NUEVA OBRA DE ANTONIO YUSTE NAVARRO

Enrique Centeno González (04/04/2013)


 

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Cuando en abril de 2010 se presentaba en La Hornacina la obra Jesús Despojado, que para Cehegín (Murcia) había realizado el escultor ciezano Antonio Jesús Yuste Navarro, ya se advertía el gran reto que se había impuesto el entonces debutante con las inmensas expectativas que despertaba la pieza.

A la vuelta de tres años, y con importantes logros en la iconografía nazarena y angélica, el joven imaginero ofrece respuesta incontestable con este Cristo de la Expiración, su primera incursión en la temática principal del arte cristiano, realizado para la Cofradía de San Pedro Apóstol de su ciudad natal, Cieza (Murcia). Una obra tallada en madera de cedro a tamaño natural que confirma cuanto sugería aquella primera imagen cristífera: dominio del espacio escultórico, originalidad compositiva y preclara intuición naturalista para poner en movimiento la anatomía; todo ello puesto en la búsqueda de un dramatismo con el que vestir de emoción sus convicciones clásicas y mediterráneas, con expresa renuncia a la tentación declamatoria.

El artista nos ofrece un relato estremecedor de cómo la Muerte hace acto de presencia en el Calvario y va apropiándose de Cristo palmo a palmo, conquistando poco a poco el cuerpo del Redentor. La mano izquierda ya está muerta, y cuelga del clavo inerte. La otra aún vive y se intenta agarrar al clavo, desencadenando ese último estertor que dibuja el cuerpo de Cristo, ese movimiento desesperado que parte de esa muñeca y hace que el torso se retuerza buscado por última vez el aire. Las piernas poco colaboran ya con el movimiento de la inspiración: su fragilidad es absoluta, más aún con la limitación de movimientos que supone el cruce de los pies, clavados a la cruz por separado. En la cabeza la batalla entre la Vida y la Muerte ya se ha producido: a la boca ya no llega oxígeno y se entreabre para exhalar el último aliento, las cuencas oculares están hundidas y la piel pegada a los pómulos, uno de ellos roto por un golpe y cruzado por la irritación de un latigazo perdido. Lo que emerge en la extraordinaria riqueza volumétrica del rostro es la calavera, por eso sobrecoge que en mitad de tan desolador retrato aparezca ese último destello en unos ojos que ya no miran, que se asoman a la muerte, pero que sin embargo aún contienen un discurso. Una mirada gritando en silencio que lo representado no es solo la muerte de un Hombre, sino también la muerte de un Dios por amor.

Los mechones del cabello están entretejidos con la corona de espinas, que aporta con su siniestra apariencia una nota de patetismo descarnado y está trenzada a golpe de gubia sobre una cabeza que transmite con eficacia la impresión de que falta un segundo para que se desplome, hundiéndose en el pecho.

La composición corporal transmite toda la violencia del movimiento sin olvidar la naturalidad con la que el cuerpo pende del madero, creando en el espectador la sensación de que en cualquier momento el peso puede reventar el enclavamiento. Un logro que rima con la portentosa recreación anatómica, fruto de un estudio profundo sobre fuentes científicas pero que, sin embargo, esquiva la exageración: solo el juego de planteamientos musculares y óseos del cuello, los hombros y la caja torácica consigue una plasticidad orgánica que alcanza la categoría de auténtico logro escultórico.

Yuste Navarro ha dominado desde siempre la policromía, y en esta ocasión la pone al servicio del relato y de la expresividad de la imagen para que, a través de numerosos matices y veladuras, despunte la Muerte en el rostro, la espalda hable del espanto de la flagelación, las manos se entumezcan y los pies sean un reflejo del camino largo y polvoriento hasta el Calvario. Hay mucha sangre representada con eficaz verismo sin caer en la incongruencia con la elocuencia del rostro y el movimiento del cuerpo. Este Crucificado habla de entrega sin límites y al tormento y la muerte. Toda la Pasión está resumida en las incontables llagas, despellejamientos y moratones, representados con absoluta perfección y repartidos meditadamente por todo el cuerpo, con el regusto anecdótico que es característico del imaginero murciano.

Esta obra bien puede considerarse un homenaje a la imaginería religiosa. Con profundo respeto, busca entre las mejores virtudes de una especialidad que tanta gloria ha dado al Arte Español. En lo dramático logra el impacto emocional que lograron los que buscaron el patetismo impuesto por Trento, en la anatomía une la minuciosidad del barroco con la riqueza de volúmenes del Renacimiento y el clasicismo del arte mediterráneo, la policromía tiene la importancia que solo recientemente ha sido redescubierta, y el Cristo posee la hondura espiritual que ofrecían los más místicos imagineros del XVII. Lo más asombroso es que, con todo, vemos esta imagen a distancia y ya reconocemos la huella de Antonio Yuste Navarro.

En definitiva, un logro extraordinario para un escultor de 27 años que, a la luz de este magistral Crucificado, ya no admite hablar de promesas ni de expectativas, sino de importantísima realidad. En el evidente empeño de Yuste Navarro por convertir esta obra en referencia principal de su valía artística, ha regalado un clásico instantáneo que lo coloca definitivamente en la primera línea de la estatuaria religiosa nacional.

 

Nota de La Hornacina: acceso a la galería fotográfica de la obra a través del icono que encabeza la noticia.

 

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