LAS TRES EDADES DEL HOMBRE. EL JUICIO FINAL

José María Ruiz Montes. Fotografías de Ruperto Leal (11/02/2017)


 

 

Lugar estratégico en el que va situada esta escena del escultor malagueño José María Ruiz Montes, en el centro de la trasera del trono de la Hermandad de la Redención (Málaga). Es de formato casi cuadrado, donde se inscribe en su totalidad un crismón, el cristograma más antiguo del cristianismo desde Constantino.

El crismón se empezó a utilizar como símbolo principal en época romana; círculo y cuadrado, perfecta armonía geométrica. En este caso se halla en mediorrelieve, apareciendo todos los elementos que lo conforman: la P, del griego (ro) es el Padre, X (ji) es Cristo y la S el Espíritu Santo. Bajo las aspas de la X, el Alfa y el Omega, la primera y la última letra del alfabeto griego: "Yo soy el Alfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 13) "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Heb 13, 8).

El crismón como imagen de Cristo pronto se vio enriquecido con un sentido trinitario, quizás el más antiguo sea el conocido mosaico del siglo VI que se conserva en el baptisterio de Albenga en Liguria (Champeaux), donde contemplamos un crismón tradicional repetido y superpuesto tres veces, rodeado de doce palomas como símbolo de la Jerusalén celeste, Iglesia, en el cosmos zodiacal.

El más afortunado fue, sin lugar a dudas, el crismón de la catedral de Jaca, ya que generó una abundante descendencia en multitud de crismones del mismo círculo. En Jaca el crismón une en el mismo grafismo X, P, A, Ω, S, la cruz, en un gran brazo horizontal y radial, el círculo, con una inscripción en latín que, traducida al castellano, dice: "Lector, en esta escultura procura reconocer lo siguiente: la P es el Padre, la A (y Ω) el Hijo, la doble (X) el Espíritu que da vida. Ellos tres son sin duda, por derecho propio, un solo y el mismo Señor".

 

 

Sobre el crismón aparecen tres figuras en altorrelieve, en una escena clásica puramente humanista: las tres fases o edades del hombre: la infancia, la madurez y la vejez. De esta manera se expresa el juicio individual de cada persona y que puede sobrevenir en cualquier momento de la vida: "Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir nuestro Señor. Por tanto, también vosotros estad apercibidos; porque el Hijo del hombre ha de venir a la hora que no pensáis" (Mt 24, 42-44) y "Mirad, velad y orad, porque no sabéis cuándo el Señor a casa vendrá; si a la tarde, o a la media noche, o al canto del gallo, o a la mañana" (Mc 13, 35).

De izquierda a derecha, la madurez, representada en un joven semidesnudo portando un ramillete de flores, simbolizando de esta manera la frescura en la flor de la vida, entretenido instruyendo y educando al niño que lo mira atentamente, sentado con gesto inocente sobre un reloj de arena. Debajo, un libro abierto que sirve como base, atribuyendo de esta forma al libro escrito y abierto nuestras vidas ante los ojos de Dios.

Por último, la vejez, representada en un hombre mayor con gesto reflexivo, de mirada al frente, al horizonte; ajeno a la escena del joven y el niño, expresando de esta manera el conocimiento de todo el camino a lo largo de su vida, viendo más cerca el final del recorrido, con el búho a sus pies, signo de sabiduría.

 

 

 

A espaldas de las tres figuras sobresale de forma conceptual la P del crismón, el brazo de Cristo emergiendo y portando la balanza para pesar las acciones buenas y las malas de cada individuo: la psicostasis. Es la creencia en otra vida más allá de la muerte. En ella, los justos serán premiados con vida eterna en el cielo, mientras que los pecadores sufrirán eterno tormento en el infierno.

La figura más repetida que porta este elemento es el Arcángel San Miguel, la representación iconográfica de la salvación o la condenación, según la inclinación de los platillos. Sin embargo, en la doctrina bíblica y cristiana no hay ninguna razón que justifique la atribución de la balanza a San Miguel, considerado como jefe de los ángeles que combaten al dragón infernal. Fue hacia el siglo IX o X cuando se introdujo la adaptación del mito de la balanza, sustituyendo el Gabriel islámico por el Arcángel San Miguel, una de cuyas funciones, según la liturgia eclesiástica, es la de presentar las almas de los difuntos ante el trono divino e introducirlas en el cielo. Esta función suya, interviniendo en el desenlace favorable del juicio de las almas buenas, es la que pudo contribuir a que se le sustituyese en lugar del Gabriel islámico.

Los pecados, en el platillo izquierdo, están simbolizados por la serpiente mordiendo la manzana; en el platillo derecho, enlazado con el camino de la misericordia, el pelícano rompiéndose el pecho para dar de comer a sus crías con su propia sangre, imagen emblemática de la Redención. El paralelismo entre Jesús en la cruz y el pelicano procede del Salmo 102: "Soy semejante al pelícano del desierto; Soy como el búho de las soledades".

 

 

Aristóteles divide el conjunto de la vida en tres periodos, de los cuales el filósofo considera la edad madura como el periodo intermedio entre los dos extremos. Aristóteles se había inspirado en las ideas de los pitagóricos, que afirmaban que el principio, el medio y el fin constituían el todo, y los tres originaban una cifra perfecta. No obstante, el razonamiento aristotélico era, ante todo, de orden biológico, pues se apoyaba en la capacidad de todos los seres vivos de crecer, de desarrollarse y reproducirse, y de sufrir un inexorable declive. Así pues, la vida es una sucesión de tres fases: crecimiento, estabilidad y declive.

Para Marciano Capella (erudito del siglo V) el curso de la edad corresponde al curso del sol: cuando aparece, el dios Sol es como un niño; en mitad de su curso corresponde a un hombre adulto, y en su descenso, a un anciano. Por su parte, Chaucier comparó las tres edades de la vida con los planetas: Saturno es el padre de Júpiter y el abuelo de Venus. Según un poeta alemán del siglo XII, las tres edades de la vida corresponderían, por el contrario, a las fases de la luna.

La tradición cristiana se adueñó bastante tarde del esquema antiguo de las tres edades de la vida del hombre. Esta tripartición se halla reforzada por la tríada agustiniana del nacimiento, trabajo y muerte. La amonestación de Cristo (Lc 12, 38) que dice: "Y si llega a segunda hora de la noche, o a la tercera, y los encuentra así [velando], ¡felices ellos!", inspiró a San Gregorio Magno su identificación de las tres horas de vigilia con las edades de la vida, infancia, adolescencia y vejez. Este esquema fue retomado por todos los grandes autores de la Alta Edad Media y apareció, incluso, en las obras de los liturgistas, que pensaban que el ritmo litúrgico era el reflejo de la vida: "Como en las vigilias, a lo largo de las tres edades de la vida estamos seducidos por el demonio, pero debemos perseverar, y a cada vigilia, loar a Dios" (Juan Beleth, siglo XII).

 

 

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FUENTES: LE GOFF, Jacques. Diccionario razonado del Occidente medieval, Madrid, 2013, pp. 243-244; ASÍN PALACIOS, Miguel y Julián RIBERA TARRAGÓ. La escatología musulmana en la Divina Comedia, Madrid, 1919, p. 254; ESTEBAN LORENTE, Juan Francisco. Tratado de iconografía, Madrid, 1990, p. 206.

 

 

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