APORTACIONES AL ESTUDIO DE LA ARQUITECTURA CIVIL DEL
SIGLO XVIII EN JEREZ DE LA FRONTERA: EL PALACIO DE VILLAPANÉS (Y II)

José Manuel Moreno Arana


 

 

3. ANÁLISIS DEL EDIFICIO

3.1. Exterior

Ocupa la mayor parte de la manzana trapezoidal existente entre las calles Empedrada, las antiguas Cruz Vieja y Hoyanca (hoy Ramón de Cala y Cerro Fuerte, respectivamente) y Baro. Debe resaltarse, en este sentido, que el palacio une a su valor intrínseco un destacado valor como eje vertebrador de su entorno urbano (61).

Visto desde la Cruz Vieja, donde se encuentra su fachada principal, ofrece un interesante frente divisorio de otras dos calles, Empedrada y Cerrofuerte, que convergen en una sola a partir de este punto. Ante esta situación privilegiada, se comprende el interés del marqués por agrandar al máximo dicha fachada. Efectivamente, a pesar de no haberse descuidado las laterales, a ésta se le ha otorgado un mayor énfasis, gracias a su mayor altura y a diferentes detalles decorativos, que más adelante estudiaremos. Como ha apuntado Aroca Vicenti, este tipo de intervenciones estaban muy en consonancia con el ideal urbanístico barroco, aportando, a través de las perspectivas fugadas creadas, un carácter de gran teatralidad al edificio (62).

La fachada que da a Empedrada destaca por su longitud y uniformidad. Consta de tres niveles de vanos. Grandes ventanales se abren en el cuerpo bajo, que es de cantería. En el segundo, enlucido, predominan los balcones dotados de cierros y los típicos guardapolvos. Por encima están pequeños balcones, que sustituyen a las habituales ventanas de escasas proporciones que suelen coronar el alzado de las casas jerezanas dieciochescas; otras peculiaridades distintivas de esta última planta, dedicada al servicio, frente a otros ejemplos locales contemporáneos, son el no encontrarse separada de la central por molduras pétreas así como su mayor altura.

Destacan dos elementos por encima de todos: la portada lateral y el gran balcón de rica ornamentación situado a la derecha. La primera, que daría entrada a la zona más antigua del palacio, está labrada en mármol blanco, a excepción de los fustes de las columnas, ejecutados, al parecer, en mármol rojo de Morón (63). Frente a otros ejemplos de la época, es una obra sobria en decoración y de estructura poco dinámica, dentro de su evidente barroquismo. Se compone de dos cuerpos. El inferior queda ocupado por la puerta, enmarcada por una moldura mixtilínea entre cuyo dibujo serpenteante aparecen un total de tres conchas; a ambos lados, sobre podios anchos, de poca altura y perfil curvilíneo, una columna dórica adosada a una pilastra cajeada sostiene una porción de entablamento cuyo friso es liso. El cuerpo superior es el balcón, que es recto; el vano, adintelado, queda cobijado por una estructura formada por sendas pilastras laterales, cajeadas y con capitel en forma de ménsula enrollada sobre sí misma y decorada con una hoja de acanto; a cada lado se adosan unos roleos sobre zócalos de escaso relieve de los que penden pinjantes de perfil mixtilíneo; encima, el entablamento, sin arquitrabe; y, sirviendo de coronación de todo el conjunto, un frontón curvo fragmentado en distintos entrantes y salientes y cuyo tímpano se encuentra ocupado por una sucesión de placas recortadas, colocadas unas sobre otras de forma decreciente; todo queda rematado por tres esferas sobre pequeños pedestales. Por último, flanquea la portada en esta parte superior dos escudos nobiliarios idénticos, rodeados de trofeos militares y enmarcados por moldura de movido diseño.

A la derecha, y ya en la zona levantada en la segunda mitad del siglo XVIII, se abre uno de los más vistosos balcones jerezanos realizados en su tiempo. Mantiene una clara semejanza estructural con el cuerpo superior de la portada anterior. No obstante, se sustituye aquí el mármol por la piedra arenisca local. La mayor plasticidad del material ha facilitado una mayor riqueza ornamental. Así, aparecen recubiertos de decoración vegetal tanto el friso como el tímpano del frontón. A éste último se le ha dotado de un mayor movimiento, transformándose en trilobulado. Finalmente, las esferas han sido sustituidas por motivos de carácter naturalista: figuras de querubines en ambos extremos y un penacho vegetal en el centro. Aunque recto, la gran ménsula que lo sostiene posee una acusada potencia visual. Aun no faltándole un elemento tan clasicista como es la moldura con ovas y dardos, se desarrolla, con un peculiar relieve agallonado, de forma trapezoidal, siguiendo un ritmo cóncavo-convexo y terminando en una especie de gran huso al que parece enrollarse. 

