ARTE Y TRANSFORMACIONES SOCIALES EN ESPAÑA (1885-1910)

09/06/2024


 

 

Presentación

Hasta el próximo 22 de septiembre de 2024, todas las salas de exposiciones temporales del Museo Nacional del Prado de Madrid albergan la exposición Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910), que cuenta con el patrocinio exclusivo de la Fundación BBVA. Esta muestra es una oportunidad única para aproximarse a las interpretaciones de los artistas de la profunda transformación social experimentada en España entre 1885 y 1910. Después de una larga época de predominio de la pintura de historia como inspiración principal, será la temática de contenido social la que analiza los cambios que tuvieron lugar en España en este periodo.

La diversidad de técnicas y registros creativos en las casi 300 obras -muchas de ellas antes no expuestas- que componen la exposición permite mostrar la gran variedad de respuestas de los artistas al reto de representar las transformaciones de la sociedad de su tiempo en aspectos hasta entonces apenas tratados como el trabajo industrial y el de la mujer, la educación, la enfermedad y la medicina, los accidentes laborales, la prostitución, la emigración, la pobreza y la marginación étnica y social, el colonialismo, las huelgas, el anarquismo y las reivindicaciones obreras.

Aunque el origen de este proyecto expositivo está en la relevancia de las colecciones de pintura social del Prado, reflejo de la producción vinculada a las diversas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, gracias a la generosidad de casi un centenar de prestadores públicos y privados, el visitante podrá admirar obras destacadas de Regoyos, Sorolla, Nonell, Gargallo, Picasso, Gris y Solana, entre otros artistas.

Se trata de una exposición, comisariada por Javier Barón, jefe de Conservación del Área de Pintura del Siglo XIX del Museo Nacional del Prado, que brinda al visitante la oportunidad de aproximarse a un fenómeno, el del arte social, relativamente breve en el tiempo, apenas veinticinco años en el quicio de los siglos XIX al XX, pero repleto de alicientes.

 

 

Introducción

A partir de 1885, España experimentó cambios sociales importantes que se reflejaron en las diferentes manifestaciones artísticas. Los temas se ampliaron para integrar todos los aspectos de la vida. Algunos, como el trabajo en las fábricas, la enfermedad, la marginación social, la prostitución y las luchas sociales, habían sido antes poco frecuentes. Todos aparecieron con una objetividad nueva, según un naturalismo que en la pintura competía con la fotografía, la cual abordó, con una veracidad mayor, los mismos motivos, como también hizo el cine tras su invención en 1895.

La pintura social, igual que la escultura, tuvo una preeminencia similar a la que había ostentado la pintura de historia; muchas obras obtuvieron premios en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y fueron adquiridas por el Estado. Dos de ellas, debidas a Luis Jiménez Aranda y a Joaquín Sorolla, incluso recibieron la distinción máxima en las Exposiciones Universales de París de 1889 y 1900, respectivamente.

Al tiempo aparecieron nuevas opciones de índole más expresiva que trataron estos asuntos con un talante crítico en obras de menor formato, a menudo sobre papel. Darío de Regoyos inauguró una tendencia continuada por Ignacio Zuloaga y José Gutiérrez Solana. Otros artistas renovadores, como Isidre Nonell, Pablo Gargallo, Pablo Picasso y Juan Gris, transformaron definitivamente la aproximación a los temas sociales.

 

 

Campo, mar e industria

La agricultura y la ganadería continuaron siendo en este periodo la principal fuente de riqueza y supusieron la mayor ocupación laboral. Como tema artístico contaban con una larga tradición representativa. Pintores y escultores trataron de separarse del costumbrismo anterior recurriendo a grandes formatos y a un estilo naturalista muy preciso, que ya habían difundido algunos artistas franceses como Jules Breton (todavía en el realismo), Jules Bastien-Lepage y Léon Lhermitte. Los temas agrícolas fueron abordados en España como amplias escenas con figuras de tamaño natural, a veces ordenadas en trípticos, como en la obra de Enrique Martínez Cubells. El esfuerzo compartido por hombres y mujeres presentaba un aspecto de dignidad a veces ligeramente idealizada. Sorolla dio un paso más allá en su búsqueda de una veracidad mayor a través de una ejecución muy desenvuelta. Regoyos rompió por completo con ambas orientaciones y puso de manifiesto, con una simplificación expresiva antinaturalista, el lado más sombrío de la realidad española.

