DOLOROSAS EN BLANCO Y NEGRO - GRANADA

Mariano Sánchez Pantoja


 

     
     

Al poco tiempo de fundarse la cofradía granadina de la Oración de Cristo, sus hermanos recibían la invitación, de manos de la Comunidad de Religiosas de la Encomienda de Santiago de la Espada, de aceptar como titular mariana una antigua Dolorosa venerada en el interior de la clausura conventual, sustituyendo a la que gubió por encargo de la hermandad el escultor e imaginero granadino Domingo Sánchez Mesa en 1943, la cual pasó a ocupar el sitio dejado por esta antigua Dolorosa de busto. Sesenta años después de su puesta al culto público, la actual Virgen de la Amargura se ha convertido en una de las más queridas por los cofrades granadinos, tanto por sus cualidades artísticas, como por el celo de sus hermanos a la hora de presentarla a los fieles de la forma más cuidada posible.

Estamos ante una de las dolorosas de vestir que mejor ejemplifican el mérito de la escuela granadina del barroco. De tamaño natural, un leve giro axial en su cabeza hacia su lado derecho naturaliza el dolor sosegado que transmite. Obra de candelero, dispuesta para ser vestida en una línea sobria y sin concesiones a las inventivas, posee un juego de manos contemporáneo, plástico y dinámico, que las hace estar tendidas en actitud oferente hacia los devotos. Trabajada en madera de pino ibérico, posee la mirada baja, escondida en unas órbitas oculares almendradas y sugerentes. Los labios, cerrados y de escueta carnosidad, están bien dibujados con perfiles femeninos y delicados que refuerzan nuestra opinión sobre el interés puesto en su estudiado trabajo de gubia, sin confiar a la improvisación.

El leve arqueo serpenteante de las cejas y la suave contrición del ceño nos llevan a pensar en una autoría de peso, en una Virgen que salió de las manos de un experimentado creador. A esto habría que añadir el respeto a la manera de policromar, concentrado las coloraciones de la mascarilla a la manera fiel de la escuela barroca granadina, pues la carnación, al servicio de la escultura, consigue resaltar los volúmenes y definir los rasgos. La terminación al óleo aplica unos tomo semibrillantes, dependiendo de la zona que quiera resaltarse. Los pómulos y la zona de los párpados se colorean nacaradamente, dejando las mejillas acrisoladas y pálidas, dotando a la imagen de una gran fuerza expresiva a la hora de representar su angustia por la Pasión del Hijo.

Si bien es cierto que, en ningún momento, el soporte ha sido intervenido, creemos que el sustrato pictórico en poco ha variado respecto del original; si acaso, alguna limpieza que ocultara aditamentos del siglo XX. Pese a ser muy frecuente en este tipo de piezas las intervenciones con el fin de adaptarlas al gusto sevillano, siguiendo una moda que pervierte el sentido creativo del conjunto, la Virgen de la Amargura, al igual que otras dolorosas granadinas de vestir (Esperanza, Soledad de San Jerónimo, Amor de Ferroviarios), ha tenido la suerte de no verse envuelta en discutibles retoques.

Sujeta al canon clásico de Policleto, el candelero troncopiramidal ofrece un talle medido sobre una insinuada forma de guardainfante de poca pronunciación. Recuerda el modelo del taller de José de Mora, hijo del también escultor Bernardo y sobrino de Pedro de Mena, y el más sobresaliente imaginero español de finales del siglo XVII y todo el primer cuarto de la siguiente centuria. Puede entroncarse con su homónima de la vecina Jaén, atribuida al mismo autor. La jiennense ofrece un dolor más lacerante, mientras que el de la granadina es más íntimo, comedido y reflexivo.

