, temeroso, aún tuvo tiempo de advertir que, si faltaba una sola piedra, el trato no tendrķa valor.

Fue entonces cuando el diablo envió a cientos de demonios para que acabaran la construcción y, al amanecer, aparentemente el atrio de San Francisco estaba terminado, pero... ¡faltaba una piedra! El alma de Cantuña se había salvado. El diablo, maldiciendo, se hundió en los infiernos con sus secuaces. Y el atrio de la Iglesia de San Francisco se alzaba ante las asombradas miradas de los quiteños.

 

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