LA PASIÓN DE GREGORIO FERNÁNDEZ
YACENTE DEL PARDO (MADRID)
20/03/2026

Donación del rey Felipe III al convento capuchino del Pardo de Madrid. Se barajan dos fechas posibles para concretar su hechura. Según los cronistas de la orden, fue en 1605, coincidiendo con el nacimiento en Valladolid de Felipe IV, cuando el monarca resolvió encargar al famoso escultor Gregorio Fernández la talla de un Cristo yacente en el sepulcro. El ordenó ubicarla en su palacio de Valladolid, trasladándola al año siguiente con el cambio de Corte a su oratorio madrileño. En 1615, la entregó a los capuchinos del Pardo para ofrecerle un culto público. Contrario a esta teoría, el historiador Martín González, avalando la imagen como encargo real, retrasó la fecha de su ejecución de 1605 a 1615. Para tal estimación se basó en el hallazgo en el Archivo de Simancas de una Carta de Tomás de Angulo al Duque de Lerma, con fecha de 30 de enero de 1614, en la que se cita "un Cristo para el Pardo que se encargará a Rodríguez de Valladolid". No sería difícil suponer que, por error de Angulo, se tratara de Fernández y no Rodríguez. Si el encargo se fijó en 1614, sería posible que finalizara su ejecución en 1615, coincidiendo de esa forma con la ceremonia de colocación del yacente en la iglesia del Pardo un viernes de marzo de tal año, según el padre Anguiano. Al igual que la mayoría de los yacentes de Fernández, hablamos de un relieve concebido para ser visto por un solo punto de vista lateral. Plantea a Cristo tumbado sobre una sábana tallada, con la cabeza recostada hacia la derecha y acomodada sobre uno o dos almohadones. Sobresale la pierna izquierda sobre la opuesta. Se halla ahuecado por el reverso para salvarlo de los movimientos estructurales de la madera y aliviar su peso. El modelado del Cristo yacente del Pardo revela profundos conocimientos anatómicos, siendo su cabeza una de las más logradas y bellas de la escultura barroca española. Mide 160 cm y su policromía está realizada al óleo. Se aprecian en esta obra peculiaridades formales de transición entre el lenguaje manierista y los modelos de gran realismo. Por un lado, rasgos manieristas son su robusta anatomía y la suave línea serpentinata que retuerce sobre sí mismo el cuerpo desde los pies a la cabeza. Es también un carácter distintivo que el gesto de su rostro no advierta aún los caracteres cadavéricos de futuras tallas, como las cuencas hundidas o los pómulos afilados. El tratamiento del cabello tampoco es tan definido como en sucesivas piezas, basándose su dibujo en amplios mechones apenas calados. La policromía sí ha evolucionado hacia una técnica mate desterrando el pulimento, pero aún sin magnificar el patetismo mediante abundantes regueros de sangre ni livideces. Todavía Fernández no emplea dientes de marfil ni uñas de asta, pero sí introduce recursos realistas como ojos de cristal, corcho y gotas de vidrio rojo en los coágulos de sangre, una espina atravesando una ceja y un cíngulo cordífero amarrando el sudario (última vez que pondría en uso). |
Foto: Alberto Andrés |
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