LOS RIBALTA EN EL MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA

06/11/2026


 

 

El Concilio de Trento (1545-1563) fue un amplio movimiento de renovación religiosa, doctrinal y disciplinaria que buscó reafirmar los principios del catolicismo frente a la expansión del protestantismo en Europa. En el siglo XVII, la monarquía hispánica de los Habsburgo se convirtió en la punta de lanza de la Contrarreforma católica. En este sentido, el arte se convirtió en el principal mecanismo al servicio de la evangelización religiosa católica. Teóricos de la imagen como Carlos y Federico Borromeo, Gabriele Paleotti o Francisco Pacheco dejaron claro que el principal objetivo del arte religioso de la Contrarreforma debía ser la persuasión sensorial de las almas para reforzar su fe. El catolicismo apostó por la cultura visual como medio para comunicar la religión y definió claramente las funciones de la imagen sagrada: enseñar, deleitar y, sobre todo, conmover.

En este escenario surgió uno de los rasgos más característicos del Barroco español: el naturalismo. Esta tendencia proponía un lenguaje visual basado en la observación directa de la realidad, la representación precisa del cuerpo humano y la búsqueda de verosimilitud. La realidad impregnó, desde finales del XVI, la obra de artistas como Gregorio Fernández, Francisco de Zurbarán, los Ribalta, Juan Martínez Montañés, Diego Velázquez, Jerónimo Jacinto de Espinosa o Bartolomé Esteban Murillo y, especialmente en los centros artísticos alejados de la corte, perduró durante más de un siglo. El arte barroco, o al menos una parte de él, se configuró como un fiel reflejo de la realidad o, mejor dicho, como un artefacto capaz de crear un mundo tan cierto como el real. La verosimilitud se convirtió en un valor inherente a la imagen artística y en el eje central del poder de persuasión de las imágenes.

En Valencia este naturalismo encontró un ambiente privilegiado bajo la figura del arzobispo San Juan de Ribera. Responsable de la fundación del Colegio Seminario del Corpus Christi, promovió una intensa política de reforma espiritual basada en la disciplina eclesiástica y la correcta instrucción doctrinal de los fieles. El arzobispo Ribera fue, además, responsable de la expulsión de los moriscos a partir de 1609. Este hecho fue interpretado por ciertos sectores de la sociedad como una victoria del catolicismo sobre la herejía y reforzó el carácter militante de la fe barroca. Al mismo tiempo, Juan de Ribera fomentó la adopción de estas nuevas formas en el arte, con un progresivo abandono de la estética manierista y el avance de los preceptos naturalistas. Para ello fue imprescindible el papel desempeñado por el pintor Francisco Ribalta y su hijo, Juan Ribalta.

 

 

Francisco Ribalta se formó inicialmente en Barcelona, aunque abandonó Cataluña en 1581 ante la temprana muerte de sus padres. En Madrid entró en contacto con el núcleo de artistas cortesanos activos en El Escorial y la obra de Juan Fernández de Navarrete el Mudo y Bartolomé Carducho dejó especial huella en su manera de pintar. Ribalta se trasladó a Valencia en 1599, probablemente en la comitiva que se desplazó a la ciudad para las bodas de Felipe III y Margarita de Austria. En Valencia entró al servicio del arzobispo San Juan de Ribera, bajo cuyo patronazgo la pintura de Ribalta combinó el incipiente naturalismo aprendido en la corte con la firme aplicación de las directrices de la Contrarreforma católica con respecto a la imagen artística. El prestigio de Ribalta y sus contactos con otros centros artísticos explican, en gran medida, la creación en 1616 de un Colegio de Pintores en Valencia que se dirigió al rey en 1617 para obtener la sanción de la corona. Francisco Ribalta fue el iniciador del Barroco en Valencia y creó una escuela de pintores de la que formaron parte su propio hijo Juan Ribalta, Vicente Castelló o Jerónimo Jacinto de Espinosa. Ribalta, a partir de una formación tardomanierista, fue modulando su estilo sobre la base de la pintura del natural y a través de un profundo realismo y del empleo teatral de la iluminación en sus escenas; estilemas aprehendidos a través de la circulación de copias de obras de Caravaggio, la importación de lienzos de José de Ribera y la presencia del pintor itinerante Pedro Orrente en Valencia. Francisco Ribalta ejecutó formidables pinturas religiosas como el "retablo de Santiago en Algemesí" (hacia 1603), la "Santa Cena" del Colegio del Corpus Christi de Valencia (1606) o el "retablo de la Cartuja de Porta Coeli" (1625-1627). No obstante, fue también fundamental en el desarrollo del retrato naturalista en Valencia, realizando efigies tomadas del natural de fray Domingo Anadón, Jerónimo Simó, sor Margarita Agulló, San Juan de Ribera y muchos de los principales protagonistas de la religiosidad valenciana del momento.

Juan Ribalta permaneció durante toda su vida ligado al taller paterno y su obra se ha confundido con frecuencia con la de Francisco Ribalta. No obstante, se trata de un pintor de notable personalidad que, probablemente, habría llegado a ser uno de los grandes maestros del Barroco en España si la enfermedad no hubiera truncado su carrera con apenas 30 años. En 1615, con tan solo 18, firmó para el Monasterio de San Miguel de los Reyes la tela "Los preparativos para la Crucifixión", hoy en el Museo de Bellas Artes de Valencia. La pieza remite a la obra homónima de su padre en el Hermitage, pese a que Juan acentúa el claroscuro tomado de Caravaggio y muestra una tendencia mucho más decidida por el naturalismo descarnado. En 1617 Juan Ribalta se inscribió en el Colegio de Pintores, y en 1618 contrajo matrimonio con Mariana Roca de la Serna, lo que le permitió alcanzar una notable independencia económica.

Antonio Palomino, tratando de distinguir las producciones de Francisco y Juan Ribalta, afirmó que "la manera del padre fue más definida, y la del hijo más suelta y golpeada", aunque las diferencias entre ambos son más profundas y se acentuarían con el tiempo. Juan acusó de manera mucho más clara la presencia en Valencia a partir de 1616 del murciano Pedro de Orrente, cuyo "Martirio de san Sebastián" para la Catedral marcó profundamente la monumentalidad de las figuras del joven Ribalta. Igualmente, fue muy permeable al tratamiento de la luz y del dramatismo de las composiciones que Orrente había aprehendido en Italia. Juan Ribalta, además, se convirtió en el modelo de pintor intelectual, pues participó en las justas poéticas en honor del santo arzobispo Tomás de Villanueva en 1618, publicadas en 1620, y el poeta Gaspar de Aguilar le dedicó encendidos elogios. Ribalta se relacionó con el humanista Diego Vich, quien le encargó varias obras para el monasterio jerónimo de la Murta. Obras maestras como el "retrato de Gaspar Aguilar de Valencia", el "San Juan Evangelista" del Prado, o las diferentes versiones del "Calvario" y la "Santa Cena" que se deben a su mano, dan cuenta de la altísima calidad del pintor. 

La exposición Los Ribalta. Obras del Museo de Bellas Artes de Valencia reunirá hasta el 7 de febrero del próximo año 2027 una serie de obras de estos autores conservadas en dicha institución, cuyas siglas son MuBAV. "El Encuentro del Nazareno con la Virgen", la "Escena de la vida de la madre de Eloy" y el "San Bruno", de Francisco Ribalta, junto al "Calvario", la "Santa Cena" y al "San Pablo" de Juan Ribalta componen esta cuidada selección pictórica que se podrá visitar en la sala 19 del Museo Nacional de Escultra (MNE).

 

 

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