LAS GLORIAS DE MURILLO (XX)
RESURRECCIÓN DE CRISTO

Sergio Cabaco y Jesús Abades


 

 

En España, al igual que en otros países europeos, durante el siglo XVII funcionaron varias academias particulares en Madrid, Sevilla, Valencia y Barcelona. Todas ellas eran a imitación de las academias italianas del Renacimiento. La más célebre de todas fue la de Murillo en Sevilla. En el siglo XVIII, con el cambio de mentalidad por parte, del poder, la idea de una Academia de Bellas Artes estaba abocada al éxito.

Un primer intento fue la que, en 1726, se propuso fundar el pintor Francisco Antonio Meléndez. Sin embargo, no fue hasta 1744 cuando tuvo lugar la fundación, siendo su principal promotor el escultor genovés Giovanni Domenico Olivieri que dirigía el taller de escultura del Palacio Real Nuevo, edificio que se levantaba, con planos de Filippo Juvarra, sobre el solar del desaparecido Alcázar de Madrid, destruido por un incendio en 1734. Olivieri había abierto en sus habitaciones una academia en donde muchos jóvenes estudiaban el dibujo, a la vez que allí se reunían otros artistas para debatir sobre su actividad. Sus primeros estatutos fueron aprobados en 1747, aunque no fue hasta 1752 cuando, bajo el patrocinio de Fernando VI, tuvo lugar su inauguración en el gran salón de la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. Por aquel entonces se llamaba Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Fernando. Fue en la I República cuando pasaría a llamarse Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta que en la restauración alfonsina recuperó su carácter de Real Academia.

A lo largo de los años, la Academia fue atesorando un magnífico conjunto de pintura española del Siglo de Oro, en el que se encuentran obras de Ribera, Murillo, Alonso Cano y Zurbarán. Las piezas de Murillo son una Magdalena de sus primeros años, la Resurrección de Cristo, y dos obras pertenecientes a la serie creada para el claustro chico del convento de San Francisco en Sevilla, el primer encargo importante en la carrera de Murillo: San Francisco en Éxtasis y San Diego de Alcalá y los pobres.

Nos vamos a detener hoy en la Resurrección, en la que el esbelto cuerpo desnudo de Cristo, alejado del habitual modelo sevillano, está considerado no solo como uno de los mejores estudios anatómicos en la trayectoria de Murillo, sino como uno de los más bellos de la pintura española. La escena, de factura suelta, queda envuelta en una luz dorada que destaca sobre un fondo más oscuro y sobre el tratamiento casi tenebrista de los soldados dormidos en primer término. En esta representación de la soldadesca, Murillo sigue la recomendación del pintor y tratadista Francisco Pacheco de atenerse a las directrices de decoro impuestas por la Iglesia, corrigiendo la costumbre de representarlos despiertos, que respondía simplemente a un recurso compositivo.

El cuadro estaba en la capilla de la Expiación del convento de la Merced de Sevilla -también había en la misma otro lienzo de Murillo que representaba a Jesús Nazareno, hoy en paradero desconocido- hasta que fue sustraído en 1810, inventariándose en el Alcázar sevillano con el número 291. Fue llevado a París por el mariscal Soult, en 1811, hasta que en 1813 ó 1814 regresó a España, pasando a formar parte de los fondos de la Real Academia.

 

FUENTES

AA.VV. Guía del Museo de la Real Academia de San Fernando de Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, 2012, pp. 10, 14 y 121.

FERNÁNDEZ LÓPEZ, José. Programas iconográficos de la pintura barroca sevillana del siglo XVII, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2002, p. 289.

 

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