COMPARECE: ESPAÑA. UNA HISTORIA A TRAVÉS DEL NOTARIADO

Con información de Fernando García de Cortázar


 

 
 

Tésera de hospitalidad romana

Museo Arqueológico Nacional

 

Introducción

Nada procura más paz que la contemplación de un documento notarial. ¡Qué sencillo y firme parece el mundo en él! ¿Quién puede imaginarse lo que palpita detrás de esos documentos? ¿Quién va a imaginarse que esas simples líneas, firmas, sellos y rúbricas conservan los bastidores, las entrañas de la historia, el rumor de los días y las noches del pasado, las novelas jamás escritas de cuantos nos precedieron?

Y sin embargo, es así. La venta de una heredad a un monasterio por parte de un vizconde nos introduce en la Edad Media con igual fuerza que una catedral gótica. El testamento de Felipe II dibuja la regia distancia, el abismo de suprema sencillez cortesana que su alma supo cavar para preservarse del mundo, con la misma profunda sutileza con que lo hiciera el pintor Sánchez Coello. Las actas de la subasta pública de los bienes de la Iglesia y las propiedades municipales del siglo XIX susurran la desesperanza de los campesinos, los pobres de la desamortización, gente dispuesta a incorporarse a la filas del carlismo o a tomar el camino de las ciudades para hacerse proletaria de la incipiente industria.

No puede negarse que la historia es mucho más que una secuencia coloreada de momentos estelares. Pero tampoco que hay acontecimientos que marcan la geografía política y cultural del mundo, sucesos que no deben ignorarse si no queremos dejar de contar las aventuras y desventuras del ser humano.

En este año 2012 varios aniversarios suscitan en España la atención de quienes sienten interés por conocer la realidad que los rodea así como la que les tocó vivir a nuestros antepasados: el aniversario de la Constitución de Cádiz (1812) y el menos conocido de la Ley Orgánica del Notariado español (1862), motivo de esta exposición.

La historia de una nación no sólo está en los parlamentos y en los campos de batalla, sino también en lo que las gentes se dicen en días de fiesta y trabajo, en cómo cultivan, comercian, pleitean, van en peregrinación y se despiden del mundo. Ninguna crónica atesora mejor esa historia que los archivos notariales, donde queda fijada cada actividad, cada soplo creador, desde las herencias más pingües hasta los contratos más modestos, desde el plazo concedido a Goya para pintar el retrato de la duquesa de Alba a los materiales para la construcción de una Lonja, desde la última voluntad de un terrateniente cualquiera a los deseos moribundos de un rey.

Lo trivial y lo estelar, todo queda registrado en ese gran tesoro del recuerdo. Para el notario no existen diferencias entre un comerciante de Burgos y el gran Capitán, entre Quevedo, que muere sin cosa en qué poner los ojos que no sea recuerdo de su soledad, y el campanero de un pueblo manchego, o entre el rey Carlos III y el sirviente que carga con su escopeta en las jornadas de caza.

Tampoco hay diferencias entre las grandes y las pequeñas historias de la Historia. Así, por su testamento, sabemos que Isabel la Católica quiso tener tres hijos para que uno de ellos fuera heredero de las Españas, otro arzobispo de Toledo y el tercero, notario de Medina del Campo. Así lo manifestó en su lecho de muerte la reina de Castilla, así quedó para siempre, como en las salas que aguardan al visitante de esta exposición queda la atmósfera, el pulso, el aliento de dos largas biografías: la del Notariado y la de España.

 

 
 

Inscripción del escriba real Luty

Museo Arqueológico Nacional

 

¿Qué es un notario?

Memoria y olvido son la cara y la cruz de la disciplina que ha acompañado al notario desde su aparición en el Antiguo Egipto y su consolidación en la Edad Media: la escritura, laboriosa siempre y frágil, protegida por el respeto que impone su condición sagrada, vulnerable a la humedad, a la carcoma, al fuego de la barbarie.

Que ciertos hechos no se olviden, que la palabra y los actos tengan su efecto, es el oficio del notario, un oficio revestido con el manto de la autoridad del Estado, una función pública en combate silencioso con la voracidad del tiempo, ese ácido disolvente que corroe palabras y gestos.

Desde sus orígenes, los actos del notario se parecen a los de la creación, porque al fin y al cabo el devenir de las sociedades es el resultado de los asuntos contenidos en el sinfín de documentos que elabora con la paciencia de los calígrafos medievales.

