LA EVOLUCIÓN DE LA ESCULTURA DE CRISTO
CRUCIFICADO EN ESPAÑA. RENACIMIENTO

Sergio Cabaco y Jesús Abades


 

 

El siglo XVI fue un periodo ecléctico para las artes españolas. Historiadores como José Hernández Díaz o Diego Angulo Iñíguez distinguen tres etapas artísticas que coinciden con los tres tercios de la centuria.

Así, durante el primer tercio, las formas góticas y mudéjares conviven con las primeras -y tímidas- manifestaciones del arte renacentista; en el segundo, el renacimiento procedente de Italia irrumpe con mayor intensidad, aunque no se abandonan del todo ciertos esquemas góticos; por último, el tercer tercio se caracteriza por el fuerte predominio del manierismo, una corriente italiana que rechaza la estética clasicista que hasta entonces ofrecían los modelos renacentistas para decantarse por unas composiciones más movidas, caprichosas y estilizadas.

Conviene establecer que dicha división temporal debemos entenderla en términos generales, ya que el renacimiento no se extendió por todos los territorios españoles con la misma fuerza y al mismo tiempo. Mientras que en zonas como Cataluña o Valencia encontramos aisladas manifestaciones del estilo que se remontan a los siglos XIV y XV, en otras como Andalucía no localizamos su arraigo hasta la centuria siguiente.

 

 

Rigiéndonos por las etapas antes diferenciadas, podemos comenzar con el primer tercio del siglo XVI, época en la que los gustos españoles, reacios a renunciar a las últimas manifestaciones del gótico, comienzan a mostrar interés por las novedades renacentistas procedentes de Italia. Para ello, fueron decisivas dos circunstancias: la abundante importación de esculturas italianas a la península desde mediados del siglo XV, la mayoría de ellas en bronce, mármol o terracota, y el establecimiento en nuestro país de artistas extranjeros que trajeron consigo las nuevas corrientes europeas, caso de los italianos Domenico Fancelli, Pietro Torrigiano y Jacopo Torni, o de los franceses Felipe Bigarny y Juan de Juni. Pese a todo, muchos escultores del país, continuaron con las directrices de antaño.

A Jacopo Torni (1456-1526), popularmente conocido como El Indaco y Jacobo Florentino, se le atribuye el Cristo de San Agustín, singular realización en madera policromada que combina la expresividad y el poderoso estudio anatómico tan propios del nuevo humanismo renacentista cultivado en Florencia, con el dramatismo borgoñón que, sin preocuparse demasiado por la armonía de las formas, había arraigado décadas antes en el arte sacro español, preferentemente en las zonas de Castilla y Andalucía. También es perceptible en el Crucificado granadino el influjo del popular Cristo de la Catedral de Burgos, ya estudiado en el periodo gótico.

Otras efigies importantes de este primer tercio son el Cristo del Calvario que corona el retablo mayo de la Catedral de Palencia (1519), obra de Juan de Balmaseda -cuyo arte está influenciado por Felipe Bigarny y Diego de Siloe-, quien volvería a repetir con éxito el tema para el retablo mayor de la Catedral de Oviedo (hacia 1520); el Cristo de los Milagros de la Basílica del Pilar (Zaragoza), relacionado con el valenciano Damià Forment, autor del soberbio retablo mayor para el mismo templo y principal introductor del renacimiento italiano en Aragón pese a que muchas de sus obras mantuvieron la traza gótica por imposición de la clientela; y el Cristo de la Amargura de Carmona (Sevilla), obra de Jorge Fernández Alemán (1521), sucesor en el ámbito sevillano de Pedro Millán -cuyas figuras, de aristadas siluetas e incorrecciones anatómicas, muestran todavía una acusada impronta tardogótica-, quien a su vez fue discípulo del bretón Lorenzo Mercadante de Bretaña. 

 

 

Según la historiadora Lucía Rus Tabernero, en el segundo tercio del siglo XVI se consolida el clasicismo, las ideas y los elementos artísticos procedentes de Italia, mezclándose en España con ciertas fórmulas goticistas que aún pervivían y con las primeras manifestaciones manieristas. El patetismo del Crucificado gotico se concentra ahora en la expresión del rostro, a la vez que se suaviza el modelado del cuerpo y se alarga su canon. El Cristo renacentista es, por tanto, un ideal de belleza clásica que refleja serenidad y perfección; sin embargo, en España, los signos pasionistas no desaparecieron tanto como en Italia, y el sentimiento trágico tan propio del pueblo y del clero hispano prevalecería en no pocas ocasiones sobre la armonía de las proporciones.

