LA INFLUENCIA DE JUAN DE MESA
EN EL ARTE COLONIAL LATINOAMERICANO (I)

Jesús Andrés Aponte Pareja


 

 

No cabe duda que Juan de Mesa y Velasco fue el máximo representante de la corriente realista en la escultura andaluza del siglo XVII. Tampoco es motivo de dudas que este escultor cordobés es uno de los más carismáticos que trabajaron en la capital hispalense durante el Siglo de Oro. Su bien merecida fama se debe a la maestría y originalidad con que labraba sus obras, la mayoría de las cuales han sido y siguen siendo de enorme veneración y aprecio por parte del pueblo andaluz. Todo ello lo ha convertido ya en una figura de tintes casi legendarios, cuya fascinación se ha visto acrecentada por su prematura muerte, el absurdo e incomprensible olvido al que fue sometido por parte de una ingrata Sevilla, y el desconocimiento de múltiples facetas de su vida.

Hoy en día, el realismo barroco introducido por Mesa en la opulenta Sevilla de la primera mitad del siglo XVII se encuentra perfectamente valorado y muy en boga en la inspiración de los escultores andaluces contemporáneos. Observando las nuevas esculturas creadas en esta parte de España, sobre todo en aquellas de tipo pasional, podemos encontrar en la mayor de los casos múltiples matices de la atemporal influencia mesina. En la época del escultor, por el contrario, su influencia fue más bien corta, pues al morir Mesa, si bien su estilo fue asimilado por su propio maestro Juan Martínez Montañés y sus seguidores, rápidamente fue cediendo terreno ante las nuevas corrientes italianizantes introducidas por el flamenco José de Arce, las cuales dominarían los dos tercios restantes de la escultura del Siglo de Oro en Sevilla. Autores como Passolas Jáuregui sostienen que Mesa no creó escuela y ninguno de sus alumnos continuó con sus características estilísticas, lo cual parece ser cierto pues ni siquiera Felipe de Ribas, considerado su mejor alumno, escapó a la seducción del arte de Arce, abandonado tempranamente las enseñanzas de su mentor. No obstante, aunque el influjo de Mesa en el arte andaluz de su tiempo fue importante pero corto, al parecer el que causó en tierras latinoamericanas fue bastante más duradero.

La influencia mesina llega hasta Latinoamérica a través de obras remitidas directamente por el artista o por sus seguidores más cercanos, así como por la presencia en las colonias de escultores formados en círculos sevillanos de la época. Lo cierto es que existen en los países andinos un gran número de esculturas de los siglos XVII y XVIII que remiten a fórmulas mesinas. En la ciudad peruana de Cusco, por ejemplo, imagineros descendientes de los incas, como Melchor Huaman Mayta o Juan Tomás Tuyro Tupac Inka, reinterpretan las formulas del cordobés llevándolas hasta la escultura de los primeros años del XVIII. Quito y su renombrada escuela escultórica tampoco escapan a este influjo, allí muchas de las obras atribuidas al no menos enigmático escultor Padre Carlos, fechables en el último tercio del XVII, acusan de igual forma las características formales empleadas por Mesa.

La pervivencia en esta parte del mundo de su estilo podría explicarse en el hecho de que, a mediados del siglo XVII, ya se encontraban consolidadas en los países americanos las diferentes escuelas escultóricas, mermando considerablemente por esta causa los envíos provenientes de la Península Ibérica, por lo que el arte de Arce y Pedro Roldan sería poco conocido y aceptado, rompiéndose el ritmo evolutivo de la escultura en las colonias; casi simultáneo entre éstas y Sevilla durante el periodo realista, al que pertenece el singular patetismo escultórico de Juan de Mesa y la época dorada del trafico escultórico desde Sevilla. Además de las razones expuestas, encontramos otras de tipo antropológico para explicar dicha pervivencia, como el estilo que marcaría la mentalidad idealizada de los pobladores del Nuevo Mundo a la población indígena de la segunda mitad del XVII hasta la llegada a estas tierras en la centuria siguiente de la influencia gaditano-genovesa y el dañino hiperrealismo efectista.

La Nueva Granada, territorio muy ligado por asuntos geoeconómicos a Andalucía y uno de los más beneficiados en Latinoamérica por el trafico artístico, en especial por el escultórico, cuenta -aparte de la escultura de San Pedro apóstol, remitido por el escultor desde Sevilla en el año 1619- con algunas imágenes que podríamos catalogar como mesinas; no por tener la certeza de que salieron de las manos del escultor cordobés, sino por beber cercanamente de sus postulados. No es fácil atribuir una pieza a un artista tan misterioso como Mesa, del que no se conocen sus primeros trabajos; no se sabe lo que realizó en los cinco años que duró su taller, una vez emancipado de su maestro, y del que aún no se ha podido determinar su participación en las obras realizadas en compañía del taller de Montañés. Además, hay que tener en cuenta lo desigual de su producción. Hechos que han llevado a confundir a más de uno -incluyendo a quien esto suscribe- al momento de atribuirle alguna pieza. Mi intención en este y futuros escritos es la de dar a conocer algunas obras consideradas anónimas, poco estudiadas y desconocidas incluso en la misma Colombia, que a mi entender responden a la órbita sevillana de fuertes características mesinas.

