LA DEVOCIÓN A LA DIVINA PASTORA DE CANTILLANA DURANTE
LA II REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL. LA OCULTACIÓN DE LA IMAGEN

Juan Manuel Daza Somoano y Antonio López Hernández


 

 
 

Procesión de la Divina Pastora en 1927. Foto Sánchez del Pando.

 

Han pasado casi ocho décadas, pero la historia que ahora van a leer permanece indeleble en la memoria de muchos cantillaneros, porque la vivieron en primera persona cuando eran muy niños o porque la ternura heroica de aquel gesto, de aquella contrariedad trastocada en providencial arrojo, se ha mantenido firmemente prendida en el hilo invisible pero duradero de la tradición oral: ¿qué pastoreño de Cantillana no ha oído hablar alguna vez a sus mayores del ocultamiento de la Divina Pastora durante la Guerra Civil? Pues eso es precisamente lo que se narrará en las líneas siguientes, que no pretenden en absoluto avivar viejos fuegos ni alimentar estériles controversias, sino simple y llanamente sumergirse en el bucle del relato repetido para mostrar su admiración por la valentía y fervor de unos hombres, gracias a los cuales hoy podemos seguir venerando la misma imagen a la que rezaron nuestros antepasados desde el siglo XVIII. Ésta es la historia...

Los años de la Segunda República (1931-1936) no sólo no afectaron de manera destacada al normal desarrollo de los cultos de la hermandad de la Divina Pastora -que por entonces se limitaban prácticamente a la novena de septiembre con sus respectivos rosarios públicos de gala y a la procesión en la fiesta de la Natividad de la Virgen (8 de septiembre)-, sino que no impidieron la progresiva instauración de una nueva celebración desde 1933: el besamanos anual de la Divina Pastora para el día 30 de septiembre, germen de la romería que nacería en 1952.

Durante el convulso lustro republicano, nunca se suspendió, pongamos por caso, la salida procesional de la imagen, a pesar de que en Sevilla, por ejemplo, las cofradías sufrieron en ese tiempo una penosa sequía de pasos en la calle (también en Cantillana las Semanas Santas de algunos de esos años se pasaron en blanco). Pero la proximidad de la Guerra Civil hizo que el panorama cambiara en cierto modo para la hermandad cantillanera, aunque, desde luego, no tan trágicamente como en otras corporaciones, donde ardieron las imágenes, se arruinaron los templos, se perdieron valiosísimos enseres o se sumió en el abandono y la estrechez la actividad religiosa. Veamos la evolución de los acontecimientos en Cantillana.

 

 
 

La procesión por la calle de Martín Rey. Años 30. Foto Serrano.

 

Las actitudes anticlericales se recrudecieron en los meses finales de la República, tras la victoria en las elecciones de febrero de 1936 del Frente Popular, que reemprendió la tarea reformista del primer bienio republicano. Los izquierdistas y anarquistas más exaltados, espoleados por el holgado triunfo de su opción política en las urnas, optaron por una postura revolucionaria y la quema de iglesias y conventos. Los desórdenes incontrolados, las huelgas y las luchas callejeras fueron en aumento hasta el comienzo de la Guerra Civil el 18 de julio.

En ese contexto, si bien con la guerra ya comenzada, hay que situar el saqueo de la Iglesia Parroquial de Cantillana, que se consumó la noche del 26 de julio de 1936. Varios meses antes había comenzado a gestarse la idea del sacrílego proyecto, quizás dentro de la directiva de la alianza de izquierdas, reunidos en la sede del sindicato de la CNT, en el centro de la actual plaza del Corazón de Jesús, donde hoy muchos la recuerdan como escenarios de reuniones sobre el tema.

Sabemos por testimonios orales que desde febrero del 36 se comenzó a hablar de la ejecución de un golpe revolucionario (tan de moda por estas fechas) que alterara el ánimo social del pueblo y lo encaminara a un estado más combatiente en pos de las ideologías de izquierdas. Lo cierto es que desde el principio los representantes de ese grupo no apoyaron con claridad la idea de incendiar o saquear la parroquia, proyecto que combinaron en un trágico sorteo con el de asesinar a los terratenientes locales, prendiéndoles fuego dentro de un almacén. Varias veces repitieron el sorteo y en todas ellas la suerte determinó triste ganadora a la parroquia.

