LA ESCULTURA Y LA PINTURA DEL PERIODO
BARROCO Y ROCOCÓ EN LATINOAMÉRICA

Carlos Cid Priego


 

 

La Escultura

Aparte excepciones, las más hermosas manifestaciones escultóricas del barroco latinoamericano se encuentran en las portadas y otros ornatos arquitectónicos, donde además resultan más originales por no inspirarse en los tipos europeos y por la abundante mano de obra autóctona.

Al igual que en España, las iglesias se pueblan de imágenes de talla policromada, o bien candeleros o bastidores para vestir, con sólo las manos y la cara trabajadas. Tienen igualmente enorme importancia los retablos, que son verdaderas fachadas arquitectónicas, aún más imponentes que los construidos en la Península Ibérica. Las sillerías de coro son dignas hermanas de las españolas.

En nada se manifestó tanto la devoción latinoamericana, rayana a veces en el fanatismo, como en el culto y fabricación de este tipo de obras. Existen muchas leyendas al respecto, como la de un escultor que vio en su imaginación un Cristo en un árbol de la calle y no descansó hasta que el árbol fue talado y se lo entregaron para hacer una talla que reprodujera fielmente al Cristo visionado.

En el siglo XVII, adquirió la escultura pleno desarrollo, pasado ya el temor de los misioneros cristianos a las recaídas en el culto primitivo de los pueblos conquistados. Exceptuando las importaciones, se puede hablar ya de un bello arte típicamente latinoamericano, indio y criollo.

Hasta el siglo XVIII, casi toda la producción es anónima, pero en la citada centuria el escultor y arquitecto valenciano Manuel Tolsá (1757-1816) funda la Academia de México, donde se forman generaciones de escultores. Tolsá fue el autor de la colosal estatua de Carlos IV en el Zócalo de Ciudad de México, de 20.700 kilogramos de peso y 5 metros de altura, llamada popularmente "El Caballo de Troya".

En Guatemala hubo una excelente escuela de imagineros que exportaban al Virreinato de Nueva España (territorio que abarcó las colonias españolas en América del Norte, Centroamérica, Asia y Oceanía) figuras de 10 a 40 centímetros, fáciles de reconocer por la perfección de su estofado.

No obstante, la escultura del Virreinato de Nueva Granada (que abarcó los territorios españoles de los actuales países de Colombia, Panamá, Ecuador, Venezuela, Perú, Brasil y Guyana) fue la más famosa de la época, heredera directa de los mejores maestros andaluces. Adoptó todos sus tipos y creó otros propios, tomando algunos de los cuadros de los españoles José de Ribera y Bartolomé Esteban Murillo como fuente de inspiración. Diego de Robles y Francisco Benítez fueron dos de sus integrantes que trabajaron con gran ahínco.

En la escuela de Quito, la más selecta de todas, sobresalió el famoso Padre Carlos (de origen español, cuya actividad quiteña se halla documentada entre los años 1620 y 1660) y su discípulo José Olmos el Pampite, (hacia 1670-1730), éste último conocido por su temperamento y su trágico realismo.

Respecto a Perú, la escultura en este país tuvo menos importancia, ya que en el Imperio Inca se había apagado bastante su tradición. Por último, en cuanto al Virreinato de Buenos Aires, los artistas son todos españoles, excepto en las populares misiones guaraníes.

 

 

La Pintura

Es la más tardía de las artes latinoamericanas. En Cuba, puede decirse que no empieza hasta mediados del siglo XVIII, y los nombres importantes pertenecen casi todos al XIX.

Respecto a México, en el siglo XVII sigue la evolución española, aunque el dulce misticismo de sus artistas contrasta con el violento ascetismo de autores como José de Ribera. Al país llegan numerosos cuadros de primeras firmas españolas, así como algunos artistas que instruyen a los indígenas. Como pintor típicamente mexicano, aunque de origen sevillano, hay que citar a Sebastián López de Arteaga (1610-1656). José Juárez (hacia 1615/1620-hacia 1660/1670) fue también un maestro sobresaliente.

En la pintura mexicana del XVIII se usan colores agradables y destaca la figura de Cristóbal de Villalpando (1649-1714), discípulo del mencionado Juárez. José de Ibarra (1688-1756) fue llamado "El Murillo Mexicano", pero el mejor del Setecientos fue, sin duda, Miguel Cabrera (1695-1780), fundador de la primera academia de pintura del país. No olvidemos que la miniatura fue también muy importante en Nueva España.

En el Virreinato de Nueva Granada, la pintura rivalizó con su magnífica escultura. En ambas se adivina a veces un leve matiz oriental, traído seguramente por la nao de Acapulco, comunicación de América con Filipinas y Asia.

En Perú, la pintura tuvo más importancia que la escultura. Hubo maestros de la talla de José del Pozo (¿?-1821), hijo del pintor sevillano Pedro del Pozo, así como una floración tan rica como la Escuela de Cusco.

Por último, comentar que la pintura virreinal se consagró casi exclusivamente a los temas de inspiración religiosa y al retrato, aunque hay algunas escenas que podríamos llamar de costumbres ciudadanas, casi siempre con gran predominio de la arquitectura, por lo que hoy en día tienen gran interés documental.

 

 

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