Aunque la primera impresión sea ésta, el notario no se ocupa solamente de los bienes materiales de una sociedad. A través de los testamentos, también trata del alma del hombre, de su visión del mundo y de Dios, de sus normas morales, del saber y la educación, de la esperanza y del arrepentimiento, incluso del gobierno bueno y justo. Así, en la segunda mitad del siglo X, en una carta testamentaria a su hijo Hisham, Al-Hakam, segundo califa de Al Andalus, escribió: "No hagas la guerra sin necesidad. Mantén la paz, por tu bienestar y el de tu pueblo. No te dejes deslumbrar por la vanidad: que tu justicia sea siempre como un lago en calma".

 

 
 

Sello sasánida

Museo Arqueológico Nacional

 

Precedentes históricos: de la Antigüedad a la Edad Media

Los notarios han sido testigos de las grandezas y las miserias de la historia desde el alba de la civilización. Las palabras demandadas por reyes, mercaderes o simples gentes de a pie corren sobre blandas tablillas de arcilla, sobre pequeños cilindros cocidos al fuego, sobre papiros y pergaminos; se modelan con el extremo agudo del junco, con plumas de ganso, cálamo, plumilla metálica, máquina de escribir... Cambian los instrumentos, los soportes. Desaparecen reinos e imperios. No las pasiones, no los callejones del alma humana, que no cambia aún cuando cambien sus hábitos y el acento de su lengua.

En los remotos días de su infancia, el Notariado es una máscara más del escriba, poseedor del arte más necesario y más valioso, porque gracias a él la memoria de la sabiduría y de la religión podía transmitirse de unas generaciones a otras. Así lo prueba la solemnidad de esas estatuas que representan al escriba egipcio, el antepasado más antiguo del notario, el cual redactaba los documentos del Estado y en ocasiones los de los simples súbditos del faraón. La posición en que se sienta para escribir, su lentitud y su pericia, son como los atributos de un acto litúrgico.

También los escribas hebreos y los singraphos griegos preparaban documentos privados. De su caligrafía recibían su luz las más diversas transacciones. Pero los antepasados directos del notario -que sucederá al antiguo escriba en plena Edad Media- son el tabulario y el tabellio romanos. Ambos nacen por decreto del emperador con la misión de archivar los documentos oficiales del Estado y los privados del ciudadano, testamentos, contratos y otros asuntos que los habitantes del imperio consideraban que debían ser guardados para que el día en que se necesitaran produjeran sus efectos. 

 

 
 

Retrato de José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca

Francisco de Goya
Museo Nacional del Prado de Madrid

 

El nacimiento del Notariado moderno: de las Siete Partidas a la Ilustración

Tantas veces idealizada, la Edad Media no sólo es una sucesión de guerras cantadas por juglares, no sólo es el tiempo de los castillos y los calígrafos que copian las palabras escritas por los sabios de la Antigüedad, de las campanas cristianas y los cuernos judíos confundiendo su llamada litúrgica con la del muecín. También es la época en que el famoso profesor y notario de Bolonia, Rolandino Passaggeri, sintetiza y difunde, a partir de mediados del siglo XIII, las bases del Notariado científico a través de la obra Summa artis notariae.

En el caso de España, ya el Fuero General de Jaca y el Fuero Real de Castilla otorgan a la carta sellada por el notario la máxima autoridad. Pero son Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio las que regulan su actuación con principios que se mantendrán firmes desde finales del siglo XIII hasta la ley de 1862. A partir de entonces, bajo el rumor de las voces, entre el laberinto de las ferias y los muros de los palacios, se escucha el más amortiguado susurro de las palabras escritas por los notarios, que se ocupan de que perduren y tengan efecto tanto los privilegios por mandato del rey como las cartas de ventas, compras y pleitos que "los homes ponen entre si".

Nada escapará entonces a la mirada del notario. Ni siquiera los conquistadores y colonizadores de América. Desde los Reyes Católicos, todas las carabelas llevan escriba, cuya misión era anotar escrupulosamente cuanto ocurría en el curso del viaje. Él describirá por menudo los descubrimientos, él verá caer los templos y dioses de Tenochtitlan y al día siguiente, con las piedras de los templos indios, verá edificar las iglesias cristianas, él guardará memoria por escrito del oro y la plata que el Nuevo Mundo enviará al Viejo. Los otros notarios, los notarios de tierra, los que nunca se hacen a la mar, jamás vivirán momentos tan gloriosos.

