LA VIRGEN DE LA PEÑA.
LA PEQUEÑA GRAN SEÑORA DE FUERTEVENTURA

Texto y fotografías de José Guillermo Rodríguez Escudero


 

¡Virgen de la Peña,
reliquia divina!
es vuestra hechura
de piedra tan fina
que el alma que os mira
se queda elevada.

 

La tardía incorporación de Canarias a la historia occidental constituye un proceso lento y difícil que comprende prácticamente todo el siglo XV y que culmina en 1496 con la conquista de Tenerife. Es entonces cuando se inicia la presencia de esculturas en el Archipiélago Canario. Con los conquistadores, ya sean castellanos o normandos, debieron de llegar las primeras imágenes a Canarias. Se trataba de unas “piezas bajomedievales que responden estilísticamente a las pautas imperantes en los talleres a los que estos acudieron”. De esta manera, arribarán a nuestras costas piezas devocionales que arraigarán en la religiosidad de la dispersa geografía insular. Se destaca una pieza de alabastro de autor anónimo, la Virgen de La Peña, traída a Fuerteventura por los conquistadores normandos a principios del siglo XV. Recordemos que fue Jean le Maçon, compañero de avatares de Jean de Bethéncourt, el que levantó en 1402 las primeras construcciones cristianas de la isla. Precisamente su estilo coincide con el de las imágenes marianas francesas de la misma época.

Es en esa isla oriental canaria donde la imaginería responde a artífices en gran parte desconocidos, al igual que ocurre con la pintura. Unas pautas que abarcan un importante y amplio abanico que discurre entre las piezas de raigambre popular hasta aquéllas marcadamente cultas. La mayoría de las imágenes que se veneran en sus templos y ermitas son de candelero o de vestir -talladas sólo las manos, la cabeza y partes visibles- y corresponden, por lo general, a iconos marianos. Destacan en ellas su material, normalmente madera policromada, si bien también encontramos piezas de cincel, como es el caso de la venerada efigie de Nuestra Señora de La Peña, patrona y orgullo de la Isla de Fuerteventura, entronizada en su santuario de Vega del Río Palmas y esculpida en alabastro hacia el año 1400.

El actual recinto tiene una sola nave y capilla mayor, con armadura mudéjar de ocho faldones decorados, como el almizate, con lacería. Se accede a su interior a través de una portada, según la profesora Fraga González, “en cantería del imafronte, la cual está compuesta por dos pares de columnas sobre dos plintos y frontón con óculo en el vértice, la espadaña yergue su perfil sobre el centro del hastial”.  Aunque ya desde mucho antes existía un pequeño oratorio para esta arraigada advocación, a principios del Setecientos se inició esta nueva fábrica.

La imagen, una obra maestra de pequeñas dimensiones que, desde el siglo XV, vela por los majoreros de dentro y fuera de las fronteras insulares y que da sentido al retablo ilusionista que la acoge y que está fechado en 1769. Esta imagen, de gran belleza, muestra varias mutilaciones notables. Ya desde 1600 se hacía constar estas incidencias en los libros de fábrica. Actualmente se observa destrozo en la mano izquierda y cabeza de la Virgen,  en varias zonas de su basamento, así como en el brazo derecho y pierna izquierda del Niño. Se cuenta que los Mahos (aborígenes isleños) se enfrentaron a los franceses y lograron destruir las fortalezas de Risco Roque y también el Puerto de los Jardines.  Fue así, como cuenta la historia, que el niño perdió su cabeza y algunas extremidades.

 

Ningún lapidario
pudo definir
sí eres de alabastro
o eres de marfil.
Yo os puedo decir
que eres mí abogada.

