EL MOSAICO ROMANO

Con información del Museu Egipci de de Barcelona. Fundació Arqueològica Clos*


 

El origen del mosaico se halla en un tipo de suelo hecho con guijarros llamado "litóstrato". Gozaron de una gran difusión en todo el mundo griego a partir del s. IV a.C. Se componían con guijarros de más o menos un centímetro de diámetro, de color blanco y negro. Posteriormente, se fueron añadiendo toques adicionales de color. Durante el s. III a.C., los guijarros cedieron paso a las teselas, pequeños cubos de piedra tallada de casi un centímetro. Nacía así la técnica conocida como opus tessellatum. Este cambio fue consecuencia de un proceso de picturalización del mosaico, pues, como escribió Plinio el Viejo, estos pavimentos eran concebidos como "pinturas de piedra". Con este objetivo se desarrolló la técnica del opus uermiculatum, que emplea teselas muy pequeñas (de uno a cuatro milímetros) con una separación entre ellas casi imperceptible para el ojo humano. En Roma, el mosaico helenístico llegó en época republicana. Con el tiempo, los itálicos introdujeron algunos cambios, como una mayor variedad y riqueza en la composición; la preferencia por la bicromía y nuevos diseños en la disposición de las teselas.

Para sostener el mosaico hacían falta tres capas preparatorias superpuestas. El statumen, la capa inferior, consistía en un conglomerado de piedras grandes de la medida de un puño. El rudus era una capa de mortero grueso hecha con tres cuartas partes de grava y una de cal. El nucleus, la capa superior, estaba formada por tres cuartas partes de cerámica triturada y una de cal. Encima de ésta se colocaba un rebozado que se mantenía fresco para permitir la colocación de las teselas. Éstas se conseguían con materiales diversos: mármoles de colores, piedras semipreciosas, pasta vítrea, esmalte, cerámica, pan de oro... La parte más delicada de la confección del mosaico era el plafón central (emblema), el cual recibía un tratamiento especial por parte del maestro del taller. Normalmente, se construía en opus uermiculatum y las teselas se colocaban en un rebozado sobre una tabla plana y resistente. Una vez acabada la composición, se insertaba en el lugar reservado al efecto en el mosaico.

La provincia romana de Siria y, muy especialmente su capital, Antioquía, fue uno de los centros de producción de mosaico más famosos de todo el Imperio romano; en la actualidad, aquella región se correspondería con los territorios de la Siria moderna y las partes limítrofes de Turquía, Líbano y Jordania. En época romana (s. III d.C.), el mosaico sirio, heredero de las tradiciones helenísticas, llegó a su fase de esplendor. Sus rasgos más característicos son la estilización de las figuras, la minimización de las franjas ornamentales, la disposición en arco de las teselas y la introducción de elementos arquitectónicos para encuadrar la representación figurativa. Las temáticas preferidas son las leyendas mitológicas y las representaciones animales. Pero, a partir de los siglos III-IV d.C., se ponen de moda las imágenes de la vida cotidiana de los ricos (principalmente, cacerías y escenas de la vida rural). Después del saqueo persa de Antioquía (540 d.C.), se colapsó la producción de los talleres de mosaico sirios. A pesar de todo, las iglesias rurales continuarán usándolos a lo largo de los siglos VI-VII d.C. Los últimos ejemplares datan de finales del s. VIII d.C. (iglesia de San Jorge, al sur de Damasco).

La cristianización del Imperio romano a partir del s. IV d.C. comportó una modificación en los motivos decorativos que se ofrecían a los clientes del mosaico: la substitución de las representaciones paganas por los temas y motivos cristianos. Al cristianismo le interesaba muy especialmente la dimensión didáctica de las imágenes en un mundo con una alta tasa de analfabetismo. La principal destinación de estos nuevos tipos de pavimentos fueron las iglesias. En ellas, se evita poner en el suelo cualquier imagen que pueda ser considerada sagrada, razón por la cual abundan los motivos geométricos y florales. Asimismo, podía darse el caso de que una iglesia estuviera casi del todo cubierta con inscripciones sepulcrales. El mosaico cristiano también aportó la novedad de utilizarse para decorar las paredes y bóvedas de las iglesias. Con la desaparición del Imperio romano de Occidente, el mosaico fue perdiendo terreno en favor de la pintura, excepto en Italia y en el mundo bizantino. En este proceso influyeron diversos factores: principalmente, que el mosaico era mucho más caro y laborioso, y que a la pintura le resultaba más fácil reproducir las imágenes con naturalidad.

La elaboración de un mosaico era una labor muy costosa. Precisaba de una repartición estricta de las tareas y de la participación de un número nutrido de operarios. El pictor imaginarius era el artista que diseñaba los patrones. El lapidarius se encargaba de las cuestiones técnicas: talla de las teselas, realización de capas preparatorias y montaje del mosaico. Los artesanos del mosaico (o musivaras) no gozaban de excesivo prestigio, al contrario del reconocimiento social que se otorgaba a los arquitectos, escultores y pintores. Al inicio del s. IV d.C., un operario de suelos tenia un sueldo de 50 denarios/día y, el de paredes, 60 denarios/día. En cambio, un pictor imaginarius podía percibir hasta 150 denarios/día. Por eso, en la mayoría de los casos, raramente consta la firma del autor. De sus clientes todavía sabemos menos, aunque los mosaicos constituyen pistas valiosísimas que reflejan la personalidad, gustos e ideales de la aristocracia romana. Dado que no todo el mundo podía tener acceso a este tipo de suelo, se los utilizaba para la propaganda personal de quienes los encargaban. Su posesión constituía un signo de riqueza y era indispensable en casa de cualquier persona interesada en hacer ostentación de su posición social y de su poder económico. El precio se estipulaba en función del tiempo de trabajo, del número de artesanos necesarios, de la complicación del diseño y de los materiales empleados.

* Hasta el 19 de marzo, exposición Mosaicos Romanos de Siria. Pintura de Piedra en la Sala de Exposiciones Temporales del Museu Egipci de Barcelona.

 

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