En la obra de numerosos artistas, los peligros propios de las faenas de la pesca y la navegación añadieron dramatismo a las representaciones de estos asuntos. Esto propició una visión de cierto artificio con la que rompió Joaquín Sorolla, que prefirió pintar las faenas diarias con un naturalismo basado en el conocimiento de los trabajos y de los modelos, elegidos entre los pescadores y observados directamente. Su técnica, de pinceladas amplias y ejecución rápida, le permitió captar un asunto esencialmente dinámico y cambiante en el que la atmósfera era fundamental. Otros artistas prefirieron basarse en el estudio de los tipos marineros; así, Mateo Inurria, dio un sentido más sintético a su obra y Adolfo Guiard mostró la influencia de artistas franceses como Degas, derivada de su temprana estancia en París. La obra de Nicanor Piñole supone el abandono de la captación naturalista del ambiente en favor de una propuesta más simplificada, concentrada en el carácter y en la estática monumentalidad de los tipos sobre el paisaje urbano del muelle.

La industria creció en España durante este periodo, de modo que aumentó el empleo obrero. Este incluía a mujeres y niños, con salarios mucho más bajos que los de los hombres. Algunos artistas, como Santiago Rusiñol, ofrecieron ejemplos tempranos del trabajo infantil en industrias textiles y forjas. Los asuntos de actividades laborales en talleres y fábricas llevaron a los artistas al estudio de sus interiores. Influidos por la fotografía, captaron la amplitud del espacio recurriendo a composiciones oblicuas que acentuaban la profundidad y daban un sentido dramático a la composición. La precisión en la representación de la maquinaria y de las herramientas resaltaba la veracidad de esos trabajos, que antes no habían sido abordados de ese modo. Las figuras de los operarios asumían un aspecto heroico. Frente a esto, artistas como Darío de Regoyos muestran una visión postimpresionista en composiciones sencillas y frontales, con un colorido vivo y una pincelada directa. También en la obra de Pablo Gargallo se observa una simplificación estética que anticipa una nueva orientación en la escultura. 

 

 

El trabajo de la mujer

Los artistas representaron la creciente incorporación femenina al mundo laboral. Aunque no se ocupaban de los trabajos más duros y peligrosos, las mujeres habían colaborado siempre en las faenas de campesinos y pescadores. Así las pintó Laureà Barrau, en su tarea de escardar. Solo desde 1900 decreció su empleo en el sector primario, consecuencia de su paulatina incorporación al trabajo en las artesanías, como ejemplifica "Las doradoras", de Manuel Cusí, y en la industria. En este último ámbito, la Comisión de Reformas Sociales desaconsejó en 1883 la actividad femenina en los trabajos más pesados. Sin embargo, la realidad contradecía ese propósito y no solo las mujeres, sino también las niñas, se ocuparon, como reflejó Joan Planella, en las industrias textiles, entre otras. Otros trabajos penosos, como la sirga, fueron también realizados por mujeres, según atestigua el cuadro de Anselmo Guinea. Tras una estancia en París, en este pintor se advierte la influencia francesa, visible, de otro modo más moderno, en la pescadora de Juli González.

Las ocupaciones tradicionales de la mujer dieron origen a una amplia producción de litografías y aguafuertes, a menudo con una orientación social que excedía la mera representación de esos oficios. Es el caso del aguafuerte de Joaquim Sunyer, que trata el tema de la lavandera urbana, con una tradición muy marcada, en este sentido, desde Honoré Daumier. Con un carácter casi etnográfico, las recogedoras de algas de Tomás Campuzano, perteneciente a la serie de aguafuertes "Estampas del Cantábrico", y las sardineras de Regoyos, litografía del conjunto de su "Álbum vasco", representan sendas aproximaciones, naturalista la primera y de gran originalidad la segunda, a trabajos femeninos seculares. Estos fueron representados por la fotografía con toda precisión en motivos de lavanderas, costureras y modistas, captándose incluso el movimiento en obras como los "Campesinos asturianos" del Museo Sorolla. Además, la participación femenina en el trabajo industrial aparece muy bien documentada en las fotografías de Julio Peinado en Gijón, así como en la de Francisco Hernández-Rubio en Santander.