 

Una advocación que, al igual que la Virgen de Las Nieves de La Palma -la imagen mariana más antigua que existe en Canarias-  se extendió por todo el Archipiélago. Una pequeña muestra de ello se observa en los lienzos del recinto sacro dedicado a Nuestra Señora del Socorro, en La Mantilla (Lanzarote), o en el Puerto de La Cruz (Tenerife), concretamente en la talla de la imagen titular de la parroquial de Nuestra Señora de La Peña de Francia. En las dependencias de la parroquial de la Concepción de La Laguna (también en Tenerife), se custodia un óleo sobre lienzo anónimo de 1700. Se trata de una vera efigie -verdadero retrato- en la que la imagen está rodeada de la mandorla o sol de plata y de las doce estrellas. Esta bella aureola  ya estaba inventariada en el ajuar de la Virgen en 1743 como donación del beneficiado Sebastián Umpiérrez, lo que da ya una idea de la antigüedad del lienzo. Quizá este óleo tenga relación con la familia Arias de Saavedra.

Fernando Matías Arias de Saavedra fue quien abanderaría en el siglo XVII una estrategia en la que, usando la imagen de la Virgencita como nexo catalizador,  intentaría vincular el Señorío de la isla al patronazgo de la Peña. El mencionado caballero se distinguiría por su afecto a esta representación mariana, jurada y votada por abogada y patrona de la Isla de Fuerteventura en el año 1675, a la cual favoreció con varias, generosas e importantes donaciones.

En la propia basílica de Nuestra Señora del Pino,  patrona de Gran Canaria, en Teror, aún se conserva una representación pictórica de la imagen majorera. En ella, la Virgen y el Niño -ambos coronados y arropados con gran manto rojo plagado de brocados en tonos dorados- llevan una inscripción en latín que reza: “Vera Effigies, Virginis De Rupe”. Significa que es una representación fiel a la imagen original. Su donante fue el racionero de la Catedral de Las Palmas, Diego Álvarez. Se trata de un óleo sobre lienzo de un autor anónimo canario de 1771. Alguna otra se encuentra en paradero desconocido, como el cuadro de 1786 enviado al hospital de San Martín.

La imagen, objeto de esta gran devoción por los habitantes de Fuerteventura, es una figura sedente de 23 cms. de altura, con el Niño situado sobre las rodillas, esculpida en alabastro, siguiendo los cánones del gótico francés del siglo XV, que preside el retablo mayor de la visitada ermita de Vega del Río Palmas. Se cree que fue traída de Francia por Jean de Béthencourt (h. 1360-1425), intitulado Rey de Canarias. Esto ocurría aproximadamente en 1405 y comenzó a ser venerada en la primitiva ermita que el conquistador normando erigió en Vega del Río Palmas.

Siempre se ha vinculado la presencia de la imagen mariana a la conquista franco-normanda de Fuerteventura y Lanzarote a principios del Cuatrocientos. Habría servido como efigie de campaña y como icono para la evangelización de los naturales, estrategia común a otras empresas de este tipo en el proceso de expansión de las sociedades atlánticas. Rodríguez Morales también informa de que “a pesar del silencio documental, las características de la pieza avalan esta temprana datación y su proximidad a la estatuaria gótica francesa, y en esto se funda su identificación con la escultura de Nuestra Señora de la Peña traída por el conquistador Jean de Béthencourt en 1405 a su regreso de Normandía, según recoge Le Canarien”.

 

¿Quién sería, Señora,
tan buen escultor?
Sin duda que fue
Dios nuestro Señor,
pues os dibujó
tan bien dibujada
.

 

Manuel Barroso -historiador con raíces majoreras- ha estado un cuarto de siglo consultando antiguos textos y tratados hasta encontrar referencias tanto en el archivo diocesano de Canarias como en Le Canarien,  un incunable que se encuentra en el British Museum y del que se han hecho ediciones en facsímil. Se trata de una obra que refleja las crónicas de la conquista de los franceses liderados por Béthencourt y cuyos acólitos escribieron la historia de este personaje y de cómo dejó sus pertenencias en la Isla en 1402. En esta publicación, el autor nos informa de que el conquistador trata en Sevilla de lograr los favores del rey para regresar a Betancuria y conquistar la Maxorata. Allí se cuenta cómo entre los enseres abandonados se encontraba la imagen de la Virgen, llamada por entonces Nuestra Señora del Malpaso, por encontrarse en ese lugar. Su obra se titula La Virgen de La Peña de Fuerteventura. Su Historia. Sus coplas. Una labor ardua y difícil en cuanto a que no se conocía documentación sobre la historia de la patrona de Fuerteventura.

