EL CRISTO DEL REFUGIO DE MURCIA

María del Loreto López Martínez


 

 

HISTORIA Y AUTORÍA

Desde hace años, se viene barajando la posible atribución de esta magnífica pieza al artista italiano Jacobo Torni, más conocido como Florentín o Florentino, y apodado por Vasari como L'Indaco. Los últimos estudios así lo ratifican. La actividad en Murcia de Torni -nacido en Florencia (Firenze), en el año 1476, y fallecido en la localidad alicantina de Villena, en 1526- se documenta desde 1522 a 1525.

Aunque la procedencia de esta obra se estima como desconocida, me inclino a pensar que proviene del convento de los Padres Trinitarios de Murcia, desamortizado en el XIX y de cuyos archivos desconocemos el paradero, lo cual hace más dificultosa la certificación total, así como el hecho de ciertas variaciones sufridas en la propia obra a lo largo de su historia, desde el añadido de la peluca, realizada en estopa y yesos policromados sobre un cráneo perfectamente tallado y dispuesto a recibir pelo natural -como nos han mostrado las radiografías-, a un repolicromado completo efectuado en el siglo XIX; si exceptuamos los ojos y la boca, que conservan lo que parece ser el policromado al temple original, sobre el que trabajó también ya, a mediados del siglo XX, el escultor José Sánchez Lozano, en un proceso restaurador propio de la época.

La atribución viene precedida del análisis comparativo con otras obras de la vecina Granada, atribuidas al mismo autor: el Santo Crucifijo de San Agustín; el Entierro de Cristo del Museo Provincial de Bellas Artes de Granada, que procede del Monasterio de San Jerónimo de esta ciudad, y el Cristo de las Misericordias del Convento de la Concepción, este último quizás el de mayor similitud formal.

 

 

DESCRIPCIÓN ARTÍSTICA

A pesar de las intervenciones anteriores, más o menos acertadas, es incuestionable la calidad de la escultura, principalmente por las proporciones y el buen estudio anatómico, que demuestra conocimientos por encima de la media de la época. Siempre ha sido motivo de admiración, por parte de los expertos en medicina, la disposición absolutamente natural de los pies del Crucificado, producida por el clavo que los atraviesa y que rompe los tendones extensores de los dedos, quedando el pulgar flexionado hacia abajo. Detalles como el anterior, hacen del autor un auténtico conocedor de la anatomía humana.

Técnicamente, el trabajo de la gubia es de gran precisión, lo que también se ha podido apreciar gracias al estudio radiográfico al que fue sometida la escultura en su última gran restauración, contando con una fina capa de aparejo que deja traslucir los detalles de la fina talla.

El cuerpo de Cristo destaca por su elegancia y serenidad, colocado sobre una cruz lisa y plana, muy acorde con la época de la obra aunque su factura sea relativamente reciente, apreciándose la figura en un claro plano frontal, con los brazos casi en horizontal y dispuestas las piernas también de forma frontal y paralela.

Pero es en la noble cabeza del Cristo del Refugio, inclinada a la derecha del pecho, buscando en el momento del último suspiro la mirada del espectador, donde se concentra la tensión del trágico rostro, entreabiertos los labios y los ojos, ofreciendo una mirada dulce y resignada, que concentra el ideal estético e iconográfico de la muerte redentora según la visión humanista del Renacimiento.

 

 

ESTADO DE CONSERVACIÓN

La imagen, que mide 172 x 159 x 34 cm, tuvo su primera intervención científica en 1994 por Asoart & Restauro. Desde el año 1996, la conservación anual está a cargo de la empresa murciana Asoarte, integrada por un equipo de profesionales con más de 15 años de experiencia en el mundo del arte y la restauración.