 

 

Religión

La Constitución de 1876 estableció la religión católica como la oficial del Estado. La Iglesia, apoyada por Antonio Cánovas del Castillo, influyó poderosamente en todas las capas de la población a pesar del paulatino desarrollo de un pensamiento laico, base del regeneracionismo. Los ritos de los sacramentos ("Examen de conciencia" de Ramon Casas), las obras de misericordia y la sanación ("Salus Infirmorum" de Luis Menéndez Pidal), las procesiones de Semana Santa (Darío de Regoyos y José Gutiérrez Solana) y las ofrendas de exvotos ("La promesa. Asturias" de Ventura Álvarez Sala) fueron temas frecuentes entre los artistas. Entre ellos hay que distinguir la vertiente conservadora, representada por Luis Menéndez Pidal, de la crítica, patente en las obras de Regoyos y Gutiérrez Solana, para quienes la religión era indisociable de la España más arcaica y opuesta, literalmente, al progreso (según se ve en "Viernes Santo en Castilla", del primero). Particular interés tiene "La catedral de los pobres" de Joaquim Mir, que muestra la excepcionalidad de la construcción del más importante templo religioso del periodo, la Sagrada Familia de Barcelona.

A pesar de los avances del laicismo, la religiosidad de la población española mantuvo su presencia en todas las esferas. La Iglesia se encargaba de dirigir la labor educativa o asistencial realizada por algunas órdenes religiosas y de colaborar con las autoridades civiles en numerosos actos, como las inauguraciones de vías férreas. Viceversa, la mayor parte de las ceremonias religiosas, como misas y procesiones, eran verdaderos lugares de encuentro social, lo que reflejaron con pormenor numerosas fotografías. Algunas de ellas, como la de José Ortiz Echagüe, revelan en su orientación pictorialista la ascendencia de este otro arte. Por el contrario, las procesiones sevillanas fotografiadas por Juan Barrera, pudieron servir como referencia para los pintores.

Las posibilidades expresivas que ofrecían las técnicas gráficas, tanto dibujos, pasteles y acuarelas como aguafuertes, las convirtieron en cauces apropiados para mostrar los aspectos más arcaicos, opresores o caricaturescos de las prácticas religiosas, según muestran las obras de Darío de Regoyos, Evaristo Valle y Ricardo Baroja. 

 

 

Accidentes laborales, enfermedad y medicina

La insuficiente protección de los trabajadores hacía frecuentes los accidentes laborales en las tareas tradicionales, como la pesca en "¡Aún dicen que el pescado es caro!" de Sorolla, y también en los nuevos trabajos de obras públicas motivados por la expansión de la construcción, caso de "Una desgracia", de José Jiménez Aranda.

Frente al dramatismo de los escasos ejemplos anteriores se impuso un sentido de objetividad que, en la última de las obras citadas, llegaba a sustraer la representación del herido para atender a las diferentes reacciones de los transeúntes y al espacio urbano en el que había ocurrido el suceso.

Los accidentes no tuvieron una adecuada cobertura hasta que, en el año 1900, se estableció la responsabilidad del patrono y el derecho a indemnización del obrero. Poco después, la Diputación de Vizcaya organizó un concurso sobre el tema en el que destacó la obra de Aurelio Arteta, "Un accidente", realizada en una clave heroica de la épica del trabajo, frecuente en la literatura de la época.

