LAS 7 VIRTUDES Y LOS 7 PECADOS CAPITALES

Texto de José María Ruiz Montes. Fotografías de Ruperto Leal (27/12/2014)


 

 

LAS SIETE VIRTUDES

 

 

Este relieve en bronce de gran tamaño, calificado de altorrelieve aunque también posee las técnicas del medio y bajorrelieve, representa de forma alegórica las tres Virtudes Teologales y las cuatro Cardinales.

En este espacio se escenifica la síntesis de toda la historia de la Salvación hacia el género humano, según las doctrinas del Cristianismo. Nos hace entender que ir encontrando algunas virtudes a lo largo de nuestra vida, representadas en este motivo, nos indica el camino de la felicidad.

 

 

Centralizada en altorrelieve, un hombre en representación física del género humano, sentado en un sillón o trono de corte clásico que le da una rica apariencia, reconfortado y protegido por las siete alegorías. A su espalda, en mediorrelieve, como eje principal de las Virtudes Teologales, aparece la Fe como una matrona con medio rostro tapado por su manto; oculta la visión, de esta forma expresa el impulso sobrenatural: "creemos en las verdades eternas", con una cruz apretada contra el pecho.

A un lado de la Fe aparece la Caridad, representada por una madre cobijando a su hijo en brazos, mirándose y acariciándose mutuamente. Es la simbolización del amor puro, de la entrega absoluta más común y cotidiana del ser humano, el dar sin esperar nada a cambio: "si no tengo amor nada soy"; es por tanto el culmen, sin la Caridad todas las demás virtudes se vacían de su esencia.

Al otro lado, cerrando la pirámide compositiva teologal, y que sirve como fondo al hombre, está la Esperanza, representada de forma clásica: la figura de la joven mira al protagonista de la escena portando en su brazo derecho el ancla, símbolo universal de firmeza, solidez, tranquilidad y felicidad, y que en el Cristianismo se remonta a los textos de las Cartas a los Hebreos (6, 19): tenemos como firme y segura el ancla del alma, una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario. En su cabeza una corona de orquídeas; dichas flores, en forma de guirnalda, salen de la mano de la figura y terminan cayendo sobre el asiento del hombre. Este atributo alude a los orígenes universales de esta virtud en la Antigüedad, antes de Cristo. En el sector tan importante de la agricultura solo se representaba a la Esperanza con abundante vegetación y flores, expresando así la buena nueva al siguiente año.

 

 

Según miramos la obra, a la izquierda emerge en altorrelieve, con fuerza y a la vez elegancia, la Prudencia, dirigida al hombre con gesto comedido, mostrándole su símbolo predilecto: el espejo, expresando de esta manera el reconocimiento del propio y autoconocimiento absoluto del ser humano. Él se contempla apoyado en el trono, arropado, recordando que estuvo desnudo y portando en una de sus manos una corona de laurel, milenario atributo de la gloria o el triunfo.

En el mismo lugar pero opuesto, haciendo simetría con los planos en altorrelieve, descendiendo frontalmente y, de esta forma, acentuando la pirámide central, aparece la Fortaleza, patrona de las virtudes cardinales. Su significado es propiamente virtud, origen del latín, fuerza, poder o potestad. Figura ataviada con armadura y yelmo de plumas, acogiendo al hombre, dirigiéndose a él con gesto decisivo. Similar a la Prudencia, en este caso porta un escudo transformado en cartela que reza "Ocvrrere virtvte ortvs vervs trivmphis hvmani est" (encontrar la virtud es el verdadero renacimiento del triunfo humano). Todos nacemos inconscientes para distinguir los distintos caminos de la vida, el conocimiento, la experiencia a través de nuestros impulsos y la conciencia, filtrado todo ello por la razón, llevándonos en la soledad y en ella siendo libres de decidir los distintos caminos que se nos presentan como ser humano individual.

 

 

 

En el lado de la Fortaleza está la Templanza, que culmina o enmarca el extremo derecho según se observa. Se dispone casi igual de elevada que las otras virtudes del centro principal, armonizando de esta manera con la silueta frontal de la composición. Porta un cántaro con agua fría en su interior, atributo común de esta alegoría; desde la Antigüedad se mostraba con dos cántaros, uno de agua fría y otro de agua caliente, en actitud de mezclar ambas aguas, expresando así metafóricamente la templanza. En este caso, Ruiz Montes ha representado el agua caliente mediante la figura de un hombre desnudo, arrebatado por las pasiones; de ahí que la figura femenina de la Templanza agarre su mano y la introduzca en el frío cántaro, para así templar sus impulsos.

En el otro extremo, la Justicia, virtud sobria que se impone poderosa ante otra figura masculina desnuda con gesto perturbador, rechazándola, impidiendo su paso al otro lado al tiempo que lleva la balanza, símbolo de equivalencia.