 

 

 

Inmaculada Concepción

La primera de ellas es la Inmaculada Concepción de la catedral de la ciudad de Santa Marta. Bella efigie totalmente repintada que representa a María con dulce y juvenil rostro de mirada baja, con las manos en posición de rezar, de pie sobre una media luna y escoltada por la cabeza de un querubín.

La imagen, si bien deriva del prototipo de las inmaculadas creadas por Montañés, se acerca más a las imágenes de igual advocación gubiadas por Juan de Mesa. Las gruesas hebras de su cabellera recuerdan las del San José de Fuentes de Andalucía (Sevilla), primera obra documentada del escultor. La composición del manto que la cubre es muy similar al de la Inmaculada Carmelitana del templo de las Teresas de Sevilla, y la túnica cae en complejos pliegues de estupenda ejecución y fuerte claroscuro similares a los del San Blas del templo sevillano de Santa Inés y al San Pedro apóstol de Pamplona, a los que también se acerca en la forma del manto cubriendo los pies de la obra, presentando un singular pliegue en forma de espiral, detalle presente en obras seguras de Mesa como el ya referido San Pedro, aunque éste fue un recurso también utilizado por Francisco de Ocampo, compañero de trabajo de Mesa mientras éste último realizaba su aprendizaje en el taller de Montañés.

Se ha dicho muy seguido de que la estética de Francisco de Ocampo fluctúa entre las influencias de Montañés y Mesa, pero observando las tempranas obras remitidas por Ocampo al templo de las clarisas de Nueva Pamplona, en el año 1606, aprecio numerosos precedentes de lo que más adelante serán los caracteres estilísticos de Mesa, inclinándome a pensar que fue este último quien se dejara influenciar por el escultor jiennense, quien al ingresar en el taller de Montañés pudo haber tomado mucho de la estética de un ya consolidado Ocampo, perfeccionándola y llevándola hasta su magistral y personal interpretación.

La imagen de la Inmaculada samaria, al igual que la mayor parte de las coloniales de gran devoción en Colombia, presenta una historia bastante curiosa, fruto del ansia de dotarlas de un abolengo y aurea legendaria que las hiciera mucho más respetables y sugestivas en la mente de los fieles. La tradición popular la señala como un regalo de la reina Isabel la Católica, hecho refrendado por una placa colocada al ingreso de su capilla del lado del evangelio de la catedral. Historia sin fundamento, y por demás disparatada, pues mal habría hecho la soberana española, en cuyos últimos días aún pervivían los últimos rezagos del Gótico, en enviar una imagen realista -claramente fechable en el primer cuarto del siglo XVII- a una ciudad fundada en 1525, veintiún años después de su muerte.

 

 

 

Santo Domingo de Guzmán

En la hornacina superior de la portada principal del templo de Santo Domingo de Cartagena de Indias, durante mucho tiempo se encontraba un simulacro de Santo Domingo de Guzmán que se creía era de piedra. Después de una rigurosa restauración, se ha podido determinar que la imagen, de tamaño natural, está hecha madera, y actualmente se encuentra en un altar lateral de la iglesia, donde es posible apreciarla y advertir en sus características formales los postulados mesinos.

La talla, sin policromar, estuvo cubierta por una gruesa capa de yeso que pudo ser parte del aparejo de una probable policromía. A pesar de su precario estado de conservación, salta a la vista que es pieza deudora de la plástica mesina. La talla de su cabeza es de gran calidad: su ensortijado cabello, en forma de cerquillo, remite al del San Ramón Nonato del Museo de Sevilla; la expresión de su rostro, con la boca abierta y mostrando los dientes, es de patética abstracción; y su barba y bigote, de finas hebras, son muy similares a los del Nazareno de La Rambla (Córdoba) y a los del Cristo de la Agonía de Bergara (Guipúzcoa), entre otros de sus Crucificados.

El vestuario ofrece igualmente paralelismos con obras mesinas. La composición y el plegado de la capucha, que descansa sobre los hombros del santo, es bastante singular y se halla resuelta de forma similar al San Nicolás de Tolentino del Museo de Arte Colonial de Mérida (Venezuela); respecto a los pliegues de la túnica, presentan similares caracteres a los de la Inmaculada antes descrita.

