CRISTO RESUCITADO. NUEVA OBRA DE RAFAEL MARTÍN HERNÁNDEZ
Con información del autor (07/11/2026)
En esta obra he querido representar a Cristo Resucitado en actitud itinerante, avanzando hacia el espectador y haciendo del encuentro uno de los ejes narrativos de la composición. La figura parte de una concepción naturalista sustentada en un estudio orgánico de la anatomía, pero evitando tanto la rigidez hierática como una teatralidad excesiva. Me interesaba que el movimiento estuviera presente sin perder serenidad, de manera que la acción no rompiera la estabilidad de la imagen, sino que surgiera de ella. La expresión del rostro ocupa un lugar central dentro de este planteamiento. He buscado que transmita la serenidad y la plenitud que alcanza el alma en su encuentro definitivo con el Creador. Esta idea se relaciona con una concepción de la belleza entendida en su dimensión espiritual. La armonía y la perfección de la forma exterior no son, por tanto, un fin en sí mismas, sino un medio para hacer visible una plenitud interior. La belleza corporal adquiere así un valor trascendente, como manifestación sensible de una realidad que la supera. La gestualidad de las manos prolonga este discurso. Una de ellas se eleva, con el índice dirigido hacia lo alto, remitiendo a la unidad del Creador; la otra se abre hacia el espectador en un gesto de acogida e invitación. Me interesaba especialmente que ambas acciones -señalar e invitar- establecieran una relación directa entre Cristo y quien contempla la obra. Las llagas, como testimonios de la Pasión, vinculan esa plenitud con el sacrificio que la precede y establecen una continuidad iconográfica entre la muerte y la gloria. El programa epigráfico de la peana, formulado íntegramente en latín, completa este discurso. En su cara anterior aparece la palabra MAGISTER, con la que he querido subrayar la dimensión docente de Cristo. No solo señala u orienta, sino que enseña y revela el sentido de ese encuentro. En los laterales y en la cara posterior se desarrolla la inscripción OMNIA IN IPSO CONSTANT, tomada de la Carta de san Pablo a los Colosenses (Col 1,17). La expresión remite a Cristo como principio y fundamento de la Creación: todo ha sido creado por medio de Él y todo encuentra en Él su sustento y consistencia. Esta inscripción conecta con el sentido mereológico de unidad que recorre la obra. Me interesa entender esa unidad no como una simple homogeneidad, ni como la desaparición de las partes dentro de un todo indiferenciado, sino como una relación de interdependencia. Cada elemento -la anatomía, el rostro, las manos, las llagas o las inscripciones- participa de una estructura común y adquiere pleno sentido en relación con los demás. La unidad de la imagen procede así de la interdependencia de sus partes. Desde el punto de vista técnico, la figura mide 1,87 metros de altura y está tallada íntegramente en Cedrela odorata. Se trata de una imagen completamente anatomizada, concebida para ser revestida con indumentaria textil sin renunciar por ello a una resolución escultórica integral del cuerpo. La policromía está realizada al óleo mediante veladuras sucesivas, con el objetivo de aportar profundidad, transparencia y variedad tonal a las carnaciones. Para su presentación en la exposición Sevilla Fecit, en el Ayuntamiento de Sevilla, viste túnica de lino ceñida mediante cíngulo de yute. Esta obra se inscribe también en una línea de trabajo que vengo desarrollando desde hace años en torno a la figura humana, la anatomía y la expresión facial. Mi investigación sobre la morfología de la expresión emocional ha influido de forma directa en mi manera de abordar el rostro y el gesto escultórico, del mismo modo que el estudio anatómico condiciona la construcción del cuerpo y su movimiento. No entiendo, por tanto, investigación y creación como ámbitos separados, sino como procesos que se retroalimentan dentro de una misma práctica. En este Cristo Resucitado he intentado que forma, expresión y símbolo funcionen como partes de un mismo discurso. La Resurrección se plantea aquí no solo como un acontecimiento evangélico, sino como encuentro, plenitud y unidad; como tránsito entre la muerte y la gloria y, al mismo tiempo, cual afirmación de Cristo como maestro, principio y fundamento de toda la Creación. |
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