JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ NAVARRO (1954)

Manuel Lara Serrano


 

Sobre los inicios y antecedentes artísticos de este afamado escultor natural de Los Ramos, pedanía próxima a la capital murciana, nos resulta en extremo difíciles de abordar ya que, en su trayectoria humana e imaginera, sobreabunda el componente autodidacta que le llevará a plasmar en la plástica pasional, su particular proceso creativo. Estamos ante un escultor renovador, de signos neobarrocos, al que le gusta incidir en el tratamiento escénico, si bien, exento de la nostalgia anacrónica sustentada en la estela salzillesca, hecho que le permite incluir su nombre en la actual nómina de imagineros renovadores de la tradición pasional murciana, sin renunciar con ello al clasicismo de raíz mediterránea y asimilar con particular impronta cuanto concierne al arte sacro, como potencialidad inscrita en la colectiva sensibilidad contemporánea.

Sin maestro, escuela o academia reconocidos en su breve e intenso aprendizaje juvenil, sus primeros años en el controvertido oficio de la gubia transcurrieron entre el dibujo y el modelado con proyección belenística, previos al abordaje de la talla en madera. Hernández Navarro forjó su personalidad artística al superar la oposición familiar. Volcado hacia el arte imaginero, tuvo en buena parte que aprender el oficio casi de "pellizco", si bien se granjeó con prontitud el apoyo y respaldo de sus próximos y vecinos. Frecuentes fueron en su inquieta actitud juvenil hacia el aprendizaje de la talla en madera policromada, sus visitas a talleres como los regentados por José Sánchez Lozano o Elisa Séiquer, junto al conocimiento de la obra pasional resuelta por los destacados escultores murcianos Lozano Roca y Juan González Moreno. Admirada gratitud profesó a Francisco Moreno Galiana, operario especializado en la técnica de los moldes, enlienzado, vaciado y sacado de puntos, aspectos que le servirán para afianzarse en el inicial proceso escultórico, junto a la imprimación del aparejo en el proceso plasmado para su primer proyecto de envergadura asumido en 1982, por encargo de la cofradía de la capital murciana de El Perdón, en su grupo pasional "Coronación de Espinas" ubicado en la parroquia de San Antolín.

Previa a su definitiva dedicación por la imaginería sacro-procesinal, esta fase representó su consolidación como artista de principios estéticos, donde irá configurando un novedoso canon de belleza inscrito en la cultura y lenguaje neobarrocos. Su vinculación a la huerta murciana le identificó con su tierra, en apreciable contraste respecto a las pautas marcadas en las tradicionales escuelas escultóricas, como la castellana o la andaluza. Durante la década de los 80, fueron numerosos los encargos pasionales que se fueron gestando en el taller de Los Ramos, con destino a diversas localidades murcianas como Alquerías, Archena, Jumilla, Cartagena o Beniel, ampliadas durante la siguiente a Mula o Totana, sin olvidar los grupos alicantinos para Elche o Callosa de Segura, hasta embarcarse, como reconoce el propio Hernández Navarro, en el mayor de los retos asumidos al tallar el solitario "Cristo del Despojo", encargo efectuado en 1993 por la cofradía homónima vallisoletana para celebrar el cincuentenario fundacional. Dicha imagen cristífera se inscribe procesionalmente entre los colosales conjuntos tallados por los Juni, Rincón, Fernández, Avila, Tudanca y un largo etcétera de consumados artífices de la gubia barroca.

Al realizar un detenido análisis de la obra y un buen hacer de imaginero Hernández Navarro, se advierte su plena dedicación por la imaginería religiosa, asumida en los últimos encargos realizados para Murcia, Cuenca o Hellín (Albacete), conjuntos escénicos de varias figuras que contrastan con la excesiva proliferación de imágenes marianas o cristíferas, al transformar la talla única en composición lígnea de misterio, tan necesitada al actual proceso renovador de la imaginería contemporánea, circunscrita a la tradicional divulgación en la propagación del mensaje escultórico-catequético. Inscribiéndose estilísticamente en el naturalismo plasmado por la actitud y rostro de sus cristos, inscritos en el barroquismo de conjunto, dulcificados por el suave modelado y el efectismo compositivo, que permiten una visualización multióptica, potenciando el diálogo escénico entre la imagen y el espectador. Estamos, por tanto, ante un escultor que en breve tiempo, ha llegado a ser uno de los más cualificados de la región murciana, hecho que podríamos hacer extensivo a toda la geografía nacional. Que asume y emprende con augurio superador un más que prometedor futuro, a la vista de su sólido presente, aunando en su persona honradez y buen hacer, cualidades ambas propias de un artista que afianza sus raíces en el huidizo siglo XX y las proyecta sin rémora hacia el próximo, habiendo sido capaz de reinterpretar las formas tradicionales, alcanzando un equilibrio y acierto expresivo en sus composiciones procesionales en grácil profecía hacia nuevos tiempos cofradieros.

 

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