No sabemos a ciencia cierta qué motivó el aplazamiento del saqueo hasta fecha tan tardía. Baste sólo recordar que el 26 de julio ya hacía 8 días que España estaba en guerra y que pocos días después, el 30 de julio, entró el ejército franquista en la localidad. Frente a esto, cabe pensar que el destrozo de la iglesia respondió a un último esfuerzo para hacerse oír y notar ante el irrefrenable avance de las filas contrarias desde la capital, dentro de lo que ya se había convertido en la locura fratricida española.

 

 
 

La Divina Pastora en su paso. Año 1935.

 

La destrucción de los tesoros artísticos de la parroquia se prolongó durante cuatro días, desde el 26 hasta el 30 de julio, fecha de entrada en la localidad de la tropa del bando nacional.

Según nos cuenta Salud Rivas, hija de Francisco Rivas, entonces sacristán de la parroquial, por la noche un grupo organizado de número no concretado pidió las llaves del templo a su padre. Tuvieron problemas con la cerradura y volvieron para que el sacristán los acompañara, se escuchó un disparo (posiblemente a la cerradura) y pensaron que su padre había muerto, pero poco después llegó a su casa sano y salvo para tranquilidad de su familia. Una vez dentro, usaron toda la noche en bajar las imágenes de sus retablos y amontonarlas en la plaza del Palacio (anexa a la parroquia), donde comenzó un gran incendio que duró hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, la fiebre iconoclasta se cebó con el retablo y camarín de la Divina Pastora. Testimonios de testigos presenciales nos narran el escalofriante momento en que derribaron a tiros el grueso cristal que separaba la nave de la iglesia del interior del camarín. Posteriormente le tocó el turno a las pinturas murales que embellecían la bóveda de la capilla pastoreña, al órgano barroco y a los ricos ornamentos de la sacristía.

Fueron cuatro jornadas de intensa labor para desmontar, descolgar, tirar, sacar, arrastrar, partir, quemar, etcétera, la masa en madera de quince retablos, más el retablo mayor, además del órgano, decenas de lienzos y tablas pintados, púlpito, ajuar litúrgico, y otros bienes con que se había ido componiendo a lo largo de la historia la importante colección artística y cultural de la parroquia cantillanera. Todo ello fue destruido en cuatro días, sincronizando en segundos los cuatro siglos que había costado levantarlo.

 

 
 

Fotografía del primer besamanos a la Divina Pastora. Año 1933.

 

Afortunadamente, la venerada y peregrina imagen de la Divina Pastora no fue pasto de las llamas aquella funesta noche, gracias a que, por decisión de la hermandad, había sido retirada de la iglesia cinco meses antes del saqueo y escondida en una casa particular cercana al templo durante una madrugada del mes de febrero de 1936, en un heroico gesto de devoción profunda y sincera.

El Libro V de Cuentas de la Hermandad de la Divina Pastora, tras el asiento de ingresos y gastos del 36, recoge una nota explicativa con que la junta de gobierno de la congregación -todavía exclusivamente femenina, como sucedía desde su fundación en 1720- quiso dejar constancia del ocultamiento de la imagen y de lo acaecido en aquellos meses. Esa narración, concisa pero cargada de información y relevancia histórica, es la única versión oficial -digámoslo así- de los hechos, es decir, la única mención que encontramos en los documentos conservados en el archivo de la hermandad. La transcribimos literalmente:

 

Referencia aclaratoria que la Hermandad de la Divina Pastora de las Almas de esta villa hace constar en este capítulo "ingresos y gastos efectuados", que fueron solamente ocasionados por la salida de la Santísima Virgen, toda vez que, dadas las luchas políticas que se desarrollaban en toda la Nación y teniéndose noticias de haberse cometido actos de verdadera impiedad, tanto en los pueblos como en las capitales, llegando incluso a quemar iglesias y destrozar imágenes, y ante el temor que esto pudiera producirse en nuestra localidad, se acordó, y encargando a personas piadosas de la custodia de nuestra Santísima Virgen, determinando estos y en un brevísimo cambio de impresiones, tomar la resolución de ir una madrugada del mes de febrero a la Iglesia Parroquial, en donde está establecida, sacándola de su camarín en unión de su fiel oveja y depositarla en una casa y en el hueco de una chimenea y que provisionalmente le sirviera de hornacina, quedando tapado hasta que las circunstancias permitieran poder presentarla nuevamente a sus devotos.