A pesar de no conservar sus manos originales ni su policromía, este Santo Domingo de Guzmán es una estupenda efigie de talla completa cuya cabeza bien pudiese haber sido gubiada por el propio Juan de Mesa o por algún seguidor aventajado, habiéndose dejado la labor del cuerpo a oficiales del taller.

 

 

San Francisco de Asís

Igual consideración merece una escultura que representa a San Francisco de Asís y se conserva en el templo homónimo de la ciudad de Tunja. Ya hace un tiempo había relacionado la labor de Mesa con la talla de igual advocación localizada en el retablo mayor de la misma iglesia. La efigie que ahora presento es una talla de 125 cm de altura, localizada en un retablo en la nave del lado de la epístola.

Dicha escultura del santo italiano presenta un estupendo estudio anatómico en la cabeza y el cuello, con el típico cabello realizado a base de grandes bucles, la expresión dramática y síntomas de ascetismo propios del gran realismo de su hechura. Flaquea, sin embargo, en la talla del cuerpo, que es de menor calidad.

 

 
     
     
San Francisco de Asís (Bogotá)
     
     
 
     
     
San Egidio (Bogotá)

 

San Francisco de Asís y San Egidio

En la iglesia franciscana de Bogotá se encuentra una mediana imagen de San Egidio, que si bien no presenta las calidades de las obras que acabamos de describir, ofrece en su conjunto los ecos del arte de Mesa.

Pero donde se patentiza con mayor fuerza la impronta del cordobés en esta iglesia es en el simulacro del santo seráfico popularmente conocido como "El Chapetón", por su claro origen peninsular. Se trata de una imagen de candelero, de 166 cm de altura, que presenta talladas cabeza, manos y pies, y va vestida con un sayal de tela.

Según su ficha técnica que figura en el catálogo del ministerio de cultura colombiano, es obra de talla completa. A lo mejor se refiere a que está ligeramente anatomizado o esbozado, algo común en obras de candelero talladas por Mesa, caso de alguno de sus Nazarenos e imágenes marianas de iguales características.

Sería importante poder estudiar esta talla sin sus vestiduras de tela y contemplar si presenta características que la liguen de igual forma con Mesa, pues sus partes visibles se encuentran comprometidas con su influjo.

 

 

 

San Pedro de Alcántara

En la Iglesia de San Francisco de la sureña ciudad de Popayán podemos contemplar una maravillosa imagen de candelero que representa a San Pedro de Alcántara. La talla, de 170 cm de altura, ha sido considerada -en las pocas monografías que en Colombia se han ocupado ligeramente del tema escultórico-, como la más sobresaliente de las esculturas que el realismo sevillano enviara al país latinoamericano.

Presenta tallados la cabeza, las manos y los antebrazos, y la punta de los dedos de los pies, habiéndole sido tallada como soporte una esbozada túnica destinada a ser cubierta por vestiduras de tela.

Santiago Sebastián lo considera cercano, por la temática ascética de su aspecto, al taller de Pedro de Mena. A mi parecer, por sus características formales es mucho más cercano a la plástica de Mesa y su órbita.

El rostro posee gran fuerza expresiva y honda espiritualidad, y sus recias manos, de gran descripción naturalista en venas y tendones, parecieran reflejar las palabras de Santa Teresa, quien dijera de este santo "parecer hecho de raíces de un árbol", emplazando en algo de su aspecto al San Juan de Dios de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, en Sevilla, atribuido al escultor por el historiador Muro Orejón.

 

 

Todavía quedan en Colombia otras imágenes que he observado a través de viejas fotografías. Obras que considero pertenecientes a la órbita mesina, y a las que no he podido acceder por encontrarse en el interior de conventos de clausura o por desconocerse su actual paradero.

En otros países andinos se encuentran también magnificas efigies, señaladas por la tradición como obras montañesinas, que a través de un análisis podrían emparentarse más a Juan de Mesa, gran escultor al que cada día la historia trata poco apoco de conferirle, por tantos años de ocultamiento, un justo resarcimiento a su imagen como uno de los más importantes e influyentes maestros de su época en Europa y América.

 


 

BIBLIOGRAFÍA

SEBASTIÁN LÓPEZ, Santiago. Estudios sobre el Arte y la Arquitectura Coloniales en Colombia, Bogotá, 2006.

PASSOLAS JÁUREGUI, Jaime. Vida y Obra del Escultor Juan De Mesa, Sevilla, 2007.

SEBASTIÁN LÓPEZ, Santiago. "Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia", artículo publicado en Summa Artis, volumen XXVIII, Madrid, 1988.

BENAVENTE VELARDE, Teófilo. Historia del Arte Cusqueño. Imaginería o Escultura Religiosa Cusqueña de los Siglos XVI, XVII Y XVIII, Lima, 2006.

MESA DE, José y GISBERT, Teresa. Escultura Virreinal en Bolivia, La Paz, 1972.

 

 
     
     
 

 

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