La Virgen quedaba así tras la batalla cubierta por piedras y olvidada hasta que en 1443 dos monjes franciscanos la descubrieron.  Los franceses habían abandonado la isla en 1405, por lo que los monjes no encontraron explicación para el gran descubrimiento y comenzó la leyenda. Una explicación pseudocientífica sobre un hecho real. 

Esta imagen estuvo desaparecida durante algún tiempo, probablemente debido a que los ataques piráticos impulsaron a los devotos a resguardarla del peligro y evitar así su profanación o robo, etcétera. Luego apareció nuevamente parar dar pie al nacimiento de la leyenda acerca de su aparición milagrosa en una poza de Malpaso, en presencia de San Diego de Alcalá y Fray Juan de San Torcaz, monjes franciscanos considerados santos que residieron en el convento de San Buenaventura de Betancuria.

En el óleo conservado en Teror se aprecia en su parte baja una figuración que se relaciona con la aparición o descubrimiento de la efigie, relato ya de sobra conocido, y plasmado, además, en un lienzo realizado en el Setecientos que cuelga en el Museo de Arte Sacro de Betancuria. En un marco pictórico de rocalla, muestra en su parte izquierda a dos religiosos franciscanos, de espaldas a una poza donde aparece un sombrero. En el centro de la composición se distingue a dos jóvenes que blanden martillos e intentan romper una roca. La tradición cuenta que fray Juan Torcaz no aparecía después de su paseo en búsqueda de hierbas curativas. Su compañero, San Diego de Alcalá y otros miembros de la comunidad religiosa salieron en su búsqueda preocupados. En el cielo se producían unos resplandores que iban guiándolos hasta una poza en la que vieron el sombrero del compañero desaparecido. Respirando bajo el agua se hallaba fray Juan absorto en la lectura, de modo que pudieron rescatarlo ileso. No entendían el hecho milagroso. Contestó que la causa de dicha maravilla estaba dentro de una roca o peña cercana, pues de allí salían melodías celestiales. Se pusieron a desbrozarla y encontraron la imagen de la Virgen que fue trasladada a una cueva hasta que se levantó la primigenia ermita en su honor.

 

Quisiera, Señora,
que el mundo supiera
fuiste aparecida
dentro de una peña
para que de todos
fueras alabada.

 

Será a partir del siglo XVII cuando su culto y devoción se generalizarán. En esa centuria y la siguiente, la querida imagen será objeto de procesiones, plegarias, rogativas y novenarios cada vez que la amenaza de la sequía o enfermedad se cernía sobre su Isla. Precisamente, a partir del XIX surge la romería que conocemos actualmente y que lleva a cientos de majoreros hasta el santuario de su Virgencita de piedra blanca. Todo un acontecimiento religioso-festivo al que no sólo acuden romeros de todos los rincones de la Isla sino que también de la vecina Lanzarote y de otras partes del Archipiélago. Suele celebrarse el tercer sábado de septiembre y, aunque cualquier método de transporte es válido para llegar -inclusive los dromedarios y burros-, muchos optan por acudir a pie desde la población de La Antigua el viernes por la noche, cantando en parrandas, portando antorchas, bailando, jugando, rezando, etcétera. Hasta hace no muchos años, al divisar la ermita, se veían a numerosos peregrinos descalzarse o quitarse las camisas e iniciar las penitencias para pagar las promesas. Una vez en el pórtico del santuario, de rodillas, hacían el recorrido hasta el presbiterio donde se hallaba entronizada la Virgencita.