La Divina Providencia quiso que triunfase el Glorioso Movimiento Nacional por este sector andaluz y esto nos dio el gozo y la gloria de contemplarla de nuevo, siendo presentada a sus devotos, desarrollándose escenas impresionantes y desfilando todo su pueblo, sin distinción de clases ni ideas políticas, tan exacerbadas en aquellos angustiosos momentos, trasladándose provisionalmente a la Ermita de la Misericordia, ya que nuestra Iglesia fue destruida por una legión de impíos, casi todos forasteros. Pero nuestra hermandad no dejó por eso su fe y tradición y, llegado el día 8 de septiembre, su fiesta principal, acordó sacar en procesión a su Divina Pastora, que salió por la tarde y de la Iglesia, en donde fue llevado su paso y nuestra titular, bendiciéndose el sitio que ocupaba por el Sr. Cura D. Jerónimo Ramos Feria. Su recorrido fue de verdadero fervor y de penitencia, porque la tragedia que se cernía sobre nuestra Patria era desconsoladora, regresando a la Iglesia y llevada nuevamente a la Misericordia, siendo acompañada en su procesión por la Banda de Música de Villanueva Mina.

Cantillana, a 16 de septiembre de 1936. La mayordoma [firmado y rubricado] La secretaria. La tesorera [firmado y rubricado].

 

Los datos ofrecidos por el texto que acabamos de transcribir, coinciden plenamente con la versión de lo sucedido que se ha transmitido oralmente en el seno de varias familias cantillaneras. Estos relatos orales no sólo no contradicen la versión oficial, sino que aportan muchos detalles y matices que no quedaron reflejados en el acta (ni se pudo ni se quiso) y adquieren un valor añadido cuando los informantes fueron testigos de lo ocurrido.

 

 
 

Fotografía de estudio donde se observa a un joven Manuel Núñez "El Borro". La intervención de este notable pastoreño fue crucial para la salvaguarda de la imagen.

 

Para la realización del presente estudio, hemos tenido la oportunidad de entrevistarnos con Teresa y Asunción Núñez Díaz, naturales y vecinas de Cantillana, que vivieron en primera persona lo acontecido en la noche del ocultamiento de la imagen, ya que su padre, "El Borro", fue uno de los responsables de llevarlo a cabo. A partir de los abundantes pormenores ofrecidos por sus valiosos testimonios, hemos reconstruido los hechos paso a paso y a continuación exponemos el resultado, ofreciendo multitud de noticias inéditas.

Corría febrero del año 1936. La tensión política y social creada tras la victoria del Frente Popular el día 16 iba en aumento y en Cantillana comienza a extenderse el inquietante rumor de que los círculos sindicalistas cantillaneros preparaban un golpe revolucionario (vid. supra). Ante tales evidencias, las señoras que regentan la hermandad temen fundadamente por la integridad de la imagen de la Divina Pastora y deciden retirarla de la parroquia y ocultarla.

Los encargados de llevar a cabo la arriesgada tarea serían el sacristán Francisco Rivas Pérez, su hijo Cándido y el ya citado Manuel Núñez "El Borro". Éste último era un destacado pastoreño muy vinculado con la hermandad: montaba cada año el risco (ver fotografía inferior) para la celebración de la novena septembrina y tenía la responsabilidad de colocar a la Virgen en el altar de cultos y en el paso procesional; si había que trasladar a la Pastora, él era sin duda la persona más adecuada para ello.

Con la inveterada denominación "Risco de la Divina Pastora" se conoce en Cantillana el altar efímero barroco que desde el siglo XVIII se instala en el presbiterio de la parroquia para celebrar las fiestas mayores de la hermandad cada mes de septiembre. Se trata de un montaje de colosales dimensiones que simula una gran montaña, gracias al uso del corcho, los vegetales naturales autóctonos (lentisco, romero, álamos, palmas, pitas, espinos), las flores contrahechas y el lienzo paisajístico que le sirve de fondo. Aparte de la impronta bucólica afín a la advocación, esta sacra escenografía posee un vasto contenido alegórico y simbólico que redondea el mensaje teológico y mariológico que transmite la propia imagen de la Divina Pastora, y se vincula con la iconografía pastoreña primitiva ideada por Fray Isidoro de Sevilla en los momentos fundacionales de dicho título mariano. La inestabilidad política, social y económica de los años republicanos, bélicos y postbélicos no fue óbice para que el risco siguiera montándose, prácticamente sin interrupción, para solemnizar como desde tiempo inmemorial los cultos principales de la hermandad: lo atestiguan fotografías de 1930, 1935, 1938 o 1944.