 

 


 

 

LOS SIETE PECADOS CAPITALES

 

 

Este conjunto, labrado al igual que el anterior para el trono malagueño del Crucificado de la Redención, es la condensación de toda la historia del mal. Inspirándose en la Carta de San Pablo a los Colonos (3, 5) el autor alegoriza los siete pecados principales de la condición humana, timoneado todo el grupo por Lucifer.

La centralidad del motivo es igual que en las virtudes: el género humano; representado, en este caso, por una figura femenina, atosigada por la actitud de Satanás al intentar seducirla. El ángel caído se halla representado con gran belleza, haciéndose patente la réplica del Pecado Original llevado hasta la actualidad; es la máscara del mal, tras la cual se sitúa la calavera simbolizando un callejón oscuro y sin salida. La mujer, insegura, mira atentamente el ofrecimiento, el mal entra así sigilosamente, casi de puntillas, para conquistar las mentes y los corazones de condición débil; la Fe y la Esperanza son dos virtudes fundamentales que combaten el mal y dan lugar a la virtud de la Fortaleza para afrontar la vida con actitud positiva y fuerte, pero noble.

 

 

Tras este altorrelieve comienzan las alegorías en mediorrelieve con la Avaricia, pecado que sintetiza los propios excesos porque el avaro siempre quiere poseer más riquezas de la que ya atesora; tiene miedo y consciencia de ser pobre materialmente, pero no es consciente de ser miserable de corazón. Esta semigirado, entre la mujer y Lucifer, en actitud de huir con todas sus riquezas que carga en un saco a su espalda. Dichos bienes están representados metafóricamente en manzanas, símbolo eventualmente maligno para el Cristianismo, que van cayendo sobre el asiento central.

Según se contempla, a la izquierda se halla la Soberbia, representada en el espejo distorsionado por la serpiente enrollada que arranca desde el brazo de la figura masculina hasta el propio espejo, pisoteando y arrollando con actitud altiva a un ajeno con orgullo y vanidad. Posicionado opuestamente vemos la Lujuria o la desmesura del deseo carnal que nace del instinto universal de cualquier ser vivo, y que por supuesto no lleva connotaciones negativas salvo que se exprese a través de conductas como la violación, la pedofilia, el incesto o la prostitución. Para evitar lo anterior, aquí se representa compuesta en un mediorrelieve por tres figuras, con el acto sexual entre dos hombres y una mujer, posicionados en forma descendente para conjugar con la Envidia, figura femenina en altorrelieve cuya actitud es retraída, carcomida en su interior por los malos pensamientos, por el deseo irrefrenable de poseer los bienes ajenos y por las ansias de maldecir todo lo que le rodea, lo que no deja de ser un sentimiento de dolor. Su origen, del latín "invidere" (poner la mirada en algo), llevó a su autor a buscar en los orígenes y recrearla como con la figura mitológica de la Medusa, una Gorgona maldita cuya sola mirada convertía en piedra a todos los que osaran ver sus ojos; para Ruiz Montes, el individuo que siente envidia desea, a través de la mirada, convertir en inerte todo lo que le rodea.

 

 

En el otro altorrelieve, al lado opuesto, está la Ira, muy bien detallada en el capítulo 26 del Evangelio de San Mateo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere". De ahí que en el relieve esté con la espada desenvainada, en el momento justo de clavarla en el que, protegiéndose, aparece en bajorrelieve. La Ira guarda paralelismos con Marte, Dios de la Guerra. Viste yelmo y escudo con emblema de carnero, atributo guerrero y satánico. El estado de violencia se puede encender a través de la rabia, el coraje y la impotencia, creando a través del subconsciente el instinto de venganza.

Al lado izquierdo, casi ligando con la escena de la Ira, la Pereza. Arranca desde un bajorrelieve hasta llegar a un altorrelieve. Sentada en actitud de aplomo, carente de vida, metida ya en un rumbo perdido, remata el extremo izquierdo en forma piramidal. Es cuando la pereza invade nuestros sentidos de desesperanza y, siendo poca la Fortaleza, hace que ello se refleje en una actitud completamente falta de ilusión. Por eso, el pico, herramienta de trabajo, se halla sujeto casi desvalidamente, apoyado en el suelo. Este elemento de la virtud de la Fortaleza tiene aquí una lectura contraria, por lo antagónica que resulta respecto a la pereza.

 

 

 

Por último, en el lugar opuesto, en relieve, con las mismas calidades y altura, terminando el conjunto, la Gula. Como todos los excesos, suele ser negativa; en este caso, el sobrealimento por encima de nuestras propias necesidades para vivir, pensando que otros no tienen ni una migaja de pan que echarse a la boca. La Gula se representa con un hombre gordo comiendo de una bandeja, en cuyo interior aparece la cabeza de un cerdo. A su lado, en bajorrelieve, un escuálido harapiento es rechazado por el glotón tras haberlo pedido algo de comer.

 

 

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