Este último detalle puede apreciarse claramente en la obra de los dos artistas más importantes de este periodo: el francés Juan de Juni y el palentino Alonso Berruguete, ambos con formación italiana y ya partícipes de los postulados manieristas. El primero, con obras maestras como el Cristo de la Catedral de León o el Cristo de la Agonía del convento vallisoletano de las Carmelitas Descalzas, funde sus raíces borgoñonas con el nuevo estilo, derrochando un completo conocimiento de la anatomía y de todo lo relativo al cuerpo humano, que incluye la expresividad de los rostros y de los miembros. Respecto a Berruguete, cultiva el tema en piezas como el Cristo del Retablo de Santa Úrsula o el Cristo del Calvario que remata el retablo mayor del Monasterio de la Mejorada (Olmedo) -para el que contó con la colaboración de Vasco de la Zarza-, mostrando su prodigioso temperamento enérgico y su tendencia a la inestabilidad de las figuras.

En la escuela sevillana, los flamencos Roque Balduque y Juan de Giralte son los introductores del estilo, mostrando unas piezas de fuerte intensidad dramática, fruto de la mezcla del patetismo centroeuropeo con los tratados escultóricos del renacimiento. Es el caso del Cristo del Retablo de San Vicente, situado en el altar mayor de la parroquia homónima de Sevilla, o del Cristo del Calvario de la Iglesia de Santa María de Medina Sidonia (Cádiz).

 

 

El último tercio del siglo XVI supone el auge del manierismo en la escultura española. Las nuevas fórmulas, hechas a la maniera italiana, muestran una fuerte inspiración en el estilo de Miguel Ángel y se caracterizan por el uso de la curva sinuosa, la pretendida sensación de ingravidez y la exagerada expresividad. La idea de Cristo triunfante sobre el dolor y la muerte que el renacimiento versionó del románico, casi nunca adoptada plenamente en España, da paso a un Cristo más sufriente y cercano con el pueblo, lo que constituirá la base de la transición hacia el barroco, si bien la estética manierista perduraría en nuestro país hasta bien entrado el siglo XVII.

No se descarta un contacto del español Gaspar Becerra, cuya formación tuvo lugar en Italia al lado de maestros como Vasari y Volterra, con el propio Miguel Ángel, al que, en todo caso, siguió fielmente en sus obras escultóricas. A Becerra se le atribuyen el Cristo de la Sacristía de la Catedral de Granada y el zamorano Cristo de las Injurias, de cruento modelado, aunque éste también ha sido vinculado con Arnao Palla.

Entre los escultores activos en este último periodo se encuentra Juan Bautista Vázquez el Viejo, afincado desde 1560 en Sevilla, donde realizó su particular versión del Cristo de Burgos (1573) bajo un fuerte sentido clásico. En el norte tenemos a Juan de Anchieta, quien labró en 1584 el monumental Cristo de la Iglesia de San Miguel, del municipio navarro de Aoiz, siguiendo también la linea miguelangelesca.

Por último, mencionar al Cristo del Calvario que se halla en el ático del retablo mayor del Monasterio del Escorial, majestuosa obra en bronce de los escultores milaneses León y Pompeyo Leoni, dotada de alta calidad técnica y artística. También en el real monasterio se encuentra el llamado Cristo Blanco (1559-1562) de Benvenuto Cellini, una efigie marmórea que, pese a sus excelencias, apenas influyó entre los artífices españoles de la época. 

 

FUENTES: RUS TABERNERO, Lucía. Evolución Iconográfica de la Imaginería del Crucificado en España, Córdoba, 2004; HERNÁNDEZ DÍAZ, José. Imaginería Española del Bajo Renacimiento, Sevilla, 1951; BERNALES BALLESTEROS, Jorge, HERNÁNDEZ DÍAZ, José y Matilde MEGÍA NAVARRO. Historia del Arte en Andalucía, Sevilla, 1989; GÓMEZ MORENO, María Elena. Breve Historia de la Escultura Española, Madrid, 1951; http://www.lahornacina.com/articulosmurcia2.htm

 

Fotografía de Carmona del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla

 

Segunda Entrega en este

 

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