 

 
 

El llamado "Risco de la Divina Pastora" en la actualidad. Foto Estudio Imagen.

 

Retomemos el relato. Manuel Núñez y Francisco Rivas se habían puesto de acuerdo para entrar en la parroquia de madrugada y llevar a la Divina Pastora desde allí hasta el domicilio de las hermanas Rivas, situado muy cerca del templo -en la actual plaza del Corazón de Jesús, nº 5-, donde la Virgen permanecería escondida a la espera de momentos mejores. Pero la operación presentaba dificultades añadidas: junto a la casa de las Rivas estaba la sede del sindicato de la CNT, desde la que los anarquistas controlaban día y noche las posibles entradas y salidas de la parroquia. Para ello, en la puerta de la CNT había permanentemente una ronda de guardia, pendiente de cualquier eventualidad que pudiera presentarse. Así que "El Borro" se vio obligado a averiguar las horas en que se producían los relevos de los turnos de vigilancia para poder sacar a la Virgen aprovechando el momento del cambio de guardia.

Dicen que estas informaciones de difícil acceso las conoció el bueno de Manuel con no poca astucia y disimulo entablando conversaciones intrascendentes con los izquierdistas en las tabernas de Cantillana hasta que estas charlas, de una cosa a otra, guiadas solapadamente por "El Borro" hacia los derroteros que le interesaban, terminaban revelando los datos que el improvisado pesquisidor necesitaba.

Es difícil no sentir un escalofrío imaginando las cábalas que aquellos hombres hubieron de hacer en el intervalo de dos o tres días -quizás menos- ante la responsabilidad que la mayordoma y sus oficialas habían depositado en ellos. Unos hombres que, según dicen, tuvieron que sobrellevar los reproches y ruegos de sus familiares, que los conminaban para no ejecutar tan peliaguda tarea o, cuanto menos, para que extremaran las precauciones, habida cuenta de los peligros a que se exponían. Pero aquello urgía y ellos, visto lo visto, estarían más que resueltos a consumarlo: toda vez que los cabos estaban atados, mirando de reojo al miedo y la inquietud que con seguridad en más de una ocasión les acelerarían el pulso, nuestros protagonistas cumplen con el encargo.

Sería aproximadamente la última semana de febrero, madrugada fría por el invierno y por el aliento húmedo y cercano del Guadalquivir, que abrazaba entonces en su antiguo cauce la loma donde se asienta la parroquia. Manuel, Francisco y Cándido accedieron al templo por la puerta de la sacristía -en la actual C/ Iglesia- y a oscuras, con tal de no ser vistos desde el sindicato. Llegaron al camarín de la Virgen, tomaron la imagen (también el Cordero) y salieron al exterior por la misma puerta, sin perder de vista la zona aledaña a la CNT, distante poco más de cien metros desde aquel punto, que presumiblemente estaría desatendida de forma momentánea por sus vigilantes. El esforzado trío aprovecharía para salir a la calle cuando se produjera el intercambio de turno, como parece que ocurrió.

Manuel llevaba la Virgen al hombro, cubierta con una chaqueta o una sábana; Francisco y Cándido irían delante, atentos a cualquier imprevisto que les impidiera alcanzar su objetivo o pusiera en peligro sus vidas. Hay quien dice que incluso tuvieron que soportar y sortear el ladrido impertinente y comprometedor de un perro que, en su deambular nocturno por las calles, se cruzó con la insólita comitiva. Sin duda aquellos escasos tres centenares de metros que tuvieron que andar les parecerían inacabables. El trayecto más corto hasta el domicilio de las hermanas Rivas era recorrer desde la puerta pública de la sacristía los, aproximadamente, cien metros de la hoy Calle Severo Ochoa, que desembocaba a aquella y unía en línea recta el templo con la referida vivienda. Pero ese itinerario los obligaba a pasar por delante de la puerta de la sede de la CNT, situado frente a la puerta principal de la casa de las Rivas, como dijimos anteriormente. Por tanto, tuvieron que dar un rodeo para evitar el arriesgado trance de cruzar ante el sindicato: una vez salieron de la parroquia por la sacristía, giraron a la derecha y siguieron por las actuales calles Iglesia, Gustavo Adolfo Bécquer y Juan Ramón Jiménez, entrando en el patio de las hermanas Rivas por el postigo trasero, que se comunicaba con la última calle citada.