La distribución casi simétrica de esta fachada hace que a la derecha de la portada se levante otro balcón que, aunque con vano carente del rico marco del anterior, presenta una repisa idéntica a la ya comentada. En este sentido, ménsulas similares, aunque de menor entidad, se encuentran en otras casas de la época, como el propio palacio Bertemati. Con todo, el modelo más inmediato parece haber sido las que aparecen soportando el relieve central en las portadas de la Visitación y de la Encarnación de la actual catedral jerezana, que debieron ser trazadas por Diego Antonio Díaz o por su hermano Ignacio Díaz de los Reyes, y que datan de fines del primer tercio del XVIII.

 

 

Llegado a este punto, es el momento de hacer una pregunta esencial que nos plantea serias dudas: la cronología de la totalidad de la fachada. Según Corbacho, cuando se unieron ambas partes del palacio se les dio "uniformidad en los alzados exteriores" (64). Aroca Vicenti, por su parte, considera que la decoración de la portada corresponde a la de la primera mitad del siglo XVIII (65). En esta línea están Pomar Rodil y Mariscal Rodríguez, para los cuales la ampliación llevada a cabo en torno a 1766 se realizaría repitiendo el esquema ya marcado por el núcleo original (66). No obstante, resulta llamativa la homogeneidad de la fachada frente a las distintas épocas de sus interiores. La distribución de los vanos mantiene prácticamente una total simetría, especialmente en los dos niveles superiores. Así, en el centro aparece la portada, que además, observando la planta del edificio, comprobamos que no está situada a eje con el patio, como suele ser normal. ¿Podría esto justificar la diferencia cronológica de este elemento respecto a su interior? Podríamos añadir, en este sentido, que el balcón de apariencia inconclusa que acabamos de comentar, abierto en el edificio primitivo, podría no ser realmente anterior y modelo del que vemos en el otro extremo y que pertenece a la fachada ampliada en torno a 1766. Ante todo ello cabría preguntarse si, en realidad, respondería toda la fachada a una reforma integral, coincidente con la segunda fase constructiva.

Los modelos ornamentales empleados pueden conectar con la arquitectura de la primera mitad del siglo pero tampoco se alejan demasiado de los esquemas del último tercio del XVIII. Debe considerarse, además, la duración de las obras de ampliación, que alcanzaron los diez años y que no hace descabellado pensar en reformas en el edificio levantado en los años 40 del setecientos. En cualquier caso, choca la gran diversidad de diseño que existe entre las dos portadas que ostenta el palacio, por lo que parece muy arriesgado atribuir ambas a un mismo proyecto. A falta de una respuesta definitiva, dejamos apuntada esta compleja cuestión.

De la fachada principal ya destacamos el énfasis conseguido a través de la fuerte unión entre arquitectura y marco urbano. Ahora comentaremos cada uno de sus elementos, empezando por la portada. Es de mármol blanco en su totalidad. Consta de dos cuerpos. El primero queda presidido por el arco de acceso. Ofrece apariencia general de medio punto aunque en realidad tanto la clave como los arranques se presentan deformados, describiendo un dibujo mixtilíneo. Flanqueando la puerta se hallan las piezas más cuidadas de toda la portada: sobre un sobrio pedestal se alza una pilastra cajeada; parte de una voluta que se desenrolla hasta convertirse a cierta altura en una concha, que a su vez sirve de base al torso de un angélico atlante; éste carga sobre cabeza y alas un saliente curvo del entablamento. La cornisa es mixtilínea pero no llega a romper la rectitud del balcón superior, como sí ocurre en otras casas jerezanas del último tercio del siglo XVIII. Igualmente, no aparece en el centro la taza prismática que será típica de las portadas posteriores, siendo sustituida por la cabeza en relieve de un león. El segundo cuerpo se abre en un arco rebajado. A ambos lados y en posición levemente girada, encontramos pilastras sobre pedestales, de fuste liso y terminadas en volutillas. El entablamento presenta un sensible dinamismo: arquitrabe, friso y cornisa se curvan y rompen de manera caprichosa, replegándose sobre sí mismos a manera de roleos en el centro, que queda ocupado por el escudo nobiliario. Dos pequeños jarrones sobre ambos extremos de la cornisa completan el conjunto. Como elemento decorativo aparece por toda la portada la rocalla, si bien se emplea de manera escueta, destacando sólo ciertas partes como las enjutas o el escudo. Hay que señalar que este tipo de portada con atlantes es de gran singularidad en la zona, pues parece proceder de otros países europeos (67). Al respecto, recientemente se ha llegado a considerar obra importada de Génova (68). No es desdeñable esta teoría, considerando el material empleado, el aspecto genovés de los atlantes y las documentadas relaciones del marqués con la ciudad natal de su abuelo, donde incluso tenía posesiones (69). Aun así, no debe olvidarse que la escultura pétrea fue relativamente frecuente en el barroco jerezano y que por estos años encontramos activo en la localidad a un artista como Jacome Vacaro, asimismo genovés y con una documentada e interesante labor escultórica en piedra (70).