El siglo XVIII trajo unas reformas necesarias para reorganizar y mejorar el funcionamiento de las instituciones públicas y los oficios claves para el nuevo modelo de Estado proyectado a partir de la llegada de los Borbones a España. A pesar del corto calado de estas acciones reformistas, debido fundamentalmente a la inestabilidad política y a los escasos fondos de la Hacienda Pública, se dieron algunos pasos positivos para acabar con los problemas que afectaban a la institución notarial y que ocasionaban graves daños a la ciudadanía.

 

 
 

Acta del depósito del cuerpo de Cristóbal Colón en el Monasterio de Santa María de las Cuevas

Archivo Histórico Provincial de Sevilla

 

La reforma notarial

Siglo de contradicciones, marcado por guerras civiles y golpes de mano, el XIX es, asimismo, una centuria de despegue económico y celo legislador. Estatutos, Códigos, Constituciones, fábricas textiles, altos hornos, minas, ferrocarriles, los ensanches de las ciudades... los símbolos de la revolución liberal que conquistan Europa señalan el destino de una España aturdida por la pérdida de las colonias y el gallinero de la tertulia política.

Punto clave de las ordenaciones legislativas nacionales del Viejo Continente, en España la suerte del Notariado se consolida definitivamente con la Ley de 1862, cuya persistencia tras 150 años en activo demuestra su extraordinaria adaptación a los cambios sociales, políticos y económicos. Tres proyectos de reforma (1830, 1838 y 1859), un Real Decreto (1844) y dos proyectos de ley (1855 y 1857) dan fe de las dificultades de reorganizar y adaptar el Notariado a las circunstancias de un país que pretendía subirse al tren de la modernidad.

La Ley de 1862 dará una vuelta de tuerca a la fama que en España habían tenido los señores de pluma y sello. La preparación exigida y la relevancia de su actividad harán al notario digno no sólo de confianza sino también de respeto. Lejos quedará el mal nombre que había acompañado a la institución en los tiempos modernos, como atestigua el incisivo Pérez Galdós a través de uno de los personajes de La desheredada: "Desde Quevedo acá, se ha tenido por corriente que los escribanos sean rapaces, taimados, venales y, por añadidura, feos como demonios, zanquilargos, flacos, largos de nariz y de uñas, sucios y mal educados. Este tipo amanerado ha desaparecido, y en prueba de ello ahí tienes a mi suegro, que es honrado, franco, liberal..."

 

 
 

Primer nueva crónica y buen gobierno

Felipe Guamán Poma de Ayala
Biblioteca Nacional de España

 

La función notarial ante el siglo XXI

Reforzado su papel con la nueva Ley de 1862, los notarios fueron testigos privilegiados de la historia de nuestro país durante los siglos XIX y XX. Estuvieron en los pequeños y grandes sucesos de nuestra historia reciente y asistieron a la fundación de nuevas empresas surgidas gracias a la Revolución Industrial y a la pujanza económica y comercial de una sociedad que empezaba a asomarse a la modernidad.

Un día España salió de los acantilados del franquismo para varar en las riberas de la libertad, y el ejercicio democrático trajo consigo una verdadera revolución a la que el Notariado tampoco fue ajeno. Al consagrar los principios de libertad individual y seguridad jurídica, la Constitución de 1978 confirmó la posición del notario como pieza clave en el engranaje del Estado de Derecho. A él le ha correspondido concretar esos principios en la práctica cotidiana de su actividad como fedatario público.

Tras la integración de España en la Unión Europea, la seguridad jurídica necesaria en cualquier transacción cruzó las fronteras nacionales de forma irreversible, lo que supuso un nuevo desafío para los notarios. De ahí, las iniciativas encaminadas a armonizar los Notariados de los socios europeos inscritos en una misma tradición.

Como contrapartida, el avasallador desarrollo de la tecnología informática ha permitido al Notariado español tocar el futuro sin renunciar a sus orígenes. Si el siglo XXI arranca en las notarías con la firma electrónica y la creación de una red privada que integran los casi 3.000 notarios existentes en nuestro país, en 2004 se ha hecho realidad el documento público electrónico notarial y en 2008 el índice único informatizado, modelo europeo de referencia en la prevención del blanqueo de capitales.

 

 
 

Pedro I de Aragón concede al Monasterio de Oña la iglesia de la villa de Nuevo, en Huesca

Archivo Histórico Nacional

 

Del 11 de septiembre al 4 de noviembre de 2012 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Alcalá, 13, Madrid)
Horario: martes a sábado, de 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 horas; domingos y festivos, de 10:00 a 14:00 horas.

 

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