Nótese, en fin, que toda aquella odisea, aparentemente tan simple, fue una auténtica temeridad. Aquellas personas se jugaron literalmente la vida; sólo existía un estrechísimo margen de maniobras, cualquier error de cálculo, cualquier contratiempo incontrolado por nimio que fuera, podría conllevar un desenlace trágico en lo material y en lo personal. Podemos asegurar, apelando al sentido común y a la lógica de las circunstancias, que Manuel y sus acompañantes tenían muy claro que sólo podían permitirse realizar la operación de entrada y salida clandestinas de la parroquia en una ocasión: una vez podía salir bien, pero dos difícilmente porque muchos eran los riesgos. Por ello tenían que elegir bien qué piezas iban a ser las elegidas para salvarse de un potencial atentado contra el templo. La primera decisión era evidente, pues la prioridad estaba en la imagen de la Virgen. Junto a ella, escogieron la imagen del Cordero Divino, siendo conscientes, por sabia intuición o por piadoso conocimiento, que aquella representación era totalmente inseparable de la mano que lo arrulla.

 

 
 

Estudio fotográfico realizado en 1929.

 

Si aquel traslado hubiera sido poco menos que un juego de niños, está claro que "El Borro" y sus colaboradores habrían entrado varias veces más en la iglesia para poner a buen recaudo otras valiosas piezas que formaban parte del conjunto escultórico de la Divina Pastora desde el siglo XVIII y que estaban íntimamente unidas a la visualidad de la imagen, pues la acompañaban en el camarín, el risco y el paso procesional. Hablamos de la imagen de San Miguel arcángel y de otras tres ovejas más, que completaban el mensaje doctrinal que transmite el propio icono mariano. Todas ellas perecieron meses más tarde en el fuego que arrasó la parroquia, aunque en los últimos años han sido reproducidas felizmente por el escultor, ceramista y proyectista cantillanero Luis López Hernández (siendo hermano mayor Antonio Castaño Villalón) y vuelven ahora a configurar junto a la Virgen el singular grupo dieciochesco que siempre veneró Cantillana.

Algún lector de este artículo, iniciado en el conocimiento de la devoción pastoreña cantillanera, quizás esté preguntándose qué ocurrió con la imagen del Divino Pastor entre tanto trasiego. Pues bien, la representación del Buen Pastor niño que actualmente acompaña a la Virgen no forma parte del grupo escultórico primitivo, sino que es un añadido de principios del siglo XX; desde entonces se colocaba en el paso para la procesión por cortesía de sus dueños, que lo cedían a la hermandad para tal fin, pero durante el año se custodiaba en el domicilio particular de la familia propietaria. Así ocurría todavía en 1936, por tanto la noche del ocultamiento la imagen del Divino Pastorcito no estaba en el camarín y no fue necesario trasladarla. Afortunadamente por la misma circunstancia no se quemó durante el saqueo de la parroquia. 

En la instantánea superior se observa completo el grupo escultórico original de la Divina Pastora, compuesto por la imagen de la Virgen, el Cordero Inmaculado que figura en su mano derecha y, a la izquierda del simulacro mariano, la imagen del arcángel San Miguel, la oveja con una patada delantera alzada, la oveja en ademán de rascarse con un pata trasera y la oveja que parece saltar en su huida del lobo y que muestra en la boca una filacteria con la leyenda Ave María.

Volvamos a retomar el relato. Llegados a la casa de las Rivas, colocaron a la Divina Pastora en el hueco de una chimenea empotrada en la pared, taparon el vano con un tabique y pusieron delante un mueble que lo cubriera por completo. Nadie supo nunca dónde estaba escondida la Virgen, a pesar de que, según afirmaba Manuel Ríos Sarmiento en su artículo "La tragedia social y la Pastora Divina" (publicado en ABC de Sevilla el 29 de octubre de 1936), los incendiarios saqueadores de la parroquia la "buscaron por las casas del pueblo y de haberla encontrado, seguramente, hubiese tenido el mismo fin que tuvieron las demás que llenaban la iglesia".

 

 
 

Estado actual de la plaza del Corazón de Jesús. Al fondo de la imagen, la casa que fue propiedad de las hermanas Rivas, en cuya chimenea estuvo escondida la Virgen. A la izquierda de la imagen y con un azulejo en el cuerpo superior de la fachada, la casa que albergaba la sede del sindicato CNT.