Terminando con la descripción de la fachada, anotamos, primero, que en la planta baja se encuentran dos singulares ventanales a un lado y otro de la puerta: sobre un plano pedestal de perfil curvilíneo, se abre un estrecho vano rectangular y moldurado; la nota barroca la ponen las ondulaciones de los extremos. Por otra parte, el tercer cuerpo, abierto a través de tres pequeños balcones, se separa del segundo por medio del largo guardapolvo, que hace el papel de cornisa divisoria. Finalmente, hablemos de las peculiares esquinas, verdaderas señas de identidad del edificio. La base marmórea es una columna toscana sobre podio y coronada con ábaco. A ésta se une mediante una serie de roleos, rocallas y motivos vegetales la hornacina, que sirve de coronación; avenerada y trilobulada, cobija la escultura de un arcángel. El situado a la izquierda representa a San Miguel, el de la derecha a San Rafael, santos ambos de la devoción de la familia Panés (71). En la fachada principal quedan estas hornacinas flanqueadas por altorrelieves de leones rampantes apoyados en respectivos trozos de cornisa de los que cuelgan pinjantes. 

La fachada que da a Cerro Fuerte es, frente a las dos ya comentadas, menos uniforme y noble. Debió de tener un fin más funcional y menos representativo. El alzado es irregular, presentando distintas alturas. En la zona primitiva del edificio sobresale la mole de la torre-mirador, de planta cuadrada y gran simplicidad compositiva. Paralela a la calle Empedrada, mantiene una orientación diferente a la de la fachada inferior. Ésta es de cantería y parece responder a la reforma de los años 60 y 70 del siglo XVIII. En el nivel inferior, debajo de balcones cerrados por rejas, se abren una sucesión de vanos con ancho marco plano, ligeramente resaltado del muro y con borde exterior moldurado, cuyo dibujo se transforma en mixtilíneo en la zona superior; sencilla solución que recuerda mucho a la que el propio Juan Díaz emplea en la pequeña portada exterior de la sacristía de la parroquia de San Marcos en 1770. 

En la nueva esquina con la antigua Cruz Vieja no faltan elementos interesantes, destacando dos ventanas gemelas. Su curioso marco pétreo está conformado por una moldura mixtilínea que descansa a ambos lados en unos motivos de conchas a manera de ménsulas; dicha moldura se abre en el centro del dintel para acoger el mismo elemento decorativo, describiendo un dibujo trilobulado al exterior que sirve de base para una sección de moldura que sigue esa misma forma. La venera, que ya vimos en la portada lateral del palacio, es un elemento ornamental común en la época, aunque llama la atención que lo encontremos utilizada de forma muy particular en otras obras de Díaz de la Guerra: la portada de capilla del Hospital de la Sangre y en la nave central de la iglesia del convento de San Francisco, a las que luego nos referiremos. Señalamos, por último, otro tipo diferente de ventanal, situado próximo a los anteriores; en este caso es el conocido óculo lobulado y estrellado, presente en otras casas jerezanas de la época y de gran expansión en toda la zona de influencia sevillana.

Finalmente, debemos apuntar que el aspecto original que tendrían todos estos exteriores, especialmente las dos fachadas más nobles, parece que fue muy diferente al actual, ya que, aunque no nos ha llegado ningún resto, se dice que estuvo "esteriormente cubierta de escelentes pinturas al fresco" (72). En cualquier caso, es una decoración nada extraña en la época y que, en cambio, sí se conserva en distintas estancias interiores de la casa.

 

 

3.2. Interior

Su estudio entraña mayores dificultades debido a las profundas alteraciones que ha sufrido en fechas recientes en la parte más moderna del edificio y el lamentable estado de ruina en el que se halla el área primitiva (73)

Del sector más antiguo se puede señalar el sencillo patio, cuadrado, de dos arquerías a cada lado, y la escalera, que es el elemento de mayor interés artístico del interior. En ella se combinan zócalos con mármoles de colores, pinturas murales con arquitecturas fingidas y cubierta de bóveda con yeserías a base de escudos heráldicos, molduras mixtilíneas, figuras de ángeles y hojas de cardo. Este último tipo de ornamentación, propio de la primera mitad del siglo XVIII, parece indicar que estamos ante uno de los restos más claros de la primera fase constructiva. Con todo, la decoración pictórica que encontramos aquí y en otras estancias responde, desde luego, a la reforma rococó, que, como ya dijimos, afectaría también a esta zona (74)

En la parte central de todo el palacio encontramos una amplia dependencia sobre pilares que parece unir el sector primitivo y el moderno y que pudo servir de bodega (75)

La entrada por la llamada Cruz Vieja da acceso a un zaguán o apeadero abovedado, de forma trapezoidal, adaptado a la señalada planta de la construcción. Y en el centro y a continuación el patio, muy alterado, que conserva su extraña forma hexagonal. Muy sobrio, es adintelado y se apoya sobre pilares. Para acabar, mencionar, el antiguo oratorio, situado dentro del espacio ampliado, que conserva abundante decoración de yeserías con motivos vegetales y emblemas alusivos a la Pasión de Cristo.


