RELATOS BREVES DE AGOSTO (I)
LA HORA DE LA SIESTA

Salvador Marín Hueso


 

 

Forma en la explanada la guardia real, con sus relumbrantes cascos de acero, con sus cosacas encarnadas, con sus condecoraciones repletas de dragones y toros, águilas y unicornios. Llevan una hora bajo el balcón. El público se diluye en sudor. Los caballos bufan de sed. Los globos se colman de aire caliente. Las chocolatinas se derriten en las manos de las criaturas. Cada cinco minutos, la banda repite la misma marcha militar, que suena a chicharra en los eriales de agosto.

El rey no acude. Bajó del tren a la hora prevista, la comitiva llegó a palacio sin ningún contratiempo, pero el rey no se asoma. Un fotógrafo se divierte en captar abanicos desaforados. Un abogado obeso se empeña en alejar la barba de su cuello empapado. Una señora se atreve a levantarse la falda para airear su tobillo, del color de la leche merengada.

Al fin, un devaneo de siluetas se adivina tras los imponentes ventanales de palacio. Son siluetas nerviosas, aceleradas. Son siluetas educadas en la prevención de los pasillos y las multitudes. Suena un clarín. Un destello triunfa en las banderolas. La banda arranca con el himno nacional. Los pesados cortinajes adamascados de la balconada se abren con estudiado balanceo.

De las prohibidas profundidades del solemne edificio, emerge un hombrecillo enfundado en una levita pundonorosa, un hombrecillo que no es el rey, un hombrecillo que acumula demasiada saliva sobre la lengua y trata de dilatar el tiempo, de imaginar que no es necesario, que aún es posible evitar lo inevitable, tener que dirigirse a la multitud sobre la que acaba de posarse el silencio, la multitud que dirige su mirada unánime a la balaustrada de la que pende el repostero bordado en oro, un hombrecillo que evoca la indulgencia de los suyos, un hombrecillo que se pregunta, al mirar fijamente a un niño aupado sobre los hombros de su padre, si todo su poder compensa que el folio ya deba pasar a la voz.

 

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