 

La imagen estuvo custodiada así hasta que el bando franquista tomó Cantillana el 30 de julio de 1936 bajo el mando del capitán Gonzalo Briones, militar de ascendencia cantillanera y pastoreña. El mismo día 30 la Divina Pastora fue de nuevo presentada a sus devotos y, tras el descubrimiento, colocaron a la imagen encima de una cómoda y se convocó de manera espontánea un besamanos por el que desfiló todo su pueblo y los soldados de la tropa nacional que habían intervenido en la ocupación de Cantillana.

Los cultos anuales no podían tener lugar ese año en el desmantelado templo parroquial, por lo que la Virgen fue trasladada el 31 de julio de 1936 provisionalmente a la Ermita de la Misericordia. En este templo próximo a la parroquia se ofició la novena, ubicándose la imagen, según tradición oral, bajo un dosel celeste (L.M. López Hernández, "La Parroquia Pastoreña (VII)", en Cantillana y su Pastora, nº 10 (2005), pp. 40-42). Puede causar extrañeza la premura de este traslado, que se explica, en parte, porque la casa de las Rivas presentaba el riesgo de estar hospedado en ella Luis Bueno, alto cargo de la Falange.

El anterior dato nos obliga a reinterpretar las palabras de María Sáenz de Tejada y López en una carta enviada el 22 de agosto del 36 a un familiar, que siempre se habían tomado como prueba evidente de la permanencia de la imagen en el domicilio de las Rivas hasta los últimos días de agosto:

 

Anoche también fui a verla, le puse una flor grana con florecitas amarillas en la mano, pues no tenía ninguna la Pastora. Y a la oveja le ha puesto Manolito Espinosa una banderita grana y amarilla en la boca. Está linda. Anteanoche no tenía luz la sala donde estaba la Pastora, la vimos con velas y no me resultó porque estaba expuesta que le pasara algo, y le dije a Juan que si le parecía ponerle una luz y me dijo que sí, hasta que la Virgen esté allí, y ayer se le ha puesto y está preciosa.

 

Respecto a la "sala" que menciona dicho escrito (AHDPC, Legajo 5, Documento sin clasificar), la remitente se refiere necesariamente a una de las estancias de la Ermita de la Misericordia.

Como refiere el acta, el 8 de septiembre, fiesta principal de la hermandad, la Divina Pastora fue llevada a la parroquia para que su procesión saliera desde allí. Fue la única imagen que recorrió en 1936 las calles de Cantillana. Días después, Ríos Sarmiento (en el citado artículo del diario ABC del 29/10/36) narraba cómo se desarrolló ese año la procesión de la Virgen:

 

Ha salido la Pastora de manera anormal; (...) a media tarde para poderla recoger antes de que llegasen las negruras de la noche. (...) llevaba en la mano derecha, como única alhaja, una cinta con los colores benditos de la bandera española. La Patria en las manos de la Virgen, así debió ser siempre y se hubiera evitado la tragedia. La emoción este año ha sido diferente de los años anteriores; se conmovían las personas al encontrarse sus miradas; quien no lloraba era porque ya no le quedaban lágrimas, se confundían el sentimiento de la Patria con el de la fe, y como expresión de un sentir se gritaba: ¡Viva España de la Divina Pastora! ¡Viva la Pastora Divina de España!

 

Reflejan estas palabras la amargura de una procesión atípica, ensombrecida por las circunstancias, pero también una visión parcial y quizás interesada. ¿Por qué salió la Pastora a la calle aquel año? Sería un error querer ideologizar aquel hecho o relacionarlo sólo con un inerme orgullo de autoafirmación. La Divina Pastora salió porque era necesario, porque se necesitaba, porque en 1936 la procesión se convirtió más que nunca en una plegaria teñida de emoción contenida y piedad sincera. La Divina Pastora salió el ocho de septiembre porque así lo había hecho desde tiempo inmemorial y los tiempos no iban ahora a impedirlo. Jamás se quedó sin salir la Pastora y eso, en nuestra opinión, dice mucho de la grandeza de una devoción.

 

 
 

Estado actual del hueco de chimenea que sirvió de improvisado refugio a la Divina Pastora. Ese lugar exacto, aunque de difícil acceso, se mantiene prácticamente intacto y actualmente pertenece a la vivienda de la familia Guerrero Gallardo. Desde aquí proponemos su adecentamiento y dignificación, para lo cual no vendría mal la colocación de un cuadro o azulejo que recuerde su significado como accidental camarín de la Virgen.

 

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