Los avances de la medicina favorecieron la mejora de las condiciones de vida y disminuyeron la mortalidad a través de la regularización de prácticas como la vacunación, según plasmó Vicente Borrás Abella, y de las normas higiénicas en las clínicas. "La sala del hospital durante la visita del médico en jefe" de Luis Jiménez Aranda, inició el auge de la pintura social y de los asuntos de hospitales, tratados por Enrique Paternina y Picasso, así como de las morgues, que lo fueron por Enrique Simonet. La figura del médico (como el doctor Simarro en "Una investigación" de Sorolla) se convirtió, en la literatura y el arte, en un ejemplo ético frente a la ignorancia y los abusos de la clase dominante.

La enfermedad protagonizó muchas obras (como la de Santiago Rusiñol) y también la convalecencia, así como los trastornos psíquicos, abordados por artistas como José Jiménez Aranda. En la escultura titulada "Los degenerados", Carles Mani representó, con un grado de expresión muy acentuado, a dos enfermos a la luz de las teorías de la herencia de los vicios entonces en boga.

 

 

Prostitución

Este tema, predilecto de los novelistas, fue muy frecuentado por los pintores. Se asoció a la representación de la injusticia social y la explotación, como en Joaquín Sorolla y Antonio Fillol y, después, al hastío y al desgarro vital de las prostitutas, como en Gonzalo Bilbao, Ignacio Zuloaga y Julio Romero de Torres, que trataron de superar, con una expresión más intensa, el naturalismo de los anteriores.

Los artistas más renovadores, que trabajaron en París, como Hermen Anglada-Camarasa y Pablo Picasso, abordaron la prostitución a través de escenas más urbanas, tanto en la calle como en los cafés y en los espectáculos de cabarés. En el espacio restringido del burdel y también en el espacio público, disfrazada como diversión, la prostitución se toleraba, pues su erradicación se creía imposible, pero su consideración social era totalmente negativa.

Dentro de la prostitución fueron relativamente frecuentes tipos marginales y de etnias diferentes a la europea, como la mujer que protagoniza la obra de Anglada-Camarasa.

 

 

Emigración, colonialismo, pobreza y marginación

En la última década del siglo XIX se trasladaron desde la península a América, principalmente a Cuba y Argentina, hasta 400.000 españoles. El nuevo acercamiento de los pintores a este asunto se produjo en cuadros de grandes dimensiones, provistos de figuras monumentales.

Era frecuente la elección del motivo del embarque de los emigrantes, también reflejado en las fotografías, pues este momento condensaba la tristeza por la despedida de sus familiares y la incertidumbre por el futuro. La presencia de las lanchas y transbordadores junto a los grandes vapores transatlánticos indicaba con veracidad el inicio del periplo. Las fichas de control de los emigrantes, con su identificación fotográfica, reflejan su primera realidad en el país de arribada. La figura del indiano y las de los repatriados tras el Desastre de 1898 captaron también la atención de los artistas. Junto a esta realidad, también el éxodo del campo a la ciudad en busca de trabajo suscitó un desarraigo y un cambio radical de vida. En este caso el medio de transporte utilizado era el ferrocarril, que unía las principales ciudades españolas.

Una de las consecuencias de la rápida transformación social obrada por la industrialización fue la aparición de zonas suburbanas de pobreza. Aunque se pusieron en marcha iniciativas de beneficencia y protección social, resultaron insuficientes. El paro obrero, la muerte del cabeza de familia, el alcoholismo y la enfermedad conducían enseguida a la miseria. Los artistas representaron los sucesivos episodios de este proceso: la orfandad, los empeños, los desahucios y la depauperación.

Las enfermedades congénitas, vinculadas por el pensamiento degeneracionista de la época a las lacras hereditarias, dieron origen a obras relevantes. Entre ellas están las de Sorolla y Gutiérrez Solana, esta una respuesta a aquella en clave distinta.

Considerada con fascinación durante el periodo romántico, la etnia gitana suscitó un gran interés entre los artistas de las últimas décadas del siglo XIX. La mayoría puso de manifiesto el particular exotismo de sus tipos, pero Isidre Nonell se concentró en su miseria. En los territorios de ultramar, algunos como el filipino Domingo Teotico trataron la marginación de las etnias locales. 