A pesar de las precauciones con que protegen y cuidan sus responsables la imagen del Santo Cristo del Refugio, la adversa climatología de la Semana Santa de los últimos años ha dejado patente su huella. Pese a la dolorosa decisión de no salir a la calle en procesión en el 2007 y la rapidez de reflejos en colocar plásticos protectores en alguna otra ocasión, las reintegraciones que se aplicaron en el momento de la restauración, siempre siguiendo las normas y, por lo tanto, de una consistencia menor que la policromía original, se habían ido perdiendo en algunos puntos o se encontraban alteradas de tono, por lo que se tuvo que proceder a su sustitución.

El besapiés que se viene celebrando desde el Viernes Santo del año 1999, como expresión de la veneración de sus numerosos fieles, está dejando también una perceptible huella en la policromía de la zona de los pies, por el inevitable desgaste que se produce en ella y que obliga a la intervención reparadora. Es difícil controlar que el arrebato de los devotos del Cristo del Refugio les lleve a rozar la superficie, pero habría que concienciar a estas personas de que no es necesario el contacto físico; en su caso, éste podría limitarse a la superficie de la cruz, y de este modo colaborarían activamente en la conservación de tan valiosa obra de arte, ya que los estragos que pueden causar con este acto podrían llegar a ser irreversibles, tal y como hemos visto en otras muchas esculturas devocionales.  El problema que puede generar la incorporación de este sentido homenaje a la imagen, es quizás el mayor peligro que actualmente corre la integridad de la misma.

En la intervención de conservación del año 2008, las sempiternas grietas de unión de los brazos al tórax nuevamente se habían dejado ver, aunque no presenten un riesgo para la integridad de la imagen, ya que el espigado interno funciona perfectamente, pero es inevitable que los movimientos propios de la madera y el hecho de ser una imagen procesional influyan en su aparición, en un lugar donde es especialmente sensible a ambas circunstancias, aunque también habían aparecido algunas otras pequeñas grietas de unión entre el añadido del cabello, compuesto de estopa y yeso, y la propia talla de la cabeza, que, de igual modo, no representan ningún peligro.

Estas patologías de escasa entidad han sido subsanadas por Asoarte, teniendo que efectuar una adecuación de la zona con el sellado de las mismas y su nueva reintegración cromática. Aprovechando todo este proceso, se realizó una suave limpieza superficial de la obra con el fin de que, una vez terminados los retoques sobre las carencias, se pudiera efectuar un barnizado protector completo de la misma.

 

 

DEVOCIÓN Y PROCESIÓN

Todas las imágenes de devoción están rodeadas de cierto halo de misterio y leyenda; sin duda, la del Cristo del Refugio es una de las más hermosas por nacer de una época cercana y, por ello, con ciertos visos de realidad. En plena contienda civil española, cuentan que hubo una tremenda tormenta sobre la ciudad de Murcia. Algunas personas residentes en las proximidades de la Parroquia de San Lorenzo Mártir -sede canónica de la Hermandad del Cristo del Refugio-, asustadas ante la virulencia de la misma, se dirigieron hasta el templo a orar para calmar su miedo, concentrándose todos en la oscuridad de la sacristía, donde, bajo los pies de un gran Crucificado, rezaron mientras la tormenta cesaba sin causar daño.

Desde entonces, este bello Cristo, al que pocos habían prestado atención por encontrarse en un lugar casi escondido, paso a denominarse el Santísimo Cristo del Refugio, y la importancia que fue adquiriendo en la devoción popular hizo que ocupase un lugar preferente dentro de la iglesia parroquial, fundándose al poco tiempo, en el año 1942, en torno a la imagen, una cofradía de marcado carácter penitencial.

Cada Jueves Santo, su estación de penitencia, conocida como la Procesión del Silencio, cuenta con catorce grupos corales distribuidos por el recorrido. La comitiva del Cristo, portado por 32 estantes, como indica su apodo, desfila en completo silencio, debiendo permanecer así el cofrade desde el instante de vestir la túnica. A su paso, se van apagando las luces de la calle.

 

Nota de La Hornacina: María del Loreto López Martínez es licenciada en Historia del Arte, máster en Restauración de Patrimonio y directora de Asoarte. Fotografías de Miguel Ángel Pomares y Asoarte.

 

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