MARÍA FELIZ Y LUCIANA CUETO


 

 
 

 

Con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, traemos un breve acercamiento a la obra de dos de las escasas mujeres escultoras del siglo XVIII en España. Hablamos de dos andaluzas, las hermanas María Feliz y Luciana Cueto, nacidas en la localidad de Montilla (Córdoba) el 17 de mayo de 1691 y el 8 de enero de 1694, respectivamente, y popularmente conocidas como Las Cuetas por su apellido paterno. Tanto su vida como su producción artística están siendo felizmente puestas en valor gracias a la historiografía reciente.

Fueron hijas del tallista y artesano Jorge de Cueto y Figueroa, y de Inés María Pantoja y Enríquez de Arana. El origen de la familia Cueto y Enríquez de Arana se encuentra, por línea materna, en Montilla, y por línea paterna, en la malagueña villa de Coín, ciudad en la que vivieron Juan de Cueto y María de Varo y Molina, quienes se trasladaron a Córdoba, donde nació el hijo de ambos, Jorge de Cueto.

Jorge de Cueto, escultor como su padre, se afincó en Montilla atraído posiblemente por la gran demanda de trabajo que en ese tiempo existía en la ciudad, capital por entonces del Marquesado de Priego. En Montilla conoció a la que sería su esposa Inés María, nacida en 1663, hija de Jorge Luis Cañete y Roa y de Jerónima Enríquez de Arana. El matrimonio tuvo siete hijos, siendo la tercera María Feliz, y la cuarta, Luciana.

Las dos hermanas, dotadas de idéntica sensibilidad artística, llegarían a ser notables imagineras. Ambas colaboraron en el taller paterno hasta el fallecimiento de Jorge Cueto en 1722, tras lo cual se hicieron cargo del obrador y lo trasladaron desde la calle Enfermería hasta la calle Alta y Baja, cerca del conocido en Montilla como Rincón de las Beatas. En esta casa pasaron la mayor parte de su vida familiar y artística.

Las Cuetas concentraron la mayor parte de su obra en su Montilla natal. No obstante, también trabajaron para otras localidades cordobesas como Aguilar de la Frontera, La Rambla y Moriles. Recibían, sobre todo, encargos de particulares, especialmente de familiares de novicias que iban a ingresar en clausuras. Asimismo, colaboraron con el tallista Gaspar Lorenzo de los Cobos, en cuyos retablos iban las imágenes esculpidas por ambas.

Sus obras, dentro del barroco imperante, tenían estilo propio. Utilizaron varios métodos como la talla de la madera y el modelado del barro cocido. Destacaban en la policromía y el posterior barnizado para proteger unas imágenes que estaban dotadas de gran dulzura y espiritualidad.

 

 
 

 

Los primeros trabajos documentados datan de 1727, y son unas pinturas para la iglesia patronal de San Francisco Solano de Montilla. Para este mismo templo se realizó la imagen de Jesús de Medinaceli (Rescatado), que presenta una serie de características que la hacen atribuible a las hermanas Cueto. En esta misma iglesia se encuentran también otras dos obras de Las Cuetas: las imágenes de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. En 1739, por encargo de Lucas Jurado y Aguilar, mayordomo de la Cofradía del Rosario, realizaron la talla de Nuestra Señora del Rosario. Dos años más tarde, para la procesión claustral que dicha cofradía organizaba en las fiestas de la Purificación, realizaron la imagen de la Virgen de la Candelaria.

Un manuscrito del presbítero Antonio Jurado y Aguilar que data de 1776 cita varias veces a las hermanas Cueto informando de la fama que adquirieron tanto en el Reino de Córdoba como fuera del mismo, y mencionando que realizaron varios trabajos para el monasterio de San Lorenzo, que se encontraba en las afueras de Montilla. Entre las imágenes realizadas por Las Cuetas para este cenobio están la talla de vestir de San Juan de Capistrano y San Luis Obispo. Asimismo, restauraron la Inmaculada Concepción, imagen que las escultoras revistieron con encolados y revisaron la mascarilla y las manos.

La cercanía de la vivienda de las escultoras a los monasterios de Santa Clara y de Santa Ana favoreció la proliferación de encargos tanto de los mencionados conventos como de los familiares de las religiosas, para los que realizaron imágenes devocionales de suave textura, de tamaño inferior al académico, la mayoría Niños Jesús, para regalar a las novicias que ingresaban en estos conventos de orden monástica.

El traslado de su hermana Inés Francisca, junto con su familia, a Aguilar de la Frontera favoreció también la relación de las artistas montillanas con esta ciudad. Varias son las obras en Aguilar que se atribuyen a Las Cuetas, como el San José de la parroquia del Cristo de la Salud o la imagen de Nuestra Señora del Rosario, patrona de Mori1es, población que perteneció a la villa de Aguilar, desde la que debió ser trasladada.

Por otro lado, la amistad que tenía la familia Cueto con el presbítero Jerónimo Martínez Espinosa de los Monteros les llevó a realizar varios trabajos para el mismo, y en 1740, por orden del obispo de Córdoba, Pedro de Salazar, recibieron el encargo de realizar la cabeza y las manos de la imagen de la Inmaculada Concepción que hoy se venera en la parroquia de Santiago.

En 1763, cuatro años después de la muerte de su madre, las hermanas trasladaron nuevamente su casa a la calle Don Gonzalo. El 11 febrero de 1766, poco después de otorgar testamento, fallece María Feliz, la hermana mayor. Solo así pudo romperse una unión de trabajo mantenida durante decenios por las hermanas Cueto en su prestigioso taller. El 15 de febrero de 1775, falleció doña Luciana, la menor de las imagineras.

Parece lógico pensar que los restos mortales de Las Cuetas, cuya existencia transcurrió en los dos primeros tercios del siglo XVIII, descansan junto a los de su padre en el panteón de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, ubicado en la capilla homónima de la iglesia montillana de Santiago.

 

 
 
Foto: Elena Bellido

 

FUENTES

JIMÉNEZ BARRANCO, Antonio Luis. María y Luciana de Cueto y Enríquez de Arana. Las Cuetas, Ayuntamiento de Montilla, 2000.

 

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