Nació José de Mora en 1642, y antes de que entrara la década de los 80 del siglo, era ya un reconocido creador de geniales obras como la Virgen de los Dolores de la comunidad del Oratorio de San Felipe Neri, hoy titular de la Cofradía del Santo Sepulcro que recibe culto en la iglesia granadina de Santa Ana. Poco después, entrega para los monjes de San Francisco Caracciolo de San Gregorio Bético, uno de los mejores Crucificados de la imaginería barroca universal: el Señor de la Misericordia. En 1679, la fama y méritos de Mora son tales, que es escogido por Carlos II como escultor de la cámara real.

Mora crea en torno suyo todo un séquito de discípulos, imitadores, seguidores y seducidos artistas que reproducen sus modelos, los más aplaudidos del momento. Con tan sugerente maestro, se forman su hermano Diego, José Risueño, Torcuato Ruiz del Peral, y embebidos por su estela e influjo, Vera Moreno, Malo de Molina y toda la pléyade de escultores dieciochescos del oriente andaluz. Incluso el mencionado Sánchez Mesa, ya en el siglo XX, estará imbuido del estilo del bastetano.

Con ello queremos abrir dos reflexiones: la primera es la indiscutible huella de Mora en la Virgen de la Amargura, manifiesta en el arqueo de sus cejas, las mejillas, la nariz aguileña de finas aletas, el buen y comedido dibujo de labios o el trabajo en los pómulos. Para las fechas de su ejecución, que no llevamos más allá de 1725, el maestro tiene uno de los más prestigiosos talleres españoles de escultura, con un círculo de valiosos colaboradores y un sinfín de encargos de provechosa economía y respeto. En esas fechas, las Comendadoras no atraviesan su mejor momento, que les llega algo después, cuando, ya muerto el mayor de los Mora, se remoza el edificio, se traza nueva Iglesia por Sabatini y se estrena el nuevo retablo mayor, de mediados del siglo XVIII. Por esta época, ya fallecido Mora (murió en el año 1724), es cuando el aparato didáctico-artístico de las religiosas de Santiago se enriquece con obras de Vera Moreno, seguidores de Mora, Felipe G. Santisteban, etcétera.

Todo ello nos hace pensar si el busto de esta Dolorosa no se recibe a la muerte del maestro por uno de sus fieles seguidores, justo cuando mayor pujanza económica denotan las religiosas. También cabe la hipótesis, más dada a la inventiva, de que se trate de una donación por un ingreso de una novicia o de alguien cercano al convento realejeño que dejara la pieza, hecha años antes, en tan buenas manos. Además, caso de tratarse de una obra arribada a la clausura de Comendadoras en vida de Mora, nos atrevemos a pensar que, dado la enorme solvencia y elevado rédito del escultor, no fuera nada lógico encargarle una obra de su hechura personal, y mucho menos que se prestara a labrar con tanto esmero y atención una dolorosa que dormiría siglos en una clausura, apartada de la pública contemplación, para lo que haría algo más fácil y de menor altura artística.

Claro que uno de sus discípulos, bajo directrices del maestro, siguiendo alguno de sus modelos ya preestablecidos, e imitando en todo su técnica y proceso creativo, no tendría reparos en tallar y policromar una imagen como la que nos ocupa, a sabiendas que no era su fama la del consagrado artista que dirigía el taller. De ahí que nos inclinemos más por la teoría de que el autor fue un imaginero ligado a José de Mora, y muy capaz, visto el resultado obtenido. En todo caso, no debemos caer en el error, frecuente en el siglo XIX y gran parte del XX, de pensar que sin una firma de prestigio, la obra religiosa carece del mismo.

En conclusión, la Virgen de la Amargura de Granada es una creación poderosamente relacionada con el quehacer estético del escultor e imaginero granadino José de Mora, que con muchas dudas pudiera ser él su autor, pero sin duda alguien que bebe en su obra para sus propias creaciones, y que está dotada de una de las más altas calidades de las vírgenes pasionistas del Oriente Andaluz.

En este año de 2009 se le han repuesto sus manos unidas y entrelazadas originales, procediéndose por un técnico restaurador cualificado a limpiar la policromía del rostro que estaba afectado de suciedad, y, así mismo, reponiéndose las siete lágrimas que originariamente llevaba.

 

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