La multitudinaria función religiosa el sábado precedía la esperada procesión por los aledaños de la ermita donde numerosos devotos tratan de acercarse al trono de baldaquino para cargarlo sobre sus hombros o acariciar a su patrona. Se ha visto un curioso cartel en las propias andas prohibiendo tocar a la imagen. Unas preciosas andas confeccionadas en madera policromada cuyas medidas son 164 x 74 x 74 cms. y cuya autoría ha sido atribuida al maestro carpintero majorero José Jiménez en el siglo XVIII. Su reducido tamaño ha sido adaptado a la milagrosa imagen que lo ocupa en sus festividades de septiembre.

Este extraño baldaquino mantiene su cielo con sólo dos soportes, de arranque bulboso y ubicado en la parte trasera del trono. El pie poligonal presenta decoración de borlas en sus cuatro costados. En la cara delantera de la misma aparece la inscripción: “Andas de Nuestra Señora de La Peña”. Unas curiosas andas sobre las que ya hay constancia en las cuentas de fábrica de 1757. En el descargo se anota que el palmero Juan Lorenzo, comerciante en Fuerteventura, “ha llevado a aquella isla 200 reales, cantidad que ha de entregar al maestro carpintero José Jiménez, vecino de ella, al objeto de comprar la madera necesaria para un trono que acoja a la Virgen; tal cantidad incluía, asimismo, su pertinente confección”. Concepción Rodríguez, en su descripción sobre esta exquisita pieza, nos informa de que “el techo es circular, con añadidos también de colgantes, pero ahora exentos. Remata esta zona una pequeña cúpula de estructura gallonada que se eleva sobre la zona anterior mediante pequeñas ménsulas decoradas con rocallas”.  Es destacable también su policromía, que se limita a las tonalidades verdes, rojas y doradas. Una relevante pieza lignaria que ya estaba en la isla antes de 1764 de acuerdo con el inventario del santuario. Allí consta que ya había en la sacristía “unas andas doradas nuevas con su sol de plata y peana de lo mismo”.

 

Cuando considero
vuestra aparición
mí alma se rebosa
de gozo interior:
recibe mí amor,
Reina y Soberana
.

 

En el templo -antes sobre el altar de San Lorenzo y luego en la sacristía- se halla un cuadro exvoto anónimo de pequeño formato y factura popular, en el que se representa uno de los milagros de la Virgen de La Peña, obrado en la persona de una joven enferma, a la que la Señora devolvió la salud. Esto se desprende de lo que se cuenta en una inscripción en la parte superior derecha del propio cuadro, cuyo estado de conservación es malo.

Lamentablemente es el único exvoto pictórico que se conserva en el santuario. Dos de ellos estaban inventariados en el año 1743, pero ya en 1764 ya no se mencionan. Tampoco se conserva el grupo de exvotos conformado por varias figurillas de cera que representaban manos, pies, ojos, cuerpos, etcétera, en agradecimiento por los favores recibidos.

Volviendo al cuadro -cuyas medidas son 67 x 51 cms. con marco- predominan los colores blancos, azules y ocres. En el plano superior aparece a la derecha una imagen de la Virgen con el Niño en brazos sobre nubes y en el izquierdo una cartela enmarcada en un óvalo de color rojo en el que reza: “milagro que obro ntra. Sa. de la Peña con una hija de Fernando pérez de las Caldertas de Sn. Bartolome. Haviendo estado desajustada de los medicos por la intersesion de esta Santa Ymagen recobro Salud perdida. Año 1793”. En la esquina inferior derecha se representa a la joven enferma incorporada sobre una cama, y en el izquierdo a un caballero arrodillado ante la Virgen en actitud de oración y agradecimiento.


BIBLIOGRAFÍA

BARROSO, Manuel. La Virgen de La Peña de Fuerteventura. Su Historia. Sus coplas.

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