BIBLIOGRAFÍA

(61) Para este aspecto remitimos al estudio citado: AROCA VICENTI, F.: Arquitectura... (op. cit.), pp. 132-135.

(62) Idem. Por desgracia, este protagonismo urbano del edificio ha sido menospreciado por las desafortunadas transformaciones urbanísticas a la que ha sido sometida la antigua plaza de la Cruz Vieja en fechas recientes, que ha relegado el palacio a un segundo plano.

(63) PORTILLO, Joaquín: Concisos Recuerdos de Jerez de la Frontera, Año de 1847, Biblioteca de Urbanismo y Cultura. Jerez de la Frontera, 1991, p. 33.

(64) SANCHO CORBACHO, A.: Arquitectura... (op. cit.), p 330.

(65) AROCA VICENTI, F.: "La Historia..." (op. cit.), p. 120.

(66) POMAR RODIL, Pablo Javier y MARISCAL RODRÍGUEZ, Miguel Ángel: Guía artística y monumental de Jerez, Sílex. Madrid, 2004, p. 207.

(67) Podría mencionarse, por ejemplo, la portada del ayuntamiento de Tolón (1656), obra de Pierre Puget, que mantiene un esquema similar en el primer cuerpo y que a su vez se basa en obras italianas (BLUNT, A.: Arte y arquitectura en Francia: 1500-1700, Madrid, 1977, p. 386).

(68) POMAR RODIL, P. J. y MARISCAL RODRÍGUEZ, M. Á.: op. cit., p. 207.

(69) Así queda reflejado en el inventario de bienes de 1748 (A.H.M.J.F., sección Protocolos Notariales, escribano Diego Bartolomé Palmero, oficio 2, legajo 2517 (años 1747-1748),1748-X-14, f. 254). También resulta interesante la noticia que nos indica que Miguel María Panés ordenó en 1792 traer lozas de Génova para el solado de la iglesia de San Miguel (AROCA VICENTI, F.: Arquitectura... (op. cit.), p. 224, nota 112).

(70) Ya relacionamos estos atlantes con Vacaro en: MORENO ARANA, J. M.: op. cit., p. 99, nota 68. Sobre Vacaro ver: REPETTO BETES, J. L.: op. cit., pp. 245-251. SÁNCHEZ PEÑA, José Miguel: Escultura genovesa. Artífices del setecientos en Cádiz, Cádiz, 2006, pp. 168-170.

(71) No olvidemos que los dos marqueses de Villapanés que residieron en el palacio, padre e hijo, recibieron el nombre de Miguel. También tenía ese nombre uno de sus ascendientes, el primer marqués de Casa Pavón. Igualmente no debe ignorarse la pertenencia de los Panés a la propia collación de San Miguel, en cuya parroquia, por cierto, los Pavón tuvieron capilla propia desde antiguo. En cuanto a la devoción a San Rafael nos consta que en 1762 Esteban Cesáreo Martínez y Miguel Andrés Panés fundan en su capilla propia del convento de San Francisco una fiesta solemne de misa cantada y sermón en honor a este arcángel (A.H.M.J.F., sección Protocolos Notariales, escribano Francisco Javier Rodríguez, oficio 21, legajo 2633 (años 1762-1785),1762-II-11, f. 80).

(72) PARADA Y BARRETO, D.: op. cit., p.340.

(73) Ya en 1875 Parada y Barreto se lamentaba del estado en el que se encontraba el palacio, abandonado por los herederos de Miguel María Panés (idem). Después de recibir diversos usos, la zona con entrada a la antigua Cruz Vieja ha sido intensamente reformada hace unos años para convertirla en centro educativo. El resto del palacio permanece hoy abandonado, a la espera de una proyectada rehabilitación como equipamiento municipal. 

(74) Este tipo de decoración pictórica mural fue relativamente común en el Jerez de la época. En arquitectura civil encontramos un ejemplo similar en la bóveda de la escalera y en uno de los patios del Palacio Bertemati.

(75) SANCHO CORBACHO, A.: Arquitectura..., op. cit., p. 330.

 

Nota de La Hornacina: Extracto del artículo homónimo
publicado en Laboratorio de Arte, nº 20, 2007, pp. 157-181.

 

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