JUAN VEGA. LA ICONOGRAFÍA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

03/01/2026


 

 

Desde los principios de la divulgación del Evangelio, aparecieron pequeñas figuritas del Niño Jesús, entre María y José, formando parte de Belenes de Navidad o de pinturas, frescos y mosaicos, creados en las catacumbas romanas y basílicas en los albores del Cristianismo. Durante mucho tiempo, la figurita del Niño en la iconografía cristiana estuvo eclipsada por esculturas de mayor formato de Jesús como Crucificado o Nazareno. En el Románico y el Gótico casi solamente forma parte de escenarios navideños, y apenas aparece como escultura individual. Esto iba a cambiar en el Renacimiento, cuando en Italia, Flandes y España comenzaron a crearlo como estatua exenta para ponerlo en el foco de la devoción religiosa. Durante el manierismo, se creó lo que podemos llamar el prototipo del Niño Jesús como escultura exenta destinada al culto, un paradigma muchas veces copiado y exportado a muchas regiones del Imperio Español.

Los humanistas se impusieron el objetivo de purificar las expresiones abigarradas, valorando al hombre, y por lo mismo, en acentuar una religiosidad más atenta a la realidad humana de Dios, buscar la humanidad de Jesús, la ternura del Niño Jesús. Los talleres de escultura comenzaron a producir al por mayor para satisfacer la demanda de conventos, de iglesias, de particulares que podían encargar imágenes del Niño Jesús, o de las colectividades tan populares como fueron las cofradías del Antiguo Régimen, donde descubrimos esa catequesis vivida de familiaridad con Dios, en aquellas sociedades que habían roto las barreras entre lo sobrenatural y lo natural, entre lo divino y lo humano.

 

 
 

 

En el arte sacro contemporáneo la iconografía del Niño Jesús se encuentra plenamente vigente, sobre todo gracias a los encargos de particulares y hermandades. Un ejemplo lo encontramos en las dos últimas creaciones del reconocido escultor e imaginero malagueño Juan Vega, ambas en madera tallada y policromada, que lo muestran completamente desnudo en dos de sus más famosas variantes.

Una de ellas, titulada Dulce Nombre de Jesús, es un Niño en Majestad, en actitud itinerante y bendiciendo con la mano izquierda. El artista lo representa como Rey y Señor, con la mirada extasiada al cielo. Destaca la belleza que emana de toda su figura, siendo este detalle muy habitual en el arte barroco andaluz. Posee cabellera con abultados rizos, nariz y boca pequeñas y rosadas, mejillas abultadas y barbilla pronunciada.

La otra es un Niño de Pasión, de expresión apesadumbrada, sosteniendo la cruz y con una lágrima en su rostro. Este tipo iconográfico surge en el siglo XVI, cuando empieza la representación del Infante con los atributos pasionales. El autor lo ha titulado El amor que sostiene al mundo, en alusión al sacrificio venidero de Cristo por amor a la humanidad, y al igual que el anterior muestra disposición movida propia del Barroco, potencias sobre su pequeña cabeza y pestañas postizas en sus párpados superiores. Comparte igualmente caracteres formales como el cuerpo de marcada anatomía, cabello castaño y ondulado, ojos entornados, rostro carnoso y labios delicados de color rojo. Sin embargo, en este caso el Niño no camina directamente sobre la peana de madera, sino que se asienta sobre un cojín decorado con ornamentación barroca y dorada, también talladdo y pintado.

 

 

Fotos: Luis Manuel Gómez Pozo

 

FUENTES

RAMOS RUBIO, José Antonio. "Estudio histórico-artístico de las imágenes barrocas del Niño Jesús en los conventos e iglesias de Trujillo", en Tabularium Edit, vol. 1, n º 12, 2025, pp. 179-180 y 194-196.

 

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