 

 

Educación, huelgas y transformaciones sociales

Hacia 1885 un 71 % de la población española era analfabeta. La Constitución de 1876 había dispuesto que la enseñanza se basara en la doctrina católica y la cobertura pedagógica del Estado resultaba insuficiente. La Iglesia asumió la tarea en gran parte, a través de numerosas fundaciones religiosas. Se ocupó también, gracias a la iniciativa de algunos clérigos, de atender a los huérfanos. Aunque los niños aprendían jugando, según se ve en la obra de José Jiménez Aranda, y en contacto con la naturaleza, como preconizaba la Institución Libre de Enseñanza, la educación era esencialmente memorística, según reflejó Ignacio Pinazo. La mujer recibió también una formación, pero limitada, aun en el campo del arte. Una parte de la educación primaria, sobre todo en Andalucía, estuvo en manos de las tradicionales escuelas "de amiga", que permitían a las mujeres que trabajaban dejar allí a sus hijos. Así se ve en las pinturas de Domingo Muñoz y Julio Romero de Torres, esta con una orientación nueva.

La progresiva organización de la clase obrera para defender sus derechos laborales suscitó huelgas importantes en las áreas más industrializadas del país. Fueron motivo de obras debidas a Vicente Cutanda y a José Uría, que, como los pintores de otros países, pusieron el énfasis en el radicalismo de los conflictos y en la épica heroica del trabajador. Por ello, la represión y la muerte aparecían como posibles resultados de las huelgas. Al dramatismo de lo representado contribuía la ambientación en los propios espacios de talleres y fábricas, estudiados con objetividad por los artistas para dar veracidad a sus escenas. Otros pintores, como Lluís Graner, trataron las reuniones clandestinas y, como Antonio Fillol, los enfrentamientos con las fuerzas del orden público.

Entre los movimientos sociales, el anarquismo despertó preocupación e interés por la virulencia de sus atentados y por el alcance de las ideas que lo inspiraban, bien acogidas por algunos intelectuales y artistas. A menudo, sin embargo, se puso de manifiesto la condena de esta ideología por sus propósitos subversivos.

 

 

La muerte

Tema capital de la pintura española y de los movimientos anteriores del siglo XIX, la muerte apareció en las imágenes de este periodo con una emoción mucho más contenida. Dos obras de Ramon Casas permiten advertir, en los casos de naturalismo más sobrio, la neutralidad objetiva con la que se afrontó, incluso aunque se tratara, como en "Garrote vil", de una ejecución; o de un suicidio, como en "El entierro de Casellas", amigo del pintor.

A pesar de los avances médicos, la mortalidad infantil continuó siendo más elevada en España que en otros países europeos y fue aún mayor en los territorios de ultramar. La escultura del filipino Ciriaco Gaudínez hace referencia a los usos y circunstancias locales en su tratamiento de la muerte de una niña.

La obra "Visita de pésame" de Regoyos pone de manifiesto la temprana iniciativa renovadora de este artista, fruto de su contacto con el simbolismo belga, al que añadió una deformación característica en las figuras que plasma una visión nueva en España de las costumbres que acompañaban a la muerte.

 

 

El cine

Desde sus orígenes, el cinematógrafo se convirtió en un medio para representar la realidad de extraordinaria potencia. El propósito naturalista que habían tenido la pintura y la fotografía llegó con el cine a una culminación que atrajo inmediatamente a toda clase de públicos.

Las primeras películas, proyectadas desde 1895, mostraron una visión documental, a veces humorística, que interesaba a los espectadores en un contexto de diversión y de satisfacción de la curiosidad; se exhibían como parte de espectáculos de variedades.

En España se mostraron las mismas películas producidas en Francia y otros países y se filmaron asimismo enseguida, con ese mismo carácter, otras como "Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza". Algunas tenían que ver con sucesos inusuales, como los incendios, o con aspectos poco conocidos de la realidad, como los centros de salud mental.

El cine resultó útil para mostrar procedimientos técnicos, científicos o médicos, como las prácticas de disección. También se empleó para la reconstrucción de sucesos, como el asesinato de